Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Ciudadanía, Cultura, Lenguaje, Música

La Joséida, o de cómo Cuba se deshilachó

Ser vulgar era revolucionario y ser revolucionario. La peste a grajo. Grasa en la cara roja por el paroxismo militante, también rojo. La vulgaridad, tarea de todos

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“Yényere, Yényere, Yényere Yumá, Asere ¿qué volá?”
Marisela Verena, cantante

José. Vamos a decir que se llama José; hay buenos y malos Joséses, pero este es bueno. Es nuestro José nacional.

Este José, antes de poner un pie más allá de la línea que, en el puente techado, envuelto en malla metálica, que cruza sobre el cauce de polvo del río Bravo, línea que marca la frontera entre los Estados Unidos Mexicanos y los de América, tenía todo pensado. Planes, contingencias: todo. José, que, con audífonos y celular chino, escuchaba la seudovoz electrónica de Chocolate, caminaba contento.

Había hecho los cálculos y armado las quimeras. Sabía de antemano que, con los títulos y arabescos que rodeaban su nombre, estaba entrando en el gran estado de Tejas como uno de esos tornados que había visto en la televisión. Así sería su marca. Cuidado, que ahí viene José.

Sonrió, le subió al volumen, y puso el pie derecho en territorio estadounidense. Ah, José; no lo sabía, pero estaba oprimiendo una tecla invisible que lo reduciría a él, sus títulos, su orgullo, la autoestima, y a buena parte de sus expectativas, para cualquier fin práctico, a cero.

Detuvo el berrido del guachineo y se quitó los audífonos. “Soy cubano, y vengo a pedir asilo político”, dijo en un inglés de primer semestre. “Welcome to America”, le respondió un oficial pelirrojo, con sonrisa de poster para inmigrantes —como si fueran otros tiempos.

“Sénkiu”, dijo José, y comenzó su viaje cuesta arriba.

Todos, los que leen lo saben, de alguna manera fuimos y somos José. Veamos.

***

Si alguien, a comienzos del desastre de los años 90 del pasado siglo, hubiera vaticinado que el tragiquismo del Tosco, el toque de bola de Lola la charanguera, epítomes de la vulgaridad —decían— con su avasallante percusión y los metales más poderosos que hayan sonado en Cuba, serían opacados por una música tan pedestre que ni siquiera necesitaría de instrumentos ni de músicos, nadie hubiera dado crédito.

Si esa, u otra persona, hubiera dicho también que la vulgaridad en Cuba estaba a punto de rebasar un punto de no retorno, tampoco nadie le hubiera creído. “Tas loco. Se ve que no has estado en el Salón Rosado de La Tropical…”.

Ilusos.

Nadie lo sabía, pero el reguetón ya estaba en camino. Se extendió como un fago desde los barrios bajos de Puerto Rico. Invadió a ritmo de simplismo, sonido machacón y textos de alumno de primaria desaventajado y precoz. Se tragó a su paso lo que quedaba de la cultura musical cubana y la regurgitó con lentes de sol tamaño parabrisas, tatuajes, cadenas doradas, envuelta en licra. “Es sensual”, me dijo un sobrino graduado de leyes Suma Cum Laude. Su hija en Facebook hace boquitas en un selfie familiar.

***

Pero eso solo fue el final.

Lo de José venía de atrás. Él, claro, no lo sabía, y se ajustó los extraños jeans híper ajustados, luciendo costuras, desgarros y etiquetas, que le había comprado a alguien que lo trajo desde Ecuador, ombligo del planeta. Así le dicen, a Ecuador, donde los cubanos, me han dicho, que no gozan de popularidad, van a comprar e importar el mal gusto que nuestros Joséses consumen.

El problema, de la Isla, no del ombligo, también venía de atrás. O de lejos. Mucho antes de que José pensara que su solución era huir, mucho antes de que la madre, emocionada, le anudara la pañoleta por primera vez a José, la cubanía ya chillaba como cerdo apuñalado y nadie prestaba atención. Cada cubano debe vulgarizar y vulgarizar bien. En eso crecimos. José no sabía nada de eso. Las cosas para él siempre habían sido así. Mientras caminaba por lugares donde la música, los hábitos, la ropa, el tono de la voz, eran diferentes, pensó, ¡qué soledad!

