Actualizado: 22/05/2019 9:03
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Historia

La República martiana: estación de destino

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El uso reiterado del pensamiento martiano con fines egoístas y utilitarios ha provocado el rechazo de algunos cubanos a ese Martí desnaturalizado; mientras otros, empleando la metodología deconstructiva de Jacques Derrida, se han propuesto desmontarlo. Pero deconstruir no es desconocer, sino aproximarse a la verdad quitando lo tergiversado o añadido y reincorporando lo omitido.

 

Al final de ese proceso, en el caso del pensamiento político de José Martí, quedamos frente a una verdad: sus ideas viven. Y como los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetir los errores, repitiendo a Fabio Hurtado, lo que Cuba nunca podría hacer, a menos que quiera suicidarse como nación, es cancelar ese pensamiento.

 

En la etapa colonial el pensamiento político cubano evolucionó desde los reclamos enarbolados por Félix de Arrate hasta las ideas de José de la Luz y Caballero. Un caudal de pensamiento que fue retomado y enriquecido por Martí para conformar el proyecto de la república moderna "con todos y para el bien de todos", basada en la dignidad plena del hombre, un objetivo pendiente de realización en la Cuba de hoy.

 

La Guerra de Independencia de 1895 terminó en la República de 1902, con independencia incompleta y soberanía limitada. La ausencia de igualdad de oportunidades para negros y blancos y la concentración de la propiedad se conservaron en el nuevo escenario.

 

La Constitución de 1940, cuatro décadas más tarde, sentó nuevamente las bases para el fomento de una sociedad democrática, que por nuestras carencias cívicas desembocó en el golpe militar de 1952 y, seguidamente, en la respuesta insurreccional que triunfó en 1959. Este último proceso, aparte de algún que otro avance en sectores como la salud y la educación, el único mérito que puede exhibir es medio siglo de resistencia y la pérdida de libertades y derechos que nos retrotraen a la Colonia.

 

José Martí, precursor en la Isla de la política como proceso, durante su periplo por el exterior conoció la revolución española, los golpes de Estado en México y en Guatemala y la vida en Estados Unidos, y se propuso fundar "un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud".

 

Para ello estableció una relación genética entre partido, guerra, independencia y república. En 1893, expresó: "La grandeza es esa del Partido Revolucionario: que para fundar una república, ha empezado con la república. Su fuerza es esa: que en la obra de todos, da derecho a todos".

 

Con ese fin fundó un partido para "aunar voluntades, organizar, controlar, crear conciencia, sustituir la inmediatez y dirigir la guerra que habría de traer la República. No para dominar y prohibir la existencia de partidos diferentes, no para trabajar por el predominio de clase alguna; sino para la agrupación, conforme métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria".

 

Ni feudo ni capellanía

 

En las bases del Partido Revolucionario Cubano planteó que el mismo "no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud".

 

Organizó la guerra necesaria como forma de hacer política. Reconoció los méritos de Carlos Marx, pero señaló sus limitaciones en relación con la lucha de clases como partera de la historia. Al respecto, dijo: "anduvo de prisa sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de la mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz".

 

Por ello delimitó las funciones de la guerra, de modo que en la conquista de la independencia fueran los gérmenes de la república de mañana, pues consideraba que "en la hora de la victoria sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra".

 

Por eso, al apartarse del Plan Gómez-Maceo, le escribió al Generalísimo: "Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que usted pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta".

 

Consideraba a la república como igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba; espacio de libertad para la expresión del pensamiento; economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios; edificada sin mano ajena ni tiranía, para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre. Mientras concebía a la patria como "dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie". Definiciones que remató con aquel ideal tan lejano aún: "Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre".

 

Los peligros del socialismo de Estado no escaparon a su olfato político. En
La futura esclavitud compartió la crítica realizada por Herbert Spencer, donde se plantea, entre otras cosas, que si "los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesarán a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, irá a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo".

 

En Cuba, los cambios realizados después de 1959 no responden a las necesidades actuales. Se requieren nuevas transformaciones. La coincidencia entre el fracaso del socialismo totalitario, manifestada en que los de abajo no quieren y los de arriba no pueden, y un ambiente externo favorable con la suspensión de las sanciones por parte de la Unión Europea, la reinserción en los mecanismos políticos de la región, el cambio de presidente en Estados Unidos, convierten el momento actual en una excelente oportunidad para iniciar, sin más retraso, los cambios estructurales que el país necesita.

 

Pero sin olvidar a Martí, porque ese cambio requiere de un nuevo proyecto nacional conformado con la participación de todos. Su realización, ahora o después, será el mejor homenaje en este 28 de enero y en los futuros aniversarios del Maestro.


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