Actualizado: 14/10/2019 9:31
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La Habana, Caribe

La Habana y su césped

A lo largo del siglo XIX varias ciudades caribeñas retaron la hegemonía capitalina en sus respectivos países

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Una situación típica de los sistemas urbanos del Caribe Hispánico —y de buena parte de América Latina— ha sido el surgimiento de megápolis capitalinas cuya fuerza y crecimiento se ha derivado del poder político que concentran y de las relaciones comerciales con el mundo exterior. Las conexiones de estas megápolis con sus espacios nacionales/coloniales han sido regularmente conflictivas, y en particular con las segundas ciudades que han tratado de arrebatar la hegemonía política a las capitales.

En Puerto Rico esta rivalidad urbana tuvo distintas manifestaciones a lo largo del siglo XIX. En realidad San Juan —encerrada en sus murallas— era el punto de contacto político y comercial con España pero mostraba un divorcio casi total de la dinámica económica insular. Si durante los tormentosos siglos XVI y XVII las murallas protegieron a la ciudad de los amagos de holandeses e ingleses, en el siglo XIX eran un símbolo de la separación de la ciudad respecto al resto del país, que aún hoy se le llama “la isla”.

Por eso a lo largo del siglo XIX varias ciudades retaron la hegemonía capitalina. Primero lo trató de hacer Mayagüez, y a fines de la centuria, Ponce llegó a ser el centro urbano más poblado y dinámico de la isla. Su pujanza residía en dos condiciones. La primera era su vinculación con el comercio europeo y norteamericano, y con los grupos financieros radicados en la colonia danesa de Saint Thomas. La segunda era su función de centro urbano intermediario de una extensa zona productiva (y exportadora) azucarera y cafetalera. Los ponceños llamaban a su ciudad “la capital alterna” —y con ese mismo título escribió Quintero Rivera un libro conmovedor— y en consecuencia la burguesía local emprendió la construcción de obras e infraestructuras que aún hoy engalanan a la ciudad más interesante de Puerto Rico.

En República Dominicana la rivalidad entre Santiago de los Caballeros y la capital fue siempre un tema presente en la vida nacional. A diferencia de Santo Domingo —un cascarón administrativo muy conservador—, Santiago estaba ubicado en el centro de la producción agrícola nacional —el valle del Cibao— y conectado con el comercio internacional a través de Puerto Plata, al norte. Al mismo tiempo Santiago siempre estuvo relacionado umbilicalmente (y aún hoy lo está) al comercio con la parte occidental de la isla, inicialmente la colonia de Saint Domingue y posteriormente Haití, y que hasta bien entrado el siglo XX fue más poblada y más poderosa económicamente que la parte oriental.

Aunque nunca Santiago alcanzó a la capital en términos demográficos, los santiagueros se encontraron varias veces conspirando contra ella. En fecha tan temprana como 1718 el cabildo santiaguero se pronunció contra Santo Domingo en un motín llamado “de los capitanes”, y donde se involucraron varios franceses avecindados. Pero a todo lo largo del siglo XIX el eje Santiago/Puerto Plata fue el bastión del liberalismo insular. El prócer más destacado del liberalismo decimonónico —Gregorio Luperón, un mestizo con ascendencia haitiana— fue una figura clave del poder por una década y Presidente por dos años, cargo que ejerció desde Puerto Plata y con sus principales apoyos en Santiago.

Lo que destruyó definitivamente las aspiraciones de estas “capitales alternas” fue la inserción de estos países en la órbita de la economía norteamericana como exportadores de azúcar y la conversión de las respectivas capitales en intermediarias financieras y centros de servicios para la economía emergente. Y, en consecuencia, la entronización de regímenes políticos muy centralizados, soberanos o coloniales. En Puerto Rico los primeros diez años del siglo XX muestran una total reversión de las tendencias protagónicas de Ponce y el fortalecimiento del rol de San Juan. En República Dominicana ello ocurrió algo después, pero de manera dramática, bajo el gobierno de Trujillo.

En Cuba, también La Habana fue retada desde los desarrollos regionales pero donde la resistencia tenía siempre un carácter político muy marcado. Sencillamente porque La Habana a diferencia de San Juan y Santo Domingo, no era un simple pontón político/burocrático sino que se había transformado desde el siglo XVIII en una ciudad desarrollista que convirtió paulatinamente a toda la isla en su hinterland. La disparidad entre la Habana y el resto de las ciudades era muy aguda. La arrogancia habanera era una permanente bofetada al resto de la nación. Como afirmó Moreno Fraginals, el gentilicio habanero no era solamente signo de orgullo para sus detentadores, sino también de exclusión para el resto del país. Fuera de La Habana, afirmaba un dicho, todo es césped, y el césped no se debe pisar.

Por eso los retos a La Habana eran de otra naturaleza, eran retos políticos “del interior” a la hegemonía capitalina en nombre del liberalismo o del nacionalismo revolucionario. La historia está llena de la resistencia del “interior” frente a la capital, desde los tiempos ya muy lejanos que en que Silvestre de Balboa escribió su Espejo de Paciencia. A lo largo del siglo XIX los liberales santiagueros y camagüeyanos expresaron más de una vez sus repulsas públicas al hegemonismo habanero. Y cuando la guerra se convirtió en el lenguaje de la política, los revolucionarios cubanos hicieron todo lo posible por llevar la conflagración a occidente como una manera de forzar el involucramiento de una ciudad indiferente a las grandes epopeyas épicas, que seguía llenando al mundo de azúcar con trabajo esclavo y desdeñando olímpicamente a la gente del “interior”.

La revolución de 1959 pudiera no ser una excepción. Fue un fenómeno histórico denso y complejo. Según el ángulo de observación, pudiera ser un pase de cuentas de los pobres contra una burguesía insensible; o de la nación inconclusa contra la injerencia imperialista norteamericana; o de la izquierda radical contra la derecha, el centro y la izquierda moderada. Pero fue también la revancha de los habitantes del “interior”, urbanos y rurales, contra la soberbia habanera.

El gran proyecto de convertir a La Habana en un paraíso turístico repleto de casinos, con una isla artificial y un nuevo centro corbuseriano en el este de la bahía —el sueño de la burguesía capitalina diseñado por Sert— sucumbió al paso de las tanquetas que transportaban a una nueva clase política. Una clase política nutrida de personas nacidas en “el interior” o que habían hecho allí su aprendizaje político, y que venía inspirada en una suerte de austeridad plebeya para la que La Habana con todas sus exquisiteces metropolitanas era parte de un pasado burgués que debía ser superado. Aquella visita masiva de campesinos azorados a la Habana en 1959, con sus sombreros y machetes, fue un hecho cargado del simbolismo de una nueva era para la metrópoli del Caribe.

Creo que fue en 1968 cuando Fidel Castro amenazó con trasladar la capital a Guáimaro, idea que afortunadamente no prosperó, y Guáimaro siguió siendo únicamente “la capital de la décima”. Pero la frustración de la mala idea no evitó que 20 años más tarde un músico habanero —que comenzó a hacer música con la banda de la nueva policía revolucionaria en 1959— se quejara amargamente de que La Habana no aguantaba más.


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