Actualizado: 15/07/2020 12:39
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Caos, Violencia, Exilio

La reconstrucción del cubano

Un estudio necesario y a la vez imposible

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Mientras abundan los estudios y conferencias sobre la reconstrucción de la Cuba poscastrista, poco se ha profundizado en esta transformación desde la óptica del individuo.

Enfrentar el estudio urgente sobre los medios que posibiliten los cambios, para que el cubano devenga en un individuo capaz de enfrentar los retos y beneficios de un Estado democrático y una sociedad civil, es tan apremiante como discutir las bases económicas y políticas de la nación del futuro.

Llevar a cabo este proceso desde dentro del régimen actual en Cuba resulta imposible. Aunque son meritorios los esfuerzos en el intento de establecer las bases de una sociedad civil, en la situación que vive la Isla, se muestran en gran medida no solo limitados sino utópicos. No se creó una sociedad civil en la Alemania nazi, en la Italia fascista o en la Unión Soviética comunista. Eso vino después. Puede parecer exagerada la comparación para algunos —y en parte lo es si se apunta a la situación de guerra en marcha de esas naciones europeas, o de la guerra fría posterior en caso de URSS—, pero al analizar las características de un sistema totalitario, las diferencias desaparecen. Hablar del establecimiento de formas, grupos e instituciones civiles verdaderamente independientes del Estado —y no necesariamente en conflicto frontal con el gobierno— en la Cuba actual es tan inverosímil como intentar lo mismo en Corea del Norte.

Lo anterior no impide el estudio del lento e inevitable proceso evolutivo hacia ese fin, que en el caso cubano tiene la característica peculiar del desarrollo de una frontera cada vez más porosa entre la Isla y esa contrapartida que constituye Miami.

Aquí, a diferencia de Corea del Norte y Corea del Sur, no se puede hablar de una nación de origen separada en dos Estados, sino de un país cada vez más deteriorado y un refugio instaurado en otra república a la vez cercana y diferente (en última y primera instancia, los exiliados cubanos en Miami se rigen por las leyes de Estados Unidos).

Más allá de la semejanza en el hecho de que Corea del Sur ayuda económicamente —de forma directa e indirecta— a impedir que los norcoreanos estén peor y pasen más hambre y miseria, con los años se ha establecido una mayor aproximación entre los cubanos de aquí y allá, que a diario trasciende en forma creciente las diferencias o los postulados ideológicos y políticos —por otra parte cada vez más caducos en cuanto a las posiciones extremas— de ambas partes. En este sentido, los intentos de establecer las bases de “una Cuba del futuro”, y mucho menos de un gobierno del mañana para Cuba, en Miami son tan absurdos —y con el tiempo han sido tan abandonados que hoy se limitan a referencias chistosas— como el pretexto de “plaza sitiada” que aún se escucha en la Plaza de la Revolución.

Los nuevos exiliados

Los cubanos han evolucionado en dos grupos, con diferencias y semejanzas significativas a lo largo de 55 años: un grupo —la mayoría— ha permanecido en el país. Otro ha creado una nueva forma de vida en el exilio.

Desde hace años, La Habana viene repitiendo que los exiliados abandonan Cuba por motivos económicos. El argumento ha encontrado eco en Miami. También aquí se proclama a diario que quienes han llegado en los últimos años lo hacen en busca de una mejor vida y no por razones ideológicas. Por esa paradoja que siempre crea la convergencia de los extremos, se alza ahora un discurso repetido en ambas costas, que proclama el surgimiento de una inmigración solo interesada en el bienestar y no en un ideal de libertad.

Hay parte de verdad en dicha afirmación, en cuanto a la tendencia creciente por parte de los nuevos exiliados de una “politización”, de la cual llegan cansados de oír, y la priorización de los valores familiares o el no romper con los vínculos personales anteriores, e incluso las costumbres, a que se vieron obligados quienes llegaron fundamentalmente antes de la década de 1990. Pero también persisten diferencias que se mantienen aunque en la conducta cotidiana se pasen por alto o prefiera colocar a un lado. Esto podría definirse de forma simple en el hecho de que se vuelve pero no se regresa. Quienes lo hacen y trasciende —como en el caso de algún que otro músico— es precisamente la singularidad lo que convierte al suceso en noticia.

La diferencia más significativa entre los de aquí y allá es que quienes han emigrado a EEUU y otros países habitan en lugares donde rige un sistema capitalista, de libre comercio y gobierno democrático. Los que por voluntad o causas ajenas han permanecido en Cuba se ven obligados a regirse por las circunstancias imperantes en una sociedad totalitaria de corte comunista —aunque en la práctica esta nominación ideológica ha evolucionado, y el sistema imperante es la fachada de un sistema solo preocupado en sobrevivir a cualquier precio.

Más allá de poder expresarse libremente en el capitalismo —por lo general sin muchas consecuencias— y la censura generalizada en un sistema que aún se empecina en llamarse socialista, lo que actúa con mayor fuerza sobre el individuo es el sentimiento de incapacidad para regir su vida.

