Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Sociedad

La voz del enfermo

¿Ocurrirá en 2006 el milagro de los panes y los peces en Cuba?

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En su Nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche sugiere que el optimismo de la Europa de su tiempo era la manifestación de una sociedad en deterioro. Y mirando atrás, se pregunta el creador de tanta idea inédita si el optimismo del bueno de Epicuro no era la voz de un enfermo.

Cuando el optimismo rompe las vallas de la lógica y se mete en zonas de la fantasía, podría identificarse, en política, con el populismo. Determinadas personalidades lo derraman sin medida y, si se lo propusieran, serían capaces de convertir al Sahara en campo florido. En sociedades donde la libertad se asentó y predomina, esta clase de político suele vivir en la periferia de la razón popular, digamos del voto.

El optimismo exagerado constituye la desproporción de un viejo simulacro, de una conjetura, un prejuicio caro a nuestro mundo de apariencias, para utilizar palabras del escritor o filósofo germano. El criadero del populismo se halla allí donde malhabitan sociedades singularmente enfermas.

A los populistas de hoy interesan poco estas ideas. Y la causa del desinterés deviene cosa seria, pues sus pretensiones aparecen distantes de intentar un acercamiento a la verdad, que debiera ser el objetivo primordial de la política. La democracia se diferencia porque tramita una aproximación a la verdad que le sustrae territorios al populismo.

Por eso, aquélla nos sorprende a menudo con sus avances, ostensibles primero en el rubro económico. Mientras, exactamente en ese rubro, el populismo se fatiga o se hace miserable. Semejante dinámica ya no admite titubeos y su corroboración apenas urge de analistas. Se constata con la certidumbre de la fuerza —obsesión newtoniana— que determina que todo caiga hacia abajo.

Cuba: las vallas rebasadas

En Cuba sufrimos por casi medio siglo a un optimista sin tasa, que se despliega desde una sociedad muy enferma. Fidel Castro, como pocos gobernantes en la historia, generó las condiciones para alzarse hasta lo peor del populismo. Las pruebas abruman y enardecen a mucha gente, y en particular a los espíritus más alertas, a ciertas comarcas de la intelectualidad nacional.

Recientemente, Fidel Castro volcó encima de la lógica uno de sus simulacros más connotados y declaró a voz en cuello que para 2006 "no faltará ni agua, ni alimentos ni nada". Por si fuera poco, a lo anterior le endosó la electricidad, crisis que resolvió mediante una explicación extendida y borrosa. En un país que goce de importantes libertades económicas, como incluso China comunista, la ocurrencia de Castro no debería engendrar grandes suspicacias. Pero si a la ausencia de esta libertad se suma la precariedad estructural de la economía cubana, la frase engendra interrogaciones con ínfulas de Himalaya.


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