Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Edificios, La Habana, Nueva York

La Habana y el edificio más alto del mundo

¿Una broma publicitaria o un real intento de emular con Nueva York?

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Ahora que las compañías americanas administran cada vez más hoteles en Cuba, con la esperanza de que los turistas se sientan más a gusto —algo muy razonable y tecnocrático— y además existen planes para erigir nuevos y grandes edificios, tropiezo con una nota publicada en la Revista Bohemia en el año 1913. En ella se anunciaba un grandioso proyecto: levantar en La Habana, “El edificio más alto del mundo”.

La promotora era la Compañía de Construcciones y Fomento. El rascacielos tendría cien metros de altura, mil novecientas habitaciones todas con lavabo, agua corriente, luz eléctrica y por supuesto teléfonos “para llamar a los sirvientes”. Aquella inmensa obra se alzaría sobre el antiguo Campo de Marte, actual Parque de la Fraternidad, donde se encuentra la Fuente de la India, junto al Capitolio.

El Palacio, como le llamaron con orgullo, tendría 15 ascensores. Al lado de cada uno de ellos habría buzones con servicios neumáticos de correos para servir a todos los vecinos. Y el sistema de ventilación sería de lo más revolucionario. Había sido estudiado “con mucho cuidado” y consistiría en lo siguiente: anchos corredores y ventanas de grandes dimensiones. Respecto a la iluminación, Construcciones y Fomento se proponía colocar “vidrios en forma de diamantes entre las oficinas interiores y las exteriores”, de manera que se obtuviera, “no solo refracción de luz del exterior, sino también de arriba y desde los costados”.

La azotea estaría profusamente iluminada con bombillas, pero a la altura de 30 metros, en el sexto piso, habría un amplio paseo alrededor del inmueble, también alumbrado con la electricidad. Y en la azotea, ¡a cien metros de altura!, iría un amplio parque de recreo, aunque no exclusivo de los inquilinos sino totalmente público, para que “especialmente” los niños pudiesen respirar “el aire puro que a tales alturas abunda”.

Copio del original: “Tres pisos se destinarán a oficinas para los señores letrados, habiendo en ellos, y común para todos, una completa biblioteca, así como sala de espera para los clientes y cuartos reservados para consultas privadas. Los notarios y los médicos, también hallarían habitaciones especiales con todas las comodidades imaginables...” Porque Construcciones y Fomento instalaría en los corredores alfombras sanitarias “que matarían a todos los microbios que cayeran sobre ella” como existían ya en el gran Teatro Childs “que acaba de construirse en Washington, frente a la Tesorería Nacional”.

Respecto a la limpieza, se llevaría a cabo por el revolucionario “procedimiento del vacío”, mediante tuberías distribuidas en todos los departamentos del Palacio y a donde se conectarían aparatos especiales que recogerán absolutamente todo el polvo que pudiera existir, y seguidamente se aclaraba: “Este sistema se emplea en casi todos los hoteles modernos, por ser el mejor y de una absoluta conveniencia sanitaria”. Era el año de 1913 en La Habana.

En la planta baja habrían agencias de transportes, oficinas de correos y telégrafos, cables, teléfonos públicos, etc. Y algo muy importante: Construcciones y Fomento ofrecería al Estado cubano el espacio necesario para un observatorio meteorológico en el techo, construiría un gran tanque de natación con agua del mar y pagaría por el agua necesaria para establecer “baños de mar gratis para los pobres de la ciudad”.

Todo un proyecto social capitalista.

El Palacio nunca se construyó. Quedaría como otro frustrado sueño nacional. Este cronista no ha podido averiguar lo que pasó, si Construcciones y Fomento era una empresa cubana o extranjera, si fue una broma publicitaria o un real intento de emular con Nueva York. Aunque desde 1890 ya existieran allí edificios con más de 100 metros de altura, lo que en nada disminuye el arrojo del proyecto si tuvo un aliento real. Qué tristeza la del promotor.

Que es la felicidad de la hermosa india, quien pudo seguir sentada en su fuente, en el Parque de la Fraternidad, con sus senos perfectos al aire, y potentes, su cornucopia de la abundancia repleta, la corona de plumas y el escudo de La Habana protegido bajo su mano. Ella no es otra que la mítica india Habana, esposa de Habaguanex, cacique de la zona cuando llegó Colón. Y así sigue, contemplando desde su trono pacientemente a su ciudad, los viandantes y de vez en cuando al Capitolio. La belleza, ¿siempre triunfa?


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