Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Inversión, Economía, Capitalismo

La pureza perdida

Condenados al capitalismo. Eso es lo que están

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Los empleados estaban preocupados y hasta con vergüenza. Bueno, esto último era de esperar que fuera fingido, pero nadie escatimaba el esfuerzo. Bajaban la cabeza y evitaban mirarse unos a otros. Aunque en realidad todos pensaban lo mismo. En las próximas semanas su vida iba a complicarse aún más; nuevas incomodidades y menos tiempo disponible para ellos, su familia o para perderlo en lo que se les antojara.

Porque el ministro había sido claro: “El dinero obtenido era un dinero sucio. Así no podía ser la cosa. Se había perdido la pureza y era necesario recuperarla de inmediato”.

Era La Habana y la década de los sesenta y los que soportaban el reproche autoritario no eran culpables de un robo, tráfico de drogas, prostitución y ni siquiera engaño alguno.

En las últimas semanas se habían dedicado a conseguir los artículos más diversos y humildes para venderlos en pequeñas ferias tras el horario semanal —aunque llamar “feria” a cuatro mesas con cuatro tarecos en una acera evidencia torpeza en quien escribe.

Centavo a centavo se acercaban a la meta fijada en el ministerio para contribuir económicamente a un evento cualquiera, decretado por el gobierno, el partido, Fidel Castro o cualquier otro sinónimo.

Sin embargo, en vez de felicitarlos, como todos esperaban por estar cercanos a la cifra de recaudación —que incluso pensaban superar—, el ministro estaba indignado. Consideraba que el empeño no ejemplificaba un esfuerzo revolucionario sino una obra de perdición.

Porque las ganancias producto de unas sencillas ventas estaban viciadas. No era dinero puro y de inmediato quedaban prohibidas actividades de ese tipo. Los fondos que faltaban para cumplir el compromiso y superarlo —siempre se daba por sentado que los compromisos se superaban— había que ganárselos con el trabajo agrícola.

El ministro volvía una y otra vez a enfatizar ese lenguaje casi religioso —de honor y pecado—, como si fuera no un simple cura sino un obispo o regidor, mientras se arreglaba la chaqueta de cuero; porque un ministro podía ostentar que todo el tiempo estaba en un ambiente refrigerado, donde no llegaba el calor de aquel verano en la Cuba revolucionaria.

Cuarenta o más años después se repitieron en la misma Habana reclamos similares sobre la naturaleza pecaminosa del dinero. Se oyó también una advertencia rotunda: no se va a permitir la acumulación de riqueza por parte de cualquier ciudadano.

El rechazo al dinero así expresado definía en su origen una mentalidad medieval —que luego fue aceptada y después volvió a ser rechazada— tras un principio marxista, anticapitalista o comunista.

No se trata simplemente de impedir la explotación y frenar la avaricia. Mucho más sencillo y perverso: el dinero es malo y, por lo tanto, tener más dinero es más malo todavía.

Pero entonces, en esa misma capital resignada a oír clamar contra el dinero, llegaba un desfile de Chanel y la filmación de escenas de una película típica del entretenimiento en su forma más elemental y burda. Y fue cuando las dos imágenes —de austeridad y ostentación— coincidieron, el Gobierno decretaba que no chocaran: como si hubiera una pared imaginaria que les impidiera colisionar.

Por entonces daba la impresión que esta barrera se iba a mantener inexpugnable, que el ajiaco ideológico imperante en Cuba resistiría cualquier ingrediente que se le añadiera —sea una prenda prêt-a-porter o un helicóptero con costosos equipos de filmación, de tecnología de punta para crear emociones baratas.

Cincuenta años o más esas barreras han caído. El gobierno anuncia que permitirá la inversión extranjera en el comercio mayorista y minorista. Se apresura en establecer condiciones, excusas, limites, restricciones al capitalismo que lo condena una crisis sin fin. Imbéciles e ineptos: no han sido siquiera salvar la cara para sus seguidores más fieles. Condenados al capitalismo. Eso es lo que están.

Cómo es posible que un sistema que se consideraba superior, no solo en el orden social y político sino económico, sea incapaz de superar las funciones de alcahuete de empresas capitalistas internacionales. Ese es el papel que añoran e idolatran. Eso es lo que quieren ser: sirvientes estúpidos, criados de ocasión. Mientras tanto, entregar el país a la inversión extranjera, si alguien quiere comprarlo.


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