Actualizado: 23/05/2019 11:26
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Plaza, Desfile, 1 de Mayo

La última cena y el próximo combate

Falso sería decir que todo el mundo va. También es mentira afirmar que hay represalias contra todos los que no vayan al desfile

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Justicia sin misericordia es crueldad.
Santo Tomás de Aquino

Para cualquier observador presenciar el desfile del Primero de Mayo en la habanera Plaza de la Revolución puede colmarlo de dudas, de confusiones. En un país abocado a una crisis alimentaria, con servicios como el transporte, el agua potable, la recogida de basura y el declive de la atención sanitaria, ¿cómo pasan cientos de miles de personas riendo y portando carteles dando vivas a los tribunos?; ¿nadie les tira un tomate o un huevo —perdón, mejor una sencilla, sonora y barata trompetilla? Y los responsables del supuesto desastre saludan, ríen, ¿no se sentirán culpables?; ¿no temen a la ira de los desfilantes tras sesenta años de fracasos y engaños?

Un invitado imparcial a la tribuna —oxímoron, un imposible circunstancial—, tendría que admitir que los imperialistas lo han timado. Porque quienes pasan frente a él, obreros, estudiantes, mujeres y niños, son fieles al Partido y a la Revolución. Con su paso aguerrido, en procesión pagana, muestran al mundo el mejor país para vivir, trabajar, y educar a sus hijos. Toda la propaganda capitalista se estrella contra esa marea humana que, naciendo cerca del Malecón de la Habana, inunda la Plaza y estalla de júbilo frente al Martí de Sicre.

Todo tiene un antes y un después. Antes, y por cada centro de trabajo, han recogido compromisos. El sindicato ha pasado una lista y la gente se apunta. Algunos dicen que irán por su barrio. Aunque para ciertas empresas y sectores —turismo, salud, civiles de la Fuerzas Armadas y el MININT, educación— la asistencia puede ser controlada. Como en cada cuadra hay un Comité —CDR: Comité de Defensa de la Revolución—, es posible incitar a la participación. Falso sería decir que todo el mundo va. También es mentira afirmar que hay represalias contra todos los que no vayan al desfile.

El después del desfile es el desinfle: los desfilantes tendrán el día libre, y en una Habana donde apenas hay transporte —todo el combustible y los carros han estado en función de la Magna Concentración—, lo más a mano es una botella de ron peleón, un dominó en el medio de la calle, en un pasillo y pensar, bajo los asombrosos efectos del etílico, que ha pasado un día más, y en algún momento, no se sabe cuándo, ya no habrá más desfile, ni tribuna, ni se llamará de la Revolución sino Cívica, como no fue. Otros, los beodos o los abstemios —los extremos del vértigo se tocan—, creerán que solo el alejamiento, la huida de la Isla, los librará de esta pesadilla, de la simulación perpetua.

Por mucho que la ciencia trate de explicarlo como Síndrome de Estocolmo, Indefensión Aprendida u otro artilugio académico, siempre se queda corta. A veces basta una anécdota, un chiste o una buena película para funcionar como el espejo que muestra las arrugas. Tal es el caso de un excelente filme cubano, La Ultima Cena (1976), de Tomas Gutiérrez Alea.

Titón, como se hacía llamar, toma el Jueves Santo para poner en una misma mesa a doce negros esclavos cual apóstoles y al amo, un Conde que hará el papel de Cristo. En el macabro retablo hay de todo: un frustrado cimarrón —Sebastián— quien acaba de ser castigado cortándole una oreja; un anciano llamado Pascual, al quien el Conde, ebrio, concede su libertad y no sabe dónde ir; el esclavo que se ha resignado a su condición; el que defiende al amo y cree merecer los golpes; y el esclavo rebelde, que piensa con cabeza propia, y pone en duda su condición de cautivo eterno por mandato divino.

Tras mucho vino y comida los esclavos quedan dormidos. Antes de retirarse a sus aposentos, el mayordomo —otro esclavo—, pregunta al amo que hace con los negros, desperdigados por el refectorio. Entonces el Conde pronuncia la mejor frase de todo el filme: “No, déjalos, ojalá no se despierten nunca”.

Es una tesis sustentable que del mismo modo que la Colonia siguió viviendo en la República, el Socialismo retrocedió a la Colonia, a la plantación criolla, al Campamento tan temido por Martí en su carta a Gómez. La República inmadura abortó la criatura democrática; a cambio, hizo crecer una placenta succionadora, parásita, que es el Socialismo Real –de Realeza, monarquía.

El ordenamiento vertical, el campamento-Isla, recuerda en grado sumo la ordenanza socioeconómica de la hacienda en la colonia de ultramar. Salvando las distancias históricas, a ese modelo neo-feudal pueden aplicársele todos los elementos de la Plantación: producción centralizada, la alimentación de la dotación, el entretenimiento y la socialización establecidos desde arriba, desde el inaccesible nivel de Partido-Señor. El Pueblo-Barracón es una masa homogenizada sin apenas comunicación con otros barracones. La fe pagana, materialista, es impuesta como religión oficial: el Líder es Dios; su palabra, la Ley.

En el neo-barracón actual —pequeñas parcelas de poder— también existe el esclavo sumiso, obediente, resignado a morir donde ofrezcan techo, comida, atención médica y fiesta por un día. Y el que duda, es incapaz de arriesgarse, por temor a lo desconocido. El anciano, que ya de ser tan viejo y tan esclavo no sabe cómo no serlo, a donde ir, y como Pascual, se niega a escapar al monte. También hay el esclavo que cree que el amo es bueno, humano, y considera la delación del hermano como un deber sagrado. Y por último el súbdito rebelde, que sin saber sabe. Sabe que ha nacido libre, no para hacer lo que otros hombres crean está bien, sino lo que él, con su cabeza y a riesgo, piensa que está bien.

Esos últimos son los que huyen. Han comprendido que la fuerza descomunal del cepo, del perro y el fusil del rancheador no les deja otra opción. Se internan en ese monte que es el exilio. Una vez allí, deben reinventarse. La selva, el Palenque, nunca regala nada. Hay que arrancárselo todo. Tampoco la fe es una imposición: creer en un problema de cada cual. Solo que, desgraciadamente, al haber perdido la fe en otros hombres, el cimarrón se torna arisco, suspicaz, individualista.

El final de la película es previsible. Los esclavos se insubordinan ante la ausencia del Conde. Toda la prédica de misericordia y perdón desaparece el Viernes Santo. El mismo credo que unas horas antes justificaba sentarse a la misma mesa amo y esclavos, sirve para perseguir y aniquilarlos a todos menos a aquel que sobre una montaña desafía a sus perseguidores.

En otro final, Ultima Cena II, La Hacienda y el sistema de producción esclavista desaparece. No puede mantenerse. Los hombres, para rendir todo su potencial necesitan sentirse dueños, condes, mayorales, aunque solo sea vana ilusión. Solo el Palenque emancipado, autónomo, desparasitado, puede redimir la Hacienda, rescatar la criatura democrática. El próximo combate de Mayo no será un interminable desfile de máscaras. Será un día como otro cualquiera: quien lo desee, que trabaje; el que no, que juegue dominó en su casa.


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