Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Ómnibus, Transporte, Cambios

Las guaguas sucias

La periodista de Granma considera como una indisciplina inaceptable que la gente haga lo que hace en cualquier otro lugar del mundo cuando viaja en un bus por muchas horas

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Desde que vivo fuera de Cuba puedo hacer algo que no podía hacer en Cuba: leer el Granma. Y lo hago diariamente y con cuidado pues el Granma, aunque terriblemente aburrido, es parte de una realidad nacional que cambia, trabajosamente, pero cambia. Y por ello en los últimos tiempos es posible encontrar artículos curiosos, no porque sea la voluntad del periódico intrigar a sus lectores, pues el Granma sigue aspirando a ser un periódico de ideas firmes. Sino porque sus periodistas están obligados a escribir piezas condimentadas con las consignas del momento, la crítica light pero de alguna forma relevante y finalmente alguna pericia profesional. Y todo esa confabulación de propósitos diversos da lugar a piezas que arrancan dudas y sonrisas.

Hace unos días encontré un artículo dedicado a los viajes interprovinciales y sus incidentes, y cuyo hilo argumental era nada más y nada menos que la monstruosidad perpetrada por un pasajero que, en un viaje desde Las Tunas, vomitó en el bolsillo posterior del asiento delantero. Los choferes andaban acongojados con el descubrimiento, que hicieron el día después del hecho terrorista, y a puro olfato, lo que ciertamente indica que el ómnibus no fue limpiado adecuadamente tras doce horas de camino y una noche de estancia. Y que los bolsos de los asientos donde los pasajeros comunes —que no vomitan— siempre dejan papeles y otros desechos, no fueron vaciados.

Debido a que el país se encuentra en una campaña por el rescate de aquello que el General/Presidente considera los tradicionales buenos modales de los cubanos, la periodista creyó oportuno empujar en esta dirección. Y, fast and furious, cargó contra los pasajeros desaprensivos que no saben comportarse en un ómnibus interprovincial. Donde, de paso menciono, que está prohibido ingerir alimentos durante las muchas horas de viaje, a pesar de que los buses paran en lugares donde no hay comida, y cuando la hay, no hay dinero. "Muchas veces —escribe la periodista citando a un chofer— dejan restos de bocaditos en el piso, migajas de pan, estuches plásticos, latas vacías, manchas de grasa o de líquidos en los asientos y hasta hay quienes se limpian las manos con las cortinas o con la tela destinada para apoyar la cabeza durante el viaje”.

Es decir, que la periodista considera como una indisciplina inaceptable que la gente haga lo que hace en cualquier otro lugar del mundo cuando viaja en un bus por muchas horas: come, deja virutas de pan y restos de comida en el piso, desecha latas y botellas y se limpia las manos con lo que tenga cerca si no hay servilletas. Y como eso lo saben todas las compañías de transportación de pasajeros, los vehículos se limpian tras cada viaje, se usan sustancias desinfectantes y ambientadoras y se desechan los restos de la actividad humana, con algún vómito eventual incluido. Y cada algún tiempo, se cambian los forros y se lavan. Todo lo cual parece que no se hace en Cuba.

Sin embargo, la periodista no pareció particularmente afectada por lo que sí son irregularidades mayores, que menciona de paso al comenzar su curioso artículo. La cito: “…turbios procedimientos para poder adquirir pasajes (sobre todo por lista de espera, en la capital del país), no declaración de capacidades reales por parte de conductores en terminales, cobro de pasaje sin entrega de boletín, paradas innecesarias, almuerzos y comidas en establecimientos no estatales con precios que no están al alcance de todos los pasajeros”. Ante todo lo cual el vómito del pasajero es solo un chiste pesado.

Es una pena que la periodista —con seguridad una persona capacitada e inteligente— no haya podido ofrecernos un análisis más completo de lo que es un tema muy complejo. Todo el mundo sabe que el sistema de transporte interprovincial insular ha sido una actividad deficiente y muy corrupta. Y que su insuficiencia crónica ha producido un tipo de cubano medio que no conoce la Isla más allá de su entorno inmediato y de algún viaje ocasional. Hoy la isla de Cuba es una suerte de agregaciones feudales habitado por seres severamente territorializados.

En los tiempos del “socialismo real” un viaje interprovincial en fechas calientes implicaba someterse a unas extenuantes listas de espera que solo satisfacían los más perseverantes, o evitaban los que, socio en mano, podían pagar. Cuando apareció el mercado, los precios eran tales que había que trabajar muchos días, o desviar la ayuda de Miami, para poder viajar. Hoy por ejemplo, un viaje a Santiago en la opción más barata —y también más incómoda— cuesta casi un salario mínimo.

Caro, muy caro, pero si al menos limpiaran…


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