Crecimos, decía, en esa idea. La vulgaridad era antiimperialismo. Por la Patria, la Revolución, el Socialismo, la Vulgaridad. Es parte de la conciencia de clase, la de los proletarios, ser un patán. Un tipo despeinado, con una camisa de tela basta, sudado y afónico a fuerzas de vociferar consignas. Un compañero. Señor era cosa de burgueses, de enemigos de clase, nos dijeron. Éramos compañeros, por decreto de ideología, con el gritón, y entre nosotros, como los bueyes, decía mi padrino, hombre sabio que sabía reír y aguijonear como buen boyero. Ser vulgar era revolucionario y ser revolucionario. La peste a grajo. Grasa en la cara roja por el paroxismo militante, también rojo. La vulgaridad, tarea de todos. Ser revolucionario era, es, usar la vulgaridad como arma contra el enemigo. ¡Tenemos un comandante (al) que le roncan los cojones! Pa’ que sepa. Eso.

Mientras, en el mundo exterior los proletarios se convirtieron en clase media, los guerrilleros en partido político, el Segundo Mundo se evaporó dejando un vacío de boca desdentada, y no nos enteramos. Dentro de Cuba, la introvertida, continuaban las guerras, guerritas, espías de opereta, dogma, doctrina, lucha de desclasados y, Estados Unidos, principal emisor de divisas en efectivo, tecnología y bienes, seguía siendo el villano preferido del orador de turno. La gritería nunca dejó escuchar el rumor de los escombros de una nación y sociedad que se desmoronaban todos los días un poco. Ahora hay algo que se llama continuidad. El derrumbe, el desgarre del tejido social que nadie escucha ensordece. Continúa. Debe ser eso a lo que se refieren.

Tal era la estupefacción de José, mientras caminaba hacia la terminal de ómnibus de El Paso, deslumbrado por las vendutas chinas, de cosas chinas, que orlaban las aceras, que olvidó colocarse los audífonos.

Bien por él.

***

José es solo una consecuencia. Un imitador. Desde niño. Eso se aprende de niño.

Los niños imitan. En cumpleaños, o a la vera de una caldosa, hedionda a berrenchín de cerdo, en la que flota un hocico, los niños bailan. La música aturde. Los adultos sonríen. “¡Echa!”, gritan. Aplauden a niñas impúberes que quiebran la cintura y se contorsionan con movimientos pélvicos de connotación sexual. Los varones, con torpeza de abejorros, tratan de seguir el frenesí del baile. La música es pésima, estridente. El baile es soez. No tiene sentido. Los adultos sonreían.

En eso crecimos, nosotros y José.

Bailar, con desenfado y sensualidad, sexualidad, es cuestión cubana de orgullo nacional. Cada cubano debe saber bailar y bailar bien. La fama nos precede. “Es que no bailas como cubano”, me dijo la mexicana que me observaba como a paramecio bajo el microscopio. Esa vez defraudé la honra nacional. Ah, Niurka Marcos, ¡quién hubiera gozado entonces —no de ti— de tu cubana chusmería! La mexicana me ignoró, se marchó, y yo también, con otra mexicana.

Y los adultos sonreían.

La urdimbre de la cubanía, cuyas puntadas más firmes llevó a los criollos a pelear con sus padres españoles, esa nación cubana, que llegó la mayoría de edad en la primera mitad del siglo XX, se fue desmadejando mientras los autores del desastre nacional hurgaban buscando al Hombre Nuevo, esa entelequia del dogma de la ultraizquierda. Los peores cubanos que le hayan tocado a la isla desdichada en toda su Historia se ocuparon de ello, de meter sus dedos, emporcados de tierra roja y alquitrán de tabaco, en el tejido nacional y hacer espacio para escupirle su flema inmunda.

