Actualizado: 27/03/2020 12:23
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Comunicación

La verdadera historia

El periodismo independiente cuenta la crónica implacable del día a día de los ciudadanos bajo el régimen comunista.

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La enorme y compleja misión del periodismo independiente cubano tiene una relación nupcial y honda con la tarea de relatar, con honestidad y mediante el expediente de escribir una palabra detrás de otra, los sucesos de todos los días. Las cosas que pasan en la calle, como en aquella propuesta de Juan de Mairena.

El valor de ese trabajo callado, ingrato y tedioso, radica en que el conjunto de esa crónica implacable del curso de las viditas de los ciudadanos bajo el régimen comunista, es la verdadera historia viva de una época.

En esos papeles difíciles y peregrinos que se escriben en el lugar de los hechos y en conversaciones y entrevistas con los protagonistas, está la clave para conocer y estudiar después qué era lo que pasaba en la Cuba en estos años.

No se podrá encontrar la angustia o la alegría de la gente en los panfletos estatales llenos de cifras y frases tópicas de los funcionarios. No habrá allí casi nada que sirva para entender el drama de este tiempo, porque las palabras que oscurecieron las páginas en blanco tienen la marca de los laboratorios de la propaganda.

Lo auténtico proviene de otro mundo. Viene del riesgo y de las márgenes. Del talento y la entrega de quienes tienen que escribir bajo la amenaza de la cárcel y bajo los ataques verbales (a veces, más allá del verbo), los insultos, de un Estado todopoderoso y sus bandas de fanáticos armados con palos, piedras y pistolas. Y de un sistema judicial que es parte de esa intendencia.

Los periodistas independientes no salen de sus casas en las mañanas a buscar supuestas proezas laborales, a cantarle a los jefes del Partido, ni a tratar de embellecer inútilmente la existencia que propone la dictadura a las personas. Ellos salen a mirar y ver la realidad. Un paisaje que otros no pueden describir, aunque se muevan dentro de él y los quemen también esas candelas.

Salen, como esta semana Rafael Ferro en Consolación del Sur, a entrevistar a Felipe Gil, un cubano que no puede conseguir empleo en su país porque sus ideas políticas no coinciden con la de los señores del gobierno. Un hombre que es albañil y carpintero, pero le niegan el derecho a trabajar porque milita en un partido opositor.

Se lanzan a la calle a hacer encuestas de opinión. Guillermo Fariñas lo hizo en Santa Clara. Cuál es el impacto en la población de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. Y hablan, dicen lo que piensan un obrero, un médico y un pastor bautista.

Va la periodista Caridad Caballero Batista al central Delicias, en Puerto Padre, a conversar con Gonzalo Rodríguez Pérez, arrestado por la policía bajo la acusación de que es amigo de una Dama de Blanco.

La corresponsal revela en esa nota la influencia del surrealismo, el absurdo, la tragicomedia, en la filosofía de los represores.

En efecto, ese periodismo es el que cuenta la persecución a un individuo porque vende limones de la mata del patio de su casa o porque compra unas libras de frijoles, seis cabezas de ajo y una ristra de cebollas.

Es el que pinta la franja oscura en la que viven los prisioneros políticos, sus ayunos, las protestas, la falta de medicinas y los maltratos. Un asunto cerrado, tapiado como las celdas, en los medios que se pagan con el dinero de los cubanos.

Eso es lo que hacen las decenas de comunicadores libres que trabajan en el territorio nacional: escribir con profesionalismo la crónica del día a día, sin la pretensión de pasar a la Historia. Más bien con el interés de contarla.


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