Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Internet, La denuncia de hoy, Represión

La proscripción de internet en Cuba

Antes que perder el poder, condenan a una población a vivir en las tinieblas de una suerte de Edad de Piedra

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En otros sitios y ocasiones hemos dicho que la buena voluntad de Raúl Castro para llevar a Cuba hasta un punto desde donde tomar el —inexorable— camino hacia la democracia, quedaría demostrada ese día en que el dictador heredero autorizara el acceso a internet para los cubanos. Sin esta realización, todo lo que haga o amague resultan aspirinas.

Pero eso demorará, tanto como pudiera demorar en desaparecer la dictadura. La internet se ha convertido en el diablo de los autócratas, desde Asia hasta Oriente Medio pasando por Venezuela, y en el dios de los pueblo oprimidos.

Hoy, la red resulta “la joya de la humanidad”. Pero a Castro II y su gavilla eso no les importa. Antes que perder el poder, ese vicio, condenan a una población a vivir en las tinieblas de una suerte de Edad de Piedra.

Estudiantes y profesores que no tienen manera de acceder a los más recientes conocimientos; científicos ignorantes de los más novedosos descubrimientos; médicos incapacitados, como no lo está cualquiera de sus colegas en estos países subdesarrollados, para informarse sobre recientes enfermedades, tratamientos, métodos de curación; músicos, literatos, artistas de la plástica, arquitectos, ingenieros, filósofos, y un etcétera sin fin, que desconocen por dónde van las nuevas ondas.

Todo esto es lo de menos para al castrismo.

Internet se ha convertido en algo cotidiano para una gran parte de la población en América Latina. Por ejemplo, en países que no suelen ser ejemplos de nada bueno, como Guatemala y El Salvador, el acceso a redes ya está en el 20 %, tomando como base un total demográfico que incluye niños, campesinos, ancianos, etcétera. Debemos considerar, asimismo, que en el porcentaje citado no se incluyen las múltiples conexiones desde centros de enseñanza y desde los llamados cafés internet.

La comunicación entre jóvenes, principalmente por medio de las llamadas redes sociales, resulta habitual y medularmente provechosa. Cualquier profesional de cualquier disciplina de estas tierras lee diariamente lo que a su especialidad corresponda, publicado en medios lo mismo de Europa que de Norteamérica que de Asia o Australia.

Cualquiera de ellos ahora mismo puede acceder a las bibliotecas de Nueva York, al Museo del Prado, a las catacumbas de Odesa o un diccionario multilingüe.

Varios estudios demuestran que “la supercarretera de la información” ha significado además un notable avance para reducir los gastos por concepto de transportación y, por consiguiente, una rebaja considerable en la contaminación y otros factores relacionados con la actividad del hombre en el planeta. Cada día más las ventas se llevan a cabo mediante internet.

Los aparatos iPad o Kindle permiten leer y almacenar hasta el infinito, se podría decir, los libros de toda categoría adquiridos a precios modestos, por la vía de internet.

Cientos de miles de películas, series de todo tipo, archivos históricos, conciertos de música, exposiciones de arte, eventos deportivos, etcétera, viajan hasta nuestras pantallas de manera gratuita.

Pero en Cuba, nadie lo dude, mientras exista la tiranía, no habrá acceso a internet para el ciudadano promedio; es decir, para obreros, profesores, graduados universitarios en general, técnicos medios, deportistas, investigadores, artistas y escritores o amas de casa.

No lo habrá. El régimen no soportaría semejante embate. Puesto que la población conocería la “verdad del mundo”, no las falacias que está obligada a leer en el diario Granma y sus conexos pagados todos por el gobierno comunista, y los únicos que circulan en la Isla.

¿Acaso alguien piensa que el castrismo permitirá que sus sojuzgados tengan conocimiento de lo que verdaderamente ocurre en Venezuela, Rusia o Corea del Norte?

¿O estaría de acuerdo la dictadura en que aquella población conociese sobre las fortunas de Fidel Castro, de su vida de supermillonario mientras les pedía sacrificios y más sacrificios a los cubanos; sacrificios compuestos por agudas carencias, interminables jornadas de trabajo gratuito, abandono de sus hogares para ir a pelear en el extranjero guerras perdidas o permanecer en los campos cortando caña para tantas zafras perdidas, mientras él, Fidel Castro, comía manjares a su medida y disfrutaba de sus playas, islas, yates, mansiones, cotos de caza y pesca particulares?

¿O permitiría el régimen que el grueso de los residentes en Cuba tomara conocimiento de los grupos disidentes que allí luchan por la democracia, incluidas las protestas que estos valientes llevan a cabo en uno y otro punto de la geografía isleña? De ningún modo, esto provocaría algo a lo que tanto teme el castrismo: la reacción en cadena.

Imposible.

Seamos claros: si el pueblo de Cuba contase con acceso a internet, el castrismo explotaría en días. Es elemental. La cúpula gobernante lo sabe, así que olvídense de eso.

Pero bueno..., ahí tienen que sí... en la Isla existen personas que gozan de la internet. Son los elegidos del castrismo: periodistas oficialistas, escritores oficialistas, científicos oficialistas, y otros de la élite. Todos postrados ante la dictadura por esta y otras migajas.

A los antes citados se agregan los dirigentes y funcionarios del régimen. Ni a los unos ni a los otros les importa la desinformación, la lastimosa ignorancia que padece la casi totalidad de los cubanos.

De modo que aquel régimen, que aún hoy en día, dando muestras de un cinismo fuera de serie, continúa declarándose humanista, justiciero, igualitario y todo lo demás que se le pareciera, mantiene a su población sumida en una época ya superada por la humanidad; lo cual reafirma una vez más su impiedad sin límites.

He escuchado a algunas personas de tendencia “izquierdista”, no sé si de buena o mala fe argüir que de ninguna manera el gobierno de la Isla podría autorizar la internet para el cubano “normal”, puesto que el salario promedio mensual allá anda por los 400 pesos (unos 18 dólares o 240 pesos mexicanos) y la tarifa mensual de la internet por esta región se encuentra en el nivel de los 27 dólares mensuales. O sea, resultaría totalmente imposible si atendemos a estos números.

No es tan así. Depende del ángulo del que deseemos mirarlo. ¿No subsidia el castrismo más de 15 periódicos y otras publicaciones baldíos, un sofisticado sistema de radio y televisión también baldíos y aun las redes digitales de su propiedad de alta tecnología? Que alguien saque cuentas y diga cuántos millones de dólares, extraídos del cuero de los cubanos y venezolanos, se gastan o se malgastan por estas razones.

Asimismo, me han comentado otras personas, también de línea “izquierdista”, que hay avances en materia de acceso a internet en la Isla: no hace mucho se han abierto más de 100 salas para tales propósitos en una y otra ciudad.

Solo que, compañeritos, una hora de navegación en esas salas cuesta 4.50 dólares; lo mismo que gana en una semana un ingeniero bien calificado. De modo que a estas instalaciones concurren en su mayoría extranjeros urgidos de informarse o comunicarse.

Ya ven. Así van las cosas.


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