Válvula de escape”

De momento, el éxodo continúa siendo la válvula de escape preferida por quieres residen en la Isla. Ni el aumento de viajes y envíos, ni tampoco la nueva ley migratoria, han puesto fin a la salida de cubanos en embarcaciones ni por otras vías, consideradas ilegales tanto por La Habana como otros gobiernos, salvo en los casos de excepcionalidad que aún contempla la norma de “pies secos/pies mojados”.

Por otra parte, irse de Cuba, en la mayor parte de los casos, ya no es contemplado por el régimen como un desafío, sino sencillamente como un asunto familiar o personal.

Sin embargo, esta actitud de tratar el proceso migratorio bajo una óptica familiar, y por lo tanto despolitizada, cumple precisamente… un objetivo político.

En realidad el gobierno cubano lo que busca es obtener una ganancia doble: recibir ingresos a través de los que se establecen en el extranjero pero continúan ayudando a los parientes que dejaron atrás y aumentar la válvula de escape social y político. Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses nacionales: mantener una estabilidad social y política forzada a 90 millas de sus costas, sin buscarse un problema adicional. Eso pesa más que cualquier declaración a favor de la democracia en la Isla.

Durante muchos años la política migratoria ha sido utilizada como un instrumento político, por parte de EEUU y Cuba, y esto no ha cambiado. Ello ha beneficiado a muchos cubanos, pero no sin pagar un precio al respecto. La Habana y Washington siempre han ofrecido diversas respuestas frente al fenómeno de los inmigrantes cubanos. Dos países disímiles unidos por un problema común, mientras miles de desesperados continúan buscando un destino mejor. Por supuesto que no se debe condenar a nadie que intente mejorar su vida, sobre todo si uno hizo lo mismo antes.

Es en el país de origen donde se está produciendo un daño cada vez mayor, desde el punto de vista de su independencia futura, no solo política sino también social. El peligro de desintegración, caos y violencia que pesa cada vez con más fuerza en la sociedad cubana

Escenario volátil

Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el gobierno de la Isla ha logrado controlar con represión y promesas.

Pese a ser generalizada, la represión se manifiesta de forma más visible contra la disidencia. El régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no solo a la disidencia ―ello no es noticia desde hace años― sino en lograr que las pequeñas protestas y actos de desacato que ocurren a diario no alcancen una dimensión mayor. Ni la disidencia guía o logra aglutinar el sentimiento de descontento nacional ni el gobierno ha logrado grandes avances en un programa destinado a paliar en alguna medida la pobreza imperante. En este sentido, hay más bien un estancamiento, tanto en la oposición como en el gobierno, cuyas reformas avanzan tan lentamente que simplemente puede decirse que están detenidas.

Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido social. De producirse esta fragmentación violenta ―y con independencia del resultado de la misma― el uso del caos y la fuerza como solución de los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una parte de la población de la Isla, que limitaría o impediría el avance social, al igual que ocurre actualmente en Haití. La manipulación dejaría de estar institucionalizada, como ocurre ahora, y se convertiría en tarea en manos de pequeños matones, demagogos y politiqueros de esquina.

En caso de ocurrir un estallido social ―y hay que repetir que las condiciones de la realidad cubana se asemejan mucho a una caldera que cada vez adquiere una mayor presión― la gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante de protestas más o menos generalizadas. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que pueden prenden la mecha.

Pese a las limitaciones extremas que han caracterizado a su labor ―determinadas en primer lugar por la fuerte represión que enfrenta― la disidencia se ha caracterizado no solo por alertar, sino por hacer todo lo posible para evitar que se llegue a esa situación caótica, tras la cual será muy difícil llevar a cabo esa tarea de reconstrucción del carácter del cubano, mientras que el gobierno de los hermanos Castro está empeñado en dejar solo el caos tras su desaparición.

A diario siguen aumentando las demostraciones que evidencian que una parte de la población cubana está dispuesta a realizar actos violentos ―o no sabe controlar sus pasiones e instintos― y reacciona ante los estímulos más simples. Ese es el sector de la población que se presta a participar en actos de repudio, donde son guiados y controlados por un grupo de agentes represivos. Es decir, no alcanzan siquiera el grado de profesionales de la violencia: son simplemente matones de ocasión.

En un futuro más o menos inmediato, tras la desaparición de los Castro, de este estrato de la población cubana saldrán los pandilleros, extorsionistas, abusadores y hasta asesinos que servirían para suplir la demanda de delincuentes y personas violentas a ser empleadas por los diversos grupos dedicados a las actividades ilegales que ya florezcan en la Isla.

No es el aumento de hechos delictivos el único peligro que acecha respecto a estos seres sin escrúpulos que en la actualidad encuentran satisfacción y provecho en participar en los actos de represión.

El problema principal es la existencia de un grupo poblacional acostumbrado a vivir bajo un régimen totalitario, que de pronto va a encontrarse incapaz de vivir en libertad, con las responsabilidades que este hecho atañe. Esos que golpean hoy serán los inadaptados de mañana.

Conocer mejor cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las discusiones políticas. Estudiar los patrones de conducta adoptados por una parte de la población de la Isla, que en el futuro limitaría o impediría el avance social, va más allá de la anécdota, la crónica de momento o el reportaje de lo que falta en la Isla. Por supuesto que no es una tarea fácil y que prácticamente no existen los medios para llevar a cabo esos estudios. Ello no debe de impedir la llamada de alerta y la preocupación constante.


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