Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Caudillismo, Castro, Batista

La maldita circunstancia

Tal como los héroes y mártires de la revolución no sirven para resolver los problemas actuales de Cuba, los héroes y mártires de la contrarrevolución, la oposición y la disidencia tampoco sirven para acabar con la dictadura

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No es el agua por todas partes, sino la transición histórica de la nación cubana, que remeda la tríada hegeliana. Del caudillismo politiquero continuado —primera maldición— de ralea mambisa se pasó al caudillismo militarista intermitente —segunda maldición— de Fulgencio Batista, quien cedió el paso a Fidel Castro —tercera maldición— con su caudillismo politiquero-militarista de nunca acabar.

Mientras el general mambí Gerardo Machado duró 8 años y un tilín en el ejercicio del poder dictatorial, el sargento llamado Batista acumuló 7 años largos como hombre fuerte con grado de coronel y otros 7 cortos como general presidente. Castro anduvo más de medio siglo. Así consiguió afinar, como sucesor estructural-funcional, un aparato regido por la dinámica de pandilla que preserva la dictadura de partido único y la sociedad militarizada.

El problema

Tras publicar The New York Times los reportajes de Herbert Matthews sobre Castro y su guerrillita en la Sierra Maestra, Batista aprovechó su turno en el mismo periódico con Ruby Hart Phillips para soltar que Castro era un agente de la Unión Soviética: “The movement headed by Castro is Communist and is aided by communism” (NYT, 11 de marzo de 1957, página 11).

Así quedó sembrado el problema de por qué Castro le ganó entonces la guerra civil en 1958 y ganaría otra más (1960-65) para que el comunismo se asentara en Cuba por sesenta años, hasta ahora, si a fines de 1953 Batista había declarado a International News Services (INS): “El propio pueblo cubano es el primero en rechazar el comunismo porque este se opone por completo a todas las cosas en que los cubanos creen (…) Mientras los cubanos rechacen el comunismo tan militantemente, como siempre lo han rechazado, este nunca sentará sus reales en Cuba”.

El lugar propicio

Castro fue al Cementerio de Colón el 1º de mayo de 1952 a un rally en memoria del joven obrero ortodoxo Carlos Rodríguez, muerto a golpes por la policía durante una tángana en septiembre de 1951. Allí y entonces se encontró a Chucho Montané y Melba Hernández, Abel y Yeyé Santamaría, Raúl Gómez y Elda Pérez, repartiendo cuatro paginitas a mimeógrafo con el título Son los mismos y la identificación Boletín Oficial de la Fraternidad Ortodoxa. De adherirse al grupo Castro pasaría enseguida a liderarlo. Ese fue el núcleo del movimiento que llevaría a la acción del Moncada. Lo demás es historia.

Al igual que Castro, Batista principió la formación de su grupo político en el Cementerio de Colón al despedir el 18 de agosto de 1933 el duelo del sargento Miguel Ángel Hernández, quien había sido asesinado en el Castillo de Atarés, sede de la Guardia Presidencial, luego de ser detenido por conspirar contra el dictador Machado. Batista llamó a la unidad de los militares para llevar adelante una “revolución verdadera” y depurar al ejército de la oficialidad maculada por haber apoyado a la dictadura.

Sobrevino entonces en la historia militar kubizhe algo prohibido en todos los ejércitos del mundo: la deliberación de los alistados, quienes comenzaron a reunirse sin control de los oficiales para coordinar demandas. Batista interpretó correctamente esta circunstancia como desmoralización de la oficialidad. Lo demás es historia.

Los héroes inservibles

Ya no hay rallies ni discursos en los cementerios ni deliberación de alistados en los cuarteles ni nada mejor que dimes y diretes o algún alboroto pasajero que se queda dónde mismo empezó. Tal como los héroes y mártires de la revolución no sirven para resolver los problemas actuales de la nación cubana, los héroes y mártires de la contrarrevolución, la oposición, la disidencia, la resistencia o lo que sea en contra del gobierno, tampoco sirven para dar solución al problema capital de acabar con la dictadura.

Y lo que es peor: después de Castro, quien acaparó el poder y dejó el país hecho leña, el pueblo cubano ya no tiene en quién creer ni se deja engañar por ningún sucesor, pero tampoco cree ni se deja engañar por quienes se venden como actores políticos contra el gobierno sin hacer otra cosa que montar sainetes y aviones en medio de quejas por la represión.

Coda

Como dijo por ahí la Dra. en Ciencias Históricas Mildred de la Torre (Premio Nacional de Historia 2016): “[E]ste es un pueblo que piensa”. Luego existe, acota el pensador exiliado Emilio Ichikawa. Allá quienes no quieran darse cuenta de tal existencia en medio del desespero (porque aquello no se cae) y los embullos (con que este o aquel servirían para tumbarlo).


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