Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Maceo, Derechos, Sociedad

La voluntad humana como esencia de los derechos humanos

Los humanos no somos tales porque tengamos derechos, sino porque poseemos capacidad de discernir la necesidad de tener derechos para ser humanos

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Los derechos se conquistan —y por lógica, se conservan— con el filo del machete, decía Antonio Maceo, sin los retoricismos tan habituales a políticos como José Martí. Los derechos dependen en última instancia de la determinación de quien los reclama y asume, de quien los defiende. Sin esa determinación no hay derecho alguno, si acaso concesión, de la cual se disfruta solo mientras quien nos la haya hecho lo estime conveniente.

Los derechos son aceptados, o no, por la sociedad en cuestión, en medio de los fluyentes consensos que se alcanzan a su interior. Lo que es derecho, o no, depende por tanto de la sanción social. Mas es evidente que en el proceso por el cual se los acepta, o no, lograrán obtener esa sanción social en dependencia de cuán determinados en su defensa estén los individuos que los han asumido, de hasta dónde estén dispuestos a llegar para sostenerlos.

Ante una determinación hasta las últimas consecuencias, incluida la muerte, de parte de quienes los han asumido, en la defensa de lo que consideran su derecho, a la larga al resto de la sociedad solo le quedan dos posibilidades: o exterminar hasta el último de los reclamantes, o aceptar su reclamación, y darle estatus de derecho. Mas el exterminio es siempre muy difícil de aplicar con absoluta y metódica rigurosidad, por relaciones de todo tipo que se conservan entre exterminadores, y exterminados —me viene ahora a la mente el chofer judío de Hitler, o la sobrina hugonote del Cardenal—, y por otra parte el intento de exterminio de un grupo, cuando el mismo está determinado a no ceder, tarde o temprano lleva a la sociedad a solidarizarse, a acercarse a ese grupo, a interesarse por su visión, por sus propuestas, hasta adoptarlas, o al menos tolerarlas.

Así que, en la mayoría de los casos, mientras la reclamación no vaya demasiado contra la realidad, contra las posibilidades materiales de la sociedad, ante la firme decisión del reclamante solo queda aceptar incluir el nuevo derecho entre el conjunto de los ya consensuados por la sociedad en cuestión.

De lo dicho se desprende que suponer a los derechos como algo dado, como concesiones de Dios, o como inmanentes a la naturaleza de las cosas, sobre todo a la naturaleza humana, es en sí una renuncia a los derechos. Porque al hacerlo damos por hecho que siempre tendremos esos derechos, cuando no es así, y solo nuestra constante voluntad de defenderlos nos hace sujetos de derecho. Creer que los derechos proceden de más allá de la voluntad humana de considerarse sujeto de los mismos solo puede conducir, de una u otra manera, al adormecimiento de esa voluntad, y por tanto a la desaparición de los derechos.

Toda sociedad de derechos en la cual sus individuos den en la creencia de que sus derechos no dependen en última instancia de su voluntad constante de defenderlos, hasta las últimas consecuencias, que existen por designio divino o por ley natural, no será una sociedad de derechos por mucho tiempo. Incluso si en esa sociedad hasta el último de sus individuos diera en esa creencia, y ninguno de sus individuos o grupos de individuos tratara de aprovecharse del desgano de la voluntad ajena para extender su poder, su dominio, a costa de los derechos de sus conciudadanos, lo cierto es que otras sociedades vecinas se aprovecharán en algún momento de tal situación para desafiar a la tal sociedad, e incluso intentarán borrarla del mapa. Y en puridad no podrá acusarse a los integrantes de la sociedad agresora por este intento, porque para los miembros de una sociedad en la cual los individuos están dispuestos a defender su derecho hasta las últimas consecuencias, aquellas otras sociedades en que no, los individuos de las mismas no pueden ser percibidos precisamente como humanos. Serán, en el mejor de los casos, algo así como los “cerdos satisfechos” a los que se refería el insatisfecho —y orgulloso de ello— Sócrates, en su conocida dicotomía.

Y es que en resumen los humanos no somos tales porque tengamos derechos, sino porque poseemos capacidad de discernir la necesidad de tener derechos para ser humanos, y voluntad para imponernos alcanzarlos, y luego defenderlos, hasta las últimas consecuencias. Sin todo eso no somos más que rebaño, y los derechos, un inútil balido colectivo.


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