En el proceso dejamos de ser buena noticia. Lo cubano se fue tornando arrabalero. El acento se oscureció. La lengua se torció. Las sacudidas de culo son la marca de agua del documento de identidad. Como si no bastara, pues estamos dejando de ser noticia. Sesenta años después el cubatón y el guachineo nos representan. En su estrépito la cubanía, agonizante, se desvanece. El oportunismo de grupos y cantantes, que hacen featuring con algún guachineanguero de moda, es el estertor más audible de la que otrora fuera horcón mayor de la cultura cubana, nuestra música. José los escucha, mientras el Greyhound sale de Tejas y enfila hacia el norte.

***

Tal es nuestro desamparo que nuestros vocales de moda son ahora, 2019, los que (se) denominan influencers. Con aspaviento y chillido se dedican a despotricar sobre los únicos temas que parecen interesar a la cubanidad contemporánea, de adentro o de afuera: anticastrismo, amarillismo y farándula.

A José, que no ha visto otra cosa que explicaciones sobre lo inexplicable y noticias sobre Venezuela, Nicaragua, Bolivia y los éxitos de la cosecha de boniatos en algún lugar del centro-oriente del país, le dijeron que los cubanos somos excepcionales porque decimos “asere, qué volá”. Lo escucha en sus audífonos. José se lo cree. No conoce más nada. La auto hipnosis de los cubanos acerca de su excepcionalidad daría risa si no fuera tan penosa. Boniatos. Tan secos. Tan insípidos. Pero es, sin duda, nuestro boniato.

Llevamos a cuesta la vergüenza de hablar de la cosa cubana en términos de qué reguetonero agredió a quién, qué tatuaje nuevo tiene, qué locutor o artista cubano llegó a Miami o dijo o no dijo. Esos son nuestros titulares. Esos son nuestros logros a los ojos de quien nos lee.

Mientras, sobran cubanos que en sus lugares de residencia escriben historias de supervivencia, de éxito, modesto o extraordinario. Historias que a nadie le interesa escribir, mucho menos leer.

Tengo el privilegio de conocer cubanos de trayectoria, en su vida personal y profesional, que merece más adjetivos de los que estoy dispuesto a escribir aquí. Cubanos que forman parte de cátedras en universidades europeas, estadounidenses y latinoamericanas; cubanos que están insertados en instituciones de primerísimo nivel científico y tecnológico; cubanos que han ganado premios Pulitzer; cubanos que dictan conferencias magistrales de las que nadie se entera; cubanos que promueven y son parte de ideas de avanzada en las artes y las letras que pocos interesa. Cubanos que han demostrado pueden ganar peleas donde el terreno es más escabroso. Conozco médicos a los que les llevó diez años regresar a sus predios. Sé de ingenieros que cambian focos. Sé de cubanos que en las noches de trabajo escuchan a Sabina.

Pero los titulares no los mencionan. Ni siquiera el periodismo independiente, el que no está atado a razones de marketing en un mercado cautivo como son los cubanos de Miami, o los latinos en general, le dedica una columna en que reseñara ese sol, tan cagado de manchas. Primer Impacto tiene más audiencia que un noticiero en español de CNN o Fox News, y los cubanos somos parte de esa audiencia.

***

José llegó a alguna parte.

Cuba tampoco es noticia allí. La música es otra. Los olores. Los hedores. Las miradas. Todos parecen extranjeros en esa tierra de todos donde todos caben. José guarda los audífonos. No lo sabe, pero se le está arrimando el pasado que le escamotearon. Tal vez ya no baile mucho. No le va a sobrar tiempo. Los jeans ecuatorianos se van a gastar en las lavanderías del gueto panamericano en que ahora vive. Los audífonos se van a romper. Y el teléfono. No se va a molestar —pienso yo— en recuperar esa música que le infectaba los oídos.

Este José, que, como ya dije, es de los buenos. Antes de poner un pie en el primer escalón, más acá de la línea que, en el puente techado, envuelto en malla metálica, que cruza sobre el cauce de polvo del río Bravo, línea que marcaba la frontera entre los Estados Unidos Mexicanos y los de América, José, que con audífonos y celular chino escuchaba el chillido decadente de Chocolate, ya comenzó a escribir su propio cuento.

El cuento larguísimo de cómo José, nosotros todos, nos vamos a rescatar de nosotros mismos.


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