Actualizado: 30/03/2020 11:16
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Epidemia, Coronavirus, Medicina

La fantasía heroica y la plaga

Dentro de tanta desgracia por venir, deudas sin pagar y aislamiento económico, la Isla una vez más pudiera escapar, temporalmente, de la lupa internacional

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Ahí viene la plaga, le gusta bailar
ahí viene la plaga, le gusta bailar
Y cuando está rocanroleando
Es la reina del lugar.
Los Teen Tops.

Como habíamos reseñado en un artículo anterior, las estrategias del régimen cubano para enfrentar la expansión geométrica del coronavirus, COVID-19 se han puesto en práctica. Pero como es frecuente, tales mecanismos de enfrentamiento rebasan cualquier capacidad de análisis y sentido común. Siempre suben la parada: el absurdo como patrón. De creer a la prensa oficialista, la Isla es uno de los pocos países en el mundo casi inmune a la pandemia, excepto por los casos importados y algunos infelices nacionales contagiados en contra de su voluntad. Temeridad o sinvergüencería, los directivos del turismo están promoviendo el destino tropical como un antídoto al virus. Aunque el COVID-19 tiene, como todos sus parientes invernales, susceptibilidad al calor —por encima de 37 grados centígrados—, no hay certeza absoluta de que no sobrevivirá a la canícula insular.

En el trabajo anterior referíamos que eran tres las tareas que presumiblemente podía emplear un régimen cuasi feudal como el cubano. Solo que dependían, en gran medida, de quienes las dirigían y quienes las ejecutaban: el hombre detrás del tapabocas y el hombre detrás del buró. Estas guías de labor podrían resumirse en la preparación —prevención, manejo de los casos infestados, los contactos y los enfermos—, el abordaje de los medios de comunicación, y la higiene personal y ambiental.

En una carrera contra el tiempo, y después de casi dos meses de la implosión viral en China, el gobierno cubano comenzó un acelerado proceso de preparación para evitar el desastre. Por aquellos días tampoco se hablaba de pruebas o medidas profilácticas. Hace apenas un par de semanas, por primera vez el régimen admitió casos contagiados con el COVID-19, todos extranjeros, trasmitiendo la idea de ser un país prácticamente libre del virus —el Órgano Oficial publicó un titular irresponsable: 48 horas sin nuevos casos de COVID-19. Alguien medianamente informado, sabe que eso no es un “logro” sino todo lo contrario; en medio de una epidemia que apenas comienza hay subregistro o mala técnica de pesquisar.

Hasta hace unas horas, las autoridades hablaban de pacientes bajo “vigilancia epidemiológica”, sin aclarar sin son positivos o no, y donde predominan los positivos al virus de la influenza tipo a. Acaban de informar un fallecimiento, para más señas —inexistentes— extranjero. La aplicación de test y sus resultados a poblaciones en riesgo o sintomáticas no han sido reportado aún. ¿Cuál es la tasa real de infestación y transmisibilidad en Cuba? ¿Cuál es la proporción efectiva de COVID-19 respecto a otras infecciones virales respiratorias en la actualidad? ¿Están preparadas las unidades de cuidados intensivos para los casos más graves, aquellos que necesitan respiración asistida? ¿Qué cosa es un “sospechoso” y cuando se vuelve coronaviroso?

Hasta el momento de escribir estas líneas, el régimen no ha cerrado escuelas ni centros públicos. Dicen que no hace falta. Que hay tiempo, y señalan para la OMS. Mientras el resto del mundo desarrollado, con más recursos de todo tipo que el cubano está prácticamente recluido en sus casas, la Isla presume una libertad de movimiento que asusta. Cerrar fronteras, según los listos regentes cubanos, es un acto inhumano, baldío, discriminatorio[1]. El régimen tiene razones para rechazar el aislamiento, sobre todo de tipo económicas, y de orden interior: cientos de miles de niños en sus casas, tratando de comer al menos tres veces al día; adultos para cuidarlos que abandonan sus tareas; adultos y niños, ambos en sus casas, forrajeando por nuestros campos y ciudades una aspirina, un jabón, una malanga, un “paquete” para escapar de la virulenta propaganda triunfalista, televisiva y radial.

Pero lo que se lleva la rechifla mayor es el manejo que de la enfermedad han hecho los medios. Al menos tres narrativas se imbrican para dar la imagen de un país de vanguardia en salud física, económica, política y social. La primera ficción, para consumo interno, es que todo marcha bien, incluso la producción de tapabocas de tela —no evitan el contagio— y las preparaciones caseras de hipoclorito de sodio. No hay una sola línea sobre la disponibilidad de agua, jabón, detergentes, fumigaciones de espacios públicos. La idea que debe quedar es que el Estado está en control de la situación.

