Actualizado: 18/09/2019 12:17
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Funcionarios, UNEAC, Barnet

La hora del funcionario

La evolución del poder intermedio en la Isla ha seguido el mismo patrón que cualquier proceso revolucionario

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“…adquirirían los funcionarios
entonces la influencia enorme que
naturalmente viene a los que
distribuyen algún derecho o beneficio”.
José Martí. La Futura Esclavitud

Lo más curioso del recientemente concluido IX Congreso de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) no fueron las ponencias o los debates, de los cuales muy poco trascendió al público —se dice que mucho se habló de adecuada remuneración; tampoco fueron llamativas las fotografías de la ‘vanguardia cultural de la Revolución’”, muchas canas y arrugas, pocas caras jóvenes, sin obra conocida —a pesar de que hay un departamento adjunto al Partido para escoger las instantáneas apropiadas.

Lo sustancial fue la coronación —lo llaman votación— del vicepresidente en presidente de la UNEAC. Era una investidura anunciada, que parece repetirse como patrón; un tiempo de incubación a la sombra de un mentor, y el funcionario estará listo para funcionar. Poco importa cuántos y cómo sean sus méritos políticos, culturales, artísticos o deportivos. Es más: es preferible que no los tenga; la funcionalidad del funcionario es inversamente proporcional a su capacidad creativa y profesional.

El caso que nos ocupa, la UNEAC, no es único. Ni el ICAIC es hoy el instituto de cine de prestigio internacional que solía ser, ni la televisión cubana puede exportar telenovelas y documentales. El Instituto del Libro, otrora impresor de miles de ejemplares y literatura universal, tiene ahora la misión principal de editar y difundir el pensamiento delirante del ex Máximo Líder, y también del extranjero en nombre de quien los niños cubanos, todos los días en el matutino, deben hacer profesión de fe comunista. El desmontaje sin pausa y con prisa de lo poco que quedaba de cultura desideologizada se lo debemos a los llamados funcionarios, quienes hoy ocupan puestos claves en esas instituciones.

Lejanos parecen los días en que Guillén, Lezama, Carpentier, Mariano, Portocarrero, Pablo Armando, Onelio Jorge, Titón, e incluso Abel Prieto, podían lavarle la cara política al régimen con sus obras nada realistas-socialistas. Pero todo parece indicar que el funcionario de los mundos orwellianos y kafkianos está de regreso —¿o nunca se ha ido? Lo estará aún más en la medida que la economía siga en caída libre, se deteriore la sociedad civil, y el mecenazgo cultural deba concentrarse en menos manos. Sobre el escritorio de un solo individuo se decidirá quien viaja, expone y publica; quien hace música, dónde y cómo la difunde. Dentro de la UNEAC será casi todo, fuera de la UNEAC, casi nada.

La evolución del poder intermedio en la Isla ha seguido el mismo patrón que cualquier proceso revolucionario. Al inicio ocupaban puestos los hombres de confianza; poco importaba que el director de un banco fuera un médico, como fue el caso —un conocido, habanero citadino, colocado como dirigente de la agricultura, confundió un campo de maíz con uno de caña de azúcar. Ante el desastre, aparecieron las figuras del funcionario y el burócrata, ambos también inoperantes. Entones hubo que buscar a los que llamaron tecnócratas, en realidad profesionales en sus campos, y los únicos capaces de hacer un poco mejor las cosas.

Pero como la institucionalidad y la profesionalidad retan el poder omnímodo, ese que solo puede gobernar en la ruina y la pendencia, reapareció hace años el funcionario, ejecutor fiel y nada compasivo. De ese modo, y como sucedió antes en la desmerengada Unión Soviética, en la medida que van diciendo adiós los históricos, por biología o por resignación, regresan el funcionario y el burócrata, sin otras batallas y avales que la lealtad y los papeles, respectivamente.

Los funcionarios y los burócratas no son especímenes únicos de la sociedad socialista, aunque es en ella donde alcanzan su mejor desarrollo. Allí donde los dineros no tienen dueños, y nadie paga por los errores, funcionarios y burócratas crecen naturales, como la verdolaga. No obstante, hay sutiles diferencias entre unos y otros. El funcionario suele ser un investido de poder de decisión. El burócrata, como indica la palabra, permanece reducido al espacio de su escritorio, sin más autoridad que la de dejar pasar o bloquear documentos —un poder parcial, aunque poder al fin. Los funcionarios, si funcionan bien, piezas de un engranaje perverso, se caen hacia arriba. Los burócratas, en cambio, esperan con ansias y con fe el día de su metamorfosis final; cuando el silencio cómplice los convierta en funcionarios y así poder pisar a los demás, subidos encima de otro burócrata.

Llegados pues a la época donde aparentemente pululan los funcionarios, y se suponen listos para asumir el poder total —conociendo todos, menos ellos, sus limitaciones—, estamos a las puertas de cambios radicales en la sociedad cubana. Cambios, es pertinente decirlo, que no parten de su voluntad y menos aún de sus talentos, sino de la discapacidad de los “hombres-funcionarios nuevos” para conducir con acierto los asuntos más sencillos en sus respectivas áreas de influencia. Como sucedió en el antiguo imperio comunista soviético, a la economía planificada y centralizada, improductiva por naturaleza, se le suma un pueblo desencantado, con su autoestima hecha pedazos después de tantas promesas incumplidas. Gorbachov no fue una casualidad sino una tendencia humana de sobrevivencia: le dejaron una papa caliente y en su incapacidad de funcionario para lidiar con ella, tuvo que regresar a la sensatez.

Cualquiera en su sano juicio se preguntaría por qué Miguel Barnet, poeta de patriótica ralea, de cuna noble y obra citable, ha hecho un elogio desmesurado en la bienvenida al funcionario que se ocupará de controlar a los díscolos intelectuales que permanecen en la Isla. ¿Es la prosopopeya discursiva del autor de Biografía de un Cimarrón y Gallego un homenaje o un velado pésame por lo que le espera en la desunión de artistas y escritores de Cuba? ¿Sabrá alguien mejor que Miguel —primo del cineasta Enrique Pineda, no el Miguel de las arengas de barricada—, que el mayor mérito artístico del joven funcionario, micrófono en mano, es haber sido leal servidor del Partido Comunista, además de coterráneo del presidente designado?

El autor de Canción de Rachel es un hombre culto y de pasado polémico —diríase un exsiquitrillado— para pasar por tonto. Ahí deja al joven funcionario en la casona de 17 y H, en el Vedado, antigua propiedad de Juan Gelats Botet, expropietario del Banco Gelats —¿Helms-Burton a la vista? De ahora en adelante, y aunque ya no esté ni El Ambia con su peña ni los kikiriki de Nicolás, el presidente saliente pasará de vez en cuando. Solo entonces podrá exclamar sin hipocresía, y como Gerardo Machado antes de partir para siempre frente al molote: “¡Detrás de mí, el caos!”.


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