Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Salida, Escape, Migración

La huida

La política migratoria ha sido utilizada como un instrumento político por parte de EEUU y Cuba: dos países con sistemas de gobierno disímiles unidos por un problema común

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Además de la materialización de un anhelo y un cambio total de vida, el emigrar define no sólo al individuo sino a su nación de origen. En lo que respecta a los cubanos, a través de los años ha ocurrido una transformación paulatina ―amplia y profunda al mismo tiempo― de la forma en que se percibe a quienes llegan de la isla.

Vale la pena comentar brevemente el cambio en la representación del inmigrante, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones ―o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones― a los guarda fronteras persiguiendo las lanchas rápidas de los contrabandistas. Luego vino la larga marcha, el recorrido costoso y peligroso por diversos países centroamericanos para terminar en la frontera mexicana; la adopción de la ciudanía española como válvula de escape y medio de subsistencia, y olvidarse de las luchas independentistas que repetían aburridores maestros y fingían escuchar más que aburridos alumnos en las aulas de las escuelas primarias; las viajes hacía cualquier lugar, de Nicaragua a Kirguistán, con tal de salir de Cuba.

Y aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido en parte su justificación política. Es vista ahora ―en el mejor de los casos― como un drama familiar, al tiempo que es condenada por muchos que, por los medios más diversos, siguieron un camino similar con anterioridad. No más el proclamar la llegada a “tierras de libertad” como salvoconducto de entrada.

Por encima de cualquier etiqueta política que identifique a quienes ocupan la Casa Blanca y el Congreso, con respecto a Cuba y desde el punto de vista migratorio, Estados Unidos no ha hecho más que proseguir el camino ya iniciado a mediados de la década de 1990, en que al tiempo que se estableció la devolución de los cubanos, y se convirtió a la fuga en un doble escape ―de las autoridades norteamericanas en alta mar además de las cubanas en mar y tierra―, se empezó a observar el fenómeno migratorio, por parte de los propios exiliados cubanos, de forma similar al existente en otras naciones —México, Haití, Latinoamérica en general—, al considerar a los recién llegados―y al considerarse estos también en muchos casos― como inmigrantes económicos.

Durante muchos años la política migratoria ha sido utilizada como un instrumento político, por parte de EEUU y Cuba. Dos países disímiles unidos por un problema común, mientras miles de desesperados han continuado buscando un destino mejor.

La Ley de Ajuste Cubano —promulgada en 1966, durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson— se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el gobierno de La Habana no los admite; que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la isla no existe un gobierno democrático. Aunque en Cuba continúa en el poder no solo un gobierno dictatorial, sino que en el país impera un sistema totalitario, algunas condiciones han cambiado. Por un tiempo, y en especial durante los ocho años de la presidencia de Barack Obama, la frontera Cuba-Miami se volvió más porosa: los cubanos residentes en la isla no solo tenían mayores posibilidades de viajar a esta ciudad y hacerlo reiteradamente sino que existía la posibilidad de que un cubano adquiera la residencia en EEUU y luego pueda viajar de regreso a la isla, residir por un tiempo allí —ya que no son decomisados sus bienes y vivienda cuando parte al exterior— y volver a viajar al exterior. El gobierno de Donald Trump y la pandemia pusieron fin a esa situación ideal para muchos. Un episodio sin aclarar sobre aparentes y extraños síntomas físicos, como somnolencia, mareos, problemas visuales, vértigo, fatiga, dolores de cabeza y problemas cognitivos, que ha terminado con el nombre de “Síndrome de La Habana” ha servido —sigue sirviendo— como la justificación imperfecta de la paralización de los servicios consulares. En este aspecto el presidente Joe Biden no ha hecho más que continuar la política de Trump.

Al tiempo que la abolición de la normativa del “ajuste cubano” fue por décadas el reclamo preferido y constante de los funcionarios cubanos durante las diversas reuniones migratorias llevadas a cabo entre Washington y La Habana, la pandemia, la crisis, el desastre de la unificación monetaria y el “enfriamiento” de las esperanzas y los vínculos destinados al mejoramiento de relaciones entre ambos países han colocado de nuevo a las esperanzas migratorias en el país de los sueños.

Esta nueva realidad también ha servido para destacar una certeza: la inmigración cubana actual es en buena medida una inmigración económica, pero no por ello deja de ser cierto también que el deterioro de las condiciones de vida en la isla obedece a una razón política.

Puede argumentarse que lo mismo ocurre en México, pero hay una diferencia fundamental. El ideal de cambio de gobierno en Cuba pasa por un cambio de sistema. A estas alturas, buscar un cambio de gobierno en cualquiera de los países latinoamericanos, que enfrentan el problema de que sus ciudadanos buscan abandonarlo, implica un conjunto de acciones y medidas que no conlleva a un cambio radical de sistema, salvo en la mente de los extremistas de izquierda nostálgicos. Incluso esa aberración que dio en llamarse “socialismo del siglo XXI” no dejó de ser —en la práctica— un capitalismo con demagogia y algarabía populista, que contaba con petróleo en abundancia —a elevado precio gracias a las características del mercado de entonces— para sustentar el despilfarro de planes sociales que trajeron cierto alivio a sectores necesitados, pero distaron mucho de contribuir a sacarlos de su miseria.

En el caso cubano, desde hace décadas viene ocurriendo lo contrario. Pese a la llamada “actualización”, el objetivo fundamental de quienes están al mando continúa siendo el perpetuar una forma económica y social y obsoleta, que solo en Cuba y en Corea del Norte se mantiene en pie.

A veces cargada de ironía, otras cómica o trágica, la obsesión de escapar del régimen castrista no deja de manifestarse a diario. Imposible apartar la anécdota de los motivos; la astucia y el engaño de la desesperación y la angustia; la esperanza del fracaso. Pero siempre es una historia triste.


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