La segunda narrativa para sembrar es que Cuba es el país más solidario y humanista del mundo. Y sus médicos, los profesionales mejor preparados, quienes desafían las virosis más mortales con el ejemplo de Baraguá y del Moncada (SIC). Ellos van por el mundo repartiendo amor, tapabocas de tela e hipoclorito de sodio, y con eso es suficiente —¿sin cobrar un centavo? Así los medios de desinformación isleños devuelven el “golpe bajo” dado a la llamada colaboración médica: nos expulsaron los médicos de Brasil, Bolivia y Ecuador. Pues ahora vamos por la Europa medieval, y hasta Lombardía no paramos. La Isla, además, tiene la cura de la enfermedad, el interferón recombinante, que lo mismo sirve para la malaria que para este virus pandémico mortal. Y por si el mundo no lo sabía, también hay 22 medicamentos listos para tratar la enfermedad, en tanto Italia y España cuentan los miles de muertos y no saben qué hacer las grandes farmacéuticas como Hoffman-Roche y Bayer.

La tercera narrativa es la más peligrosa, porque mezcla la fantasía heroica, cual Excalibur sanitario, con emociones e ideas malsanas: el COVID-19 fue creado por laboratorios de guerra biológica en Estados Unidos. Esta vez la fuente “confiable” proviene de China comunista, casualmente el lugar donde todos los científicos serios sitúan el sitio de origen, y hasta ahora a un murciélago —no el de Barcardí—, como reservorio natural del virus. Como antes sucedió con la fiebre porcina, el VIH y otras enfermedades contagiosas, es básico que el pueblo cubano crea que es obra de su enemigo por encargo.

No importa que en los papeles desclasificados de la CIA y el Pentágono jamás se hayan encontrado evidencias de tales acciones criminales. No importa que los Estados Unidos estén a pocas millas de la víctima, y un viento platanero o un supermosquito pueda contaminar a los millonarios blancos de Miami y Palm Beach —donde descansa el presidente. Así de tontos parecen ser los yanquis. En los comentarios permitidos en el Órgano Oficial se pueden leer las ofensas más soeces contra el “culpable” del coronavirus, los gringos. Lo que desean los humanistas y solidarios lectores del Órgano Oficial es la muerte, la desaparición de los norteamericanos —¡Oh Barak Hussein, ven y lee esto!

El odio es un sentimiento demasiado fuerte como para no usarlo contra otro en época de crisis interna. Y en eso los comunistas son maestros. La invención ha llegado al punto de recordar y hacer un paralelismo entre el trato dado al barco SS Saint Louis, ocurrido hace ocho décadas, y condenable, por cierto, y el permiso de atraque en puerto cubano para el crucero MS Braemar, con varios infestados a bordo. Hay informes de una buena mesada a Cuba por un gesto tan altruista y solidario.

Por último, solo la higiene personal y ambiental ha recibido adecuada promoción. Y hacen lo correcto, pero no lo suficiente, porque no pueden o todo lo deben. El COVID-19 no tiene cura. Su única solución es evitarlo. Desgraciadamente las colas, y su estado frecuente, el molote, es parte inevitable, cotidiana, de la vida revolucionaria. Tal vez los CDR, además de su primera función, represiva, pudieran llevar los pocos alimentos que dan en las bodegas hasta las casas, y así evitar el contagio. También pudieran ayudar en la identificación de enfermos y probables contagios —los ojos del pueblo— salvándose de su pecado original: los chivatos del barrio.

Nadie debe llamarse a engaño: de seguir apelando a la fantasía heroica y el ocultismo, la situación en la Isla será muy grave. Con la salud no hay mentira ni guapería que valga. Se pueden cambiar los diagnósticos de neumonía por Coronavirus por la indescifrable “enfermedad respiratoria aguda”. Pero no se pueden ocultar cientos, miles de ancianos y personas con condiciones médicas previas, ahogados en sus propias secreciones en menos de 24 horas. A la mediocridad del gobierno actual —solo hay que oír hablar a los funcionarios— se suma un modelo económico agotado, en bancarrota. Poniéndonos científicos sociales, diríamos que la sociedad cubana ha llegado a un Dilema del Prisionero donde todos, sin excepción, pueden salir lastimados. La Verdad con mayúscula ha estado enferma durante mucho tiempo por una plaga mortífera llamada comunismo la cual no conoce misericordia ni respeto por la individualidad.

Dentro de tanta desgracia por venir, deudas sin pagar y aislamiento económico, la Isla una vez más pudiera escapar, temporalmente, de la lupa internacional. Pero si el COVID-19 no es enfrentado como se debe, insisten en el engaño y no desatan iniciativas individuales, se hará realidad aquella frase numantina del Desaparecido en Jefe, quien prefería que la isla se hundiera mil veces en el “mal” antes de perder el poder. Solo que esta vez ni siquiera la historia oficial podría absolverlos.


[1] Luego de recibido este artículo, el gobierno cubano ordenó cerrar sus fronteras y solo permitir la entrada a los residentes (Nota de Cubaencuentro).


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