Actualizado: 13/05/2021 18:11
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La unión de Cuba y Puerto Rico, entre demócratas y republicanos

Con la hipotética anexión de Cuba a Estados Unidos, los republicanos tendrían, al menos por los próximos 12 o 16 años, incluso más allá, un estado suyo; afirma el autor de este trabajo

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En estos días se discute bastante la posibilidad de Puerto Rico de convertirse en el estado 51 de Estados Unidos. Una de las razones más mencionadas por quienes no lo creen posible es la de la oposición republicana a aceptar un nuevo estado azul. Porque sin duda la mayoría de los congresistas elegidos en Puerto Rico, y su voto en las presidenciales, serían demócratas.

El caso de la entrada de Cuba a la Unión Americana también se ha discutido recientemente, a resultas de un tuit de Bill Kristol, en el que de repente la traía al rango de lo posible. De más está decir que al instante un montón de desenfocados de la extrema izquierda americana salieron a oponerse con esos argumentos tan racionales suyos, tomados casi sin cambios de las memorias de algún revolucionario italiano de la Era Romántica. Sobre todo, porque la ocasión les venía como anillo al dedo para reafirmar una vez más su compromiso con la “autodeterminación de los pueblos”, y dejar clara su oposición frontal al “imperialismo” de Washington y sus círculos de poder. Aunque el hacerlo los deje más o menos en la misma posición que los antiglobalistas de la Nueva Derecha paleo conservadora. El que en su oposición hayan compartido trinchera con un conspicuo político republicano, a ratos interesado en aparentarse más a la derecha que el mismo Trump, evidencia el desenfoque de esa cierta izquierda americana, atada todavía a la visión del mundo de los años sesenta, tras el proceso descolonizador y el quiebre de los grandes imperios de 1900.

Por su parte, el senador cubanoamericano Ted Cruz tenía que salirle al paso a Kristol. Su evidente intención de postularse a candidato presidencial republicano en 2024 depende de demostrarle a esas bases WASP del ala más radical del Grand OldParty (GOP), cuyo principal reclamo es el evitar que se perviertan las “esencias” étnicas de la nación, que no es un “infiltrado” de cierta componenda latina, para entregarle el país a las hordas de centroamericanos, mexicanos, y cubanos al acecho en la misma frontera. Y ninguna ocasión mejor que la de mostrarse incondicionalmente contrario a una probable inclusión dentro de la Unión del país del cual procedía su padre.

Más allá de estos cuestionamientos, interesados o anacrónicos, lo cierto es que se puede convencer a ambos partidos de que tendrían razones para apoyar la entrada de Cuba en la Unión Americana, si tras la caída del régimen la ciudadanía de la isla así lo decidiera. O por lo menos a los sectores dentro de ambos partidos que no están por hacer política en base a fundamentos étnicos, y cuyos fines principales no sean los de mantener unas supuestas “esencias” étnicas de la Nación Americana.

A los demócratas la unión de Cuba como un estado más les resultaría interesante porque está en sintonía con su aceptación de la realidad de que Estados Unidos es, y lo será cada vez más, un proyecto multicultural y multirracial. Algo que por demás aumenta las ventajas competitivas de los Estados Unidos en el proceso de globalización que una significativa mayoría del partido demócrata si no promueve, por lo menos acepta inexorable.

En definitiva, los demócratas apoyarían la entrada de Cuba en la Unión porque va contra su discurso multicultural y multirracial no aceptar, y porque a la larga tendería a rebajar la influencia de los valores del conservadurismo blanco en la sociedad americana. Lo cual en el largo plazo podría desinflar a su oposición republicana, si el GOP no lograra pasar más allá del discurso étnico paleo conservador que le ha impuesto el sector ahora agrupado alrededor del trumpismo.

A los republicanos no obsesionados con los temas de pureza étnica, blanca, la unión de Cuba les resultaría interesante, al menos en el corto plazo, ya que todas, o casi todas las plazas legislativas cubanas en el Congreso serían suyas, y ni que decir sus votos en el Colegio Electoral que elije al presidente.

Tengamos presente que, si una certeza nos ha dejado la experiencia de Europa del Este tras la caída del comunismo, es que, tras liberarse de un régimen autoritario de izquierdas, la población tiende a moverse a la derecha, como reacción natural. Cuba, por tanto, tras salir de su actual régimen comunista, es casi seguro que se convierta en feudo del conservadurismo. Cual, por ejemplo, ya sucede con muchos de los nuevos emigrados, que han pasado directo y sin solución de continuidad de los desfiles por el 1° de mayo en La Habana, a las caravanas pro Trump en Miami.

Los republicanos tendrían, al menos por los próximos 12 o 16 años, incluso más allá, un estado suyo. Y dado que su proporción de votantes potenciales tiende a bajar, a consecuencia del cambio demográfico en Estados Unidos, el ingreso de los cubanos podría ser el escenario ideal para en la práctica reconstruir los valores del conservadurismo americano no en términos étnicos, como tiende a suceder ahora con la revolución paleo conservadora del trumpismo. Con los cubanos, pro capitalistas y de derechas necesariamente tras salir del comunismo, podría imponerse en los imaginarios del público americano, y de los latinos aspirantes a convertirse en tales, que los valores individualistas que en esencia distinguían al republicanismo americano antes de su evolución actual, no son necesariamente exclusivos de los blancos anglosajones.

Hay algo más, quizás. La entrada de Cuba en la Unión Americana, asimismo como la de Puerto Rico, implicaría necesariamente condiciones especiales que se convertirían en precedentes favorables para los reclamos de otros estados por más autonomía. Lo cual reforzaría la posición del republicanismo, al ser los reclamos de más poder para lo estadual, a costa de menos para lo federal, patrimonio ideológico del GOP.

A ambos partidos, por tanto, les es interesante la entrada de Cuba en la Unión, pero al Republicano le da un margen de maniobra en la situación compleja actual, en que las bases étnicas paleo conservadoras a las que el trumpismo les permitió imponer dentro del partido una relativa hegemonía, tienden a decrecer demográficamente. Aun en caso de lograr rodear desde ya al país de muros.


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