Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Organización Mundial de la Salud, Salud, Alimentación

Las cómplices de Raúl Castro

Burócratas internacionales de la salud visitan Cuba e ignoran las realidades

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¿Es posible que expertos de salud visiten Cuba, se reúnan con especialistas de epidemiología, y no se enteren —o no comenten— de epidemias que afectan al país, mientras hablan tonterías sobre alimentación?

Es posible. Si tales personas son ineptas o demasiado desvergonzadas. Y por lo que se sabe, para dirigir entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) se requiere, además de apoyos políticos, un currículum mínimo. Se supone que ineptos no dirijan instituciones como esas.

Las directoras de las mencionadas organizaciones que acaban de visitar Cuba, reunirse con caciques de salud pública, ser recibidas por el dictador, e inaugurar junto a él nuevas sedes de instituciones científicas, no hablaron públicamente del caos epidemiológico por el que atraviesa Cuba, ni de limitaciones cotidianas de los cubanos de a pie para alimentarse, pero pidieron al régimen cerrar el paso a la “comida chatarra” en las reformas económicas que se ejecutan, y hacerlo “en bien de la salud de la población”.

Nobles visitantes. Preocupadas por la salud y alimentación de la población recomiendan prohibir a los cubanos comida chatarra, porque “va a hacer mucho daño a sus niños”. ¿Hará más daño eso que no tomar leche después de los siete años de edad?

Lo que declaran las ilustres señoras es cierto en abstracto: otras sociedades cambiaron su dieta tradicional por una más occidental, “con alta dependencia de alimentos muy procesados, ricos en grasas, azúcar y sal, pero bajos en nutrientes, lo que unido a su larga duración y buen sabor, los hacen casi irresistibles”. Según ellas, “como resultado, la comida chatarra se ha convertido en el principal producto alimenticio a nivel mundial y la demanda de carne ha aumentado, obligando a muchos países a cambiar de forma radical sus prácticas agrícolas tradicionales”. También podrían haber dicho que en todo triángulo rectángulo la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Es cierto, pero eso tampoco resolvería los problemas de alimentación de los cubanos.

Pensábamos que aumentar el consumo de carne en un país y desechar prácticas agrícolas tradicionales era señal de progreso, pero no. De manera que los cubanos deberían regresar al casabe, yuca, malanga, boniato, calabaza, cocos, mameyes, guayabas, marañones, hicacos, jutías, cangrejos, moluscos, iguanas, reptiles, biajacas, jicoteas y mojarras. Con esa dieta de aborígenes muchos cubanos comerían hoy más proteínas que las que les garantiza el “socialismo”.

La diferencia entre un científico y un charlatán, entre otras muchas, es que el científico no expresa conclusiones sin conocer los problemas o sin saber de lo que habla. Ambas visitantes, que presiden instituciones científicas, recomiendan lo que no debería comer la infancia para una alimentación saludable. Al ignorar lo que comen los niños en Cuba —y adultos, personas de la tercera edad, todos los cubanos de a pie— tales recomendaciones son una ridiculez, una desfachatez, o ambas cosas a la vez.

Así, a fin de cuentas esas especialistas proponen, a nombre de la ciencia y el futuro luminoso, que los cubanos sigan atrapados en prácticas agrícolas tradicionales y los niños disfruten las delicias de la dieta aborigen, rechazando la comida chatarra.

Como “comida chatarra” definen los frustrados, los envidiosos antiimperialistas, y las directoras generales de la OMS y la OPS, esa forma de alimentación apetitosa, masiva, económica, higiénica, para consumir rápidamente (fast food) donde se compra o en el camino, y que aunque no sea todo lo sana que podría ser —aunque cada vez se trabaja más en esa dirección— tampoco lo es menos que el “lechón asao” y tostones de la Bodeguita del Medio habanera (para turistas y privilegiados), o el “picadillo de soya”, croquetas de algo, fricandel, claria y ron peleón que consumen los cubanos.

Esa comida que desprecian estas señoras, y muchos compatriotas de a pie nunca han podido probar, tuvo su versión cubana en forma de fritas, croquetas, papas rellenas, perros calientes, minutas, pan con bistec, pan con tortilla y frituras, que se vendían a 5, 10, 15 o 20 centavos en cualquier esquina habanera, hasta las 12 de la noche o más tarde aún, y que existió hasta la “ofensiva revolucionaria” de Fidel Castro en 1968. Hoy el concepto mundial de fast food incluye hamburguesas, pollo empanizado, filete de pescado, queso, beicon, huevos, papas fritas, tacos, pizzas, sándwiches, maíz, arroz, frijoles negros, ensaladas, batidos, pasteles, rosquitas, dulces, refrescos. “Chatarra” toda que encanta comer a niños y mayores en desdichados países que no disfrutan las maravillas del socialismo cubano y no alcanzan elevados coeficientes de no se qué.

¿Tal vez las damas cómplices de Raúl Castro llegaron a sus conclusiones después de desayunar agua con azúcar, almorzar picadillo de cáscaras de plátano, y cenar bistec de frazada de limpiar el piso?

No. En los hoteles o casas de protocolo donde se alojan, y en oficinas refrigeradas donde se reúnen con jerarcas del régimen, ni se come eso ni se pregunta sobre dengue, cólera, aguas albañales, ríos y charcos infestados, condiciones sanitarias de poblaciones del interior del país, agua potable, dificultades de la población para comprar medicamentos, o criaderos de mosquitos, cucarachas y ratas.

Son pequeñeces. Lo importante es no comer comida chatarra.

Aunque la población pase hambre.


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Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y el gobernante cubano Raúl Castro en la inauguración de la nueva sede del Centro Nacional para el Control Estatal de Medicamentos y Dispositivos Médicos (CECMED) y el Centro Nacional Coordinador de Ensayos Clínicos (CENCEC).