Actualizado: 20/10/2017 18:43
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La lucha callejera de Rosa, la insumisa

Rosa es una luchadora callejera, una especie de periodista freelance que reporta en directo a los visitantes francohablantes sobre aspectos de una realidad que se intenta ocultarles

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El combate de Rosa[1] es diario: Rosa lucha en los mercados, en el autobús, en las interminables colas, en las estaciones de policía, pero Rosa lucha sobre todo en las calles de La Habana. Su blanco son los turistas francófonos que deambulan en la capital: sonriente y amable, se acerca y les saluda en la lengua de Moliere. Rápidamente orienta la conversación hacia la divulgación de una realidad que gran parte de los turistas desconocen. Rosa quiere informar sobre la otra cara de la Revolución, la que no se ve desde los hoteles y escapa a muchos de los extranjeros que visitan la Isla y se contentan con la realidad aparente. Les abre una ventana sobre una Cuba inmovilista y represiva, que defiende valores que no respeta y que transmite una imagen falsificada de la realidad. Su discurso es muy distinto al de muchos cubanos con quienes hemos hablado y que nunca criticaron abiertamente a la Revolución, aunque insinuaron sus dificultades para sobrevivir en el seno de una sociedad que les ofrece pocas posibilidades de evolución y sueldos poco adaptados a la realidad del doble sistema económico del país.

Rosa no se contenta con denunciar las apariencias engañosas, sino que ilustra su discurso con su propia experiencia: fue expulsada de su puesto de profesora de francés en la Alianza Francesa en los años noventa, después de una estancia profesional en Francia, país donde descubrió otro modelo social que se atrevió a elogiar y a comparar con el sistema cubano ante los colegas de trabajo con quienes viajaba. Al confesar eso, no pensaba perjudicar la Revolución, sino que sólo percibía la posibilidad de mejorarla mediante la apertura hacia otras vías. Pero a partir de ese momento, sus colegas de la Alianza Francesa la apartaron del grupo y, al regresar a Cuba, agentes de la policía la esperaban para interrogarla sobre el desarrollo de su viaje. Desde entonces, Rosa fue marginalizada de la sociedad: perdió su trabajo y no se le permite ejercer otro oficio. La profesora se enfrentó a la intransigencia de las autoridades que, en adelante, la vigilan, presionan e intentan adoctrinarla, chocó con un sistema represivo que no tolera las críticas y que finalmente confortó sus dudas respecto al proceso revolucionario. Su hijo, que comparte sus convicciones, tampoco puede trabajar y la vida diaria no es fácil, como lo confió:

Tenemos la desgracia de haber nacido en un país donde nada o casi nada se mueve. Mi madre fue de nuevo detenida por la policía. Es sólo para molestarla porque todo el mundo sabe que no cometió ningún delito. Tenemos que seguir siendo fuertes, guardar la calma y enfrentarnos a la adversidad como héroes cornelianos.[2]

Para quien conoce las trayectorias de algunos cubanos disidentes, su relato es totalmente verosímil en la medida en que existen varios testimonios similares. Rosa no representa un caso aislado: desde los años sesenta cualquier crítica respecto a la Revolución es considerada como una traición patriótica y la delación de cualquier supuesto «enemigo» del régimen es una práctica recurrente en la Isla. Muchos cubanos fueron profesional y socialmente descartados por lo que se suele llamar «desviacionismo ideológico», como si la Revolución fuera la única vía.

Confrontada a presiones recurrentes desde su distanciamiento respecto al proceso revolucionario, Rosa decidió no ceder y, al contrario, afirmar su libertad de opinión y de expresión. Se atreve a romper la ley de la «omertà», ese pesado silencio que ahoga los cubanos como si estuvieran viviendo bajo una capa de polvo cada día más espesa. Quitar ese polvo —que se combina muy bien con las antiguas casas y los viejos coches— significaría dejar entrever lo que se esconde realmente detrás de la imagen de postales y abrirse al mundo: pero esto está absolutamente prohibido y reprobado. No importa: ella prefiere romper el mito, y para eso, cuenta su vida en el supuesto paraíso tropical socialista:

Nada parece reformable a causa de tantos años de lavado de cerebro y de embrutecimiento que se añaden a todas las estrategias represivas concebidas por ideólogos despiadados. Día tras día, el régimen nos obliga a demostrar que somos diferentes, que no tenemos miedo, que no queremos ser los miembros de una sociedad aberrante. Entonces, en cada lugar hay un cubano que me saluda para obtener una respuesta positiva. Deduje que no contestar significa colaborar con la oreja, porque mi silencio es un signo de aceptación. Pues tengo que soltar unos «¡No me hables!» que tranquilizan el moledor malo y burlón. (…) Muchos me preguntan dónde está mi hijo, qué hora es, cómo se llama esa calle, si el autobús que cojo es el 20 o el P1 (…). Tuve que demostrar a la policía (treinta y dos veces el año pasado, dos veces este año [cf.: estábamos a finales de enero]) que sigo siendo la misma, lista para defender mi vida. (...) No soy cómplice del régimen, estoy segura de no equivocarme.[3]

Rosa está confrontada al «Big Brother» caribeño, pero no se deja deslumbrar por la sempiterna propaganda, ni tampoco por los discursos o las promesas y, sobre todo, no tiene miedo. Esto es el punto clave, el que le permite afirmarse en medio de una muchedumbre sometida y obediente, esencialmente por el temor a eventuales consecuencias. En Cuba la desconfianza es general: cada uno sabe que cualquier vecino puede denunciar una supuesta actitud «contrarrevolucionaria» y que el régimen tiene ojos en cada rincón del país. Para los disidentes, a las dificultades económicas, se añaden las intimidaciones, los arrestos, los interrogatorios y las tentativas de «rehabilitación» ideológica. Rosa sufre presiones constantes desde hace años y la información se convirtió en su arma para luchar contra la omnipotencia de las autoridades:

El régimen se empeña en hacer creer que hay cambios (…). El Partido decide, el Partido elige… y la policía controla todo el mundo. Los cubanos están disciplinados. Todos están frustrados porque nos quedamos al margen.

Como le gusta la pasividad al régimen, se nos oponen masas, que deambulan en ciertas calles turísticas, o que se sientan en todos los bancos en los parques, o esperan un autobús que tarda. A veces cuando entro en un lugar, mucha gente entra justo después. Quieren empujarme, tocarme, hablarme, comprar los mismos tomates. Son peores que avispas, que moscas. Afortunadamente tengo el dinamismo suficiente para deslizarme y apurarme, sobre todo en los mercados agrícolas, en los que estoy a diario… (…) Consigo sobrevivir gracias a mi valentía (…) y al apoyo de tantos amigos que están curiosos de conocer Cuba y con quien hablo todos los días porque quiero mostrarles toda la perversidad de engendra este régimen, todo el odio que esconden los cubanos y las consecuencias funestas de más de cincuenta años de comunismo.[4]

Rosa es una luchadora callejera, una especie de periodista freelance que reporta en directo a los visitantes francohablantes sobre aspectos de una realidad que se intenta ocultarles. Hablar y procurar abrir los ojos, provocar tomas de conciencia, se volvieron su combate, su manera de no ceder, de no quedarse pasiva frente las maniobras del Estado. Cuando no está encerrada en los locales de la policía habanera (como ocurre en media cada doce días), pasa sus jornadas entre los mercados agrícolas, las colas para las guaguas u otras necesidades y las calles más frecuentadas de la capital donde anda charlando con turistas, simple hecho prohibido a los cubanos que deben guardar distancias con los extranjeros. El acoso que sufre le recuerda que no se equivoca, que su combate es noble porque lucha para defender sus derechos y los de todos los cubanos víctimas de la inercia de una Revolución liberticida que pretende preservar los intereses del pueblo, mientras sirve únicamente su propia supremacía.



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