Actualizado: 21/11/2018 18:34
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Venezuela, Oposición, Disidencia

Las neodictaduras y por qué fracasaron los opositores

De nada sirve el heroísmo si las cosas continúan como antes o peor

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El pecado original de la oposición, ya sea contra regímenes totalitarios o contra los autoritarismos del llamado “socialismo del siglo XXI” en América Latina, es creer que pueden triunfar con las mismas estrategias empleadas para poner fin a las dictaduras tradicionales. Se trata, ahora, de realidades muy diferentes, de regímenes que se imponen, generalmente, mediante elecciones libres o de revoluciones populares con la legitimación de pretender cambios para corregir anteriores males o arbitrariedades, pero que luego, desde el poder, imponen reformas institucionales que le permitan, bajo un nuevo orden, perpetuarse en el poder. Todos los movimientos armados contra estas dictaduras de nuevo tipo, han sido aplastados, incluso las luchas de masa que de una u otra forma han hecho uso de la violencia, tras lo cual se generan éxodos masivos que debilitan a la oposición interna al mismo tiempo que crean conflictos en el resto del continente. Tanto en 2014 como en 2017, decenas de miles de opositores venezolanos se lanzaron a las calles diariamente durante largos períodos contra la dictadura de Maduro con una pérdida total de más de ciento cincuenta vidas. Lo mismo hicieron los nicaragüenses en las calles durante varios meses en el presente año contra el orteguismo y ya han sobrepasado los cuatrocientos muertos.

De nada sirve el heroísmo si las cosas continúan como antes o peor. Ese pecado original de los opositores venezolanos y nicaragüenses, incluso cubanos, tiene como causa el no haber analizado por qué fracasaron anteriores intentos en unos países y por qué en otros triunfaron. La causa de estas derrotas es el desconocer dos principios estratégicos imprescindibles para el triunfo: el principio de la no violencia y el de concordia o de puertas abiertas.

El arma de la no violencia

Lo ideal sería que ni héroes ni mártires fuesen necesarios, pero si lo fuesen, no habría mayor heroísmo que el de quienes se enfrentan a los represores a cara descubierta, desarmados y sin violencia alguna, pero con un nuevo tipo de arma mucho más poderosa: la no violencia. La frase, “el arma de la no violencia”, es de Mahatma Gandhi, porque con la verdad (satyagraja) y con la no violencia (ahimsa), Gandhi pudo derrotar al colonialismo inglés, el más poderoso imperio hasta entonces.

La clave está en que estos regímenes se preparan concienzudamente para derrotar toda oposición violenta, por lo que el uso de fuerza por parte de la oposición significa librar batalla en un campo que el adversario conoce muy bien y que magistralmente sabe utilizar la violencia del adversario a su favor, convirtiendo a la víctima en victimario, y presentar ante el mundo que son los opositores quienes inician las agresiones, lo cual, si bien no convence a la opinión pública internacional, la confunde y la desarma. El dictador Maduro presentaba ante ella imágenes de jóvenes enmascarados lanzando cocteles Molotov contra las supuestas fuerzas del orden público. Un hombre enmascarado nada tiene que hacer en una manifestación pacífica.

Tan útiles son para estos dictadores los actos violentos de sus adversarios, que si no hubiese agresiones de la oposición, ellos mismos las inventarían, por lo cual es preciso estar con los ojos bien abiertos para evitar cualquier provocación. Algunas de las incursiones armadas de cubanos anticastristas desde el exterior, fueron financiadas por el propio régimen castrista. No han faltado antiguos agentes encubiertos confesando que cuando se necesitaba dinero para alguna expedición contra el régimen, ellos mismos aportaban recursos que procedían de La Habana. Cuando Gandhi inició su famosa marcha hacia la costa como acto de desobediencia civil contra la prohibición inglesa de recoger sal, seleccionó entre sus seguidores a aquellos que mantenían con mayor firmeza su orientación de no violencia, pero como por el camino fue uniéndosele mucha gente, ya que la marcha era seguida por la prensa del mundo entero, Gandhi se detuvo poco antes de llegar al mar y estuvo un día completo dedicado a la prédica pacífica, a la oración y a la meditación. Luego, llegaron a la costa y comenzaron a recoger sal, algo que toda la población imitó sin que las autoridades pudieran hacer cosa alguna para evitarlo. Cierto que estaban protegidos por la opinión pública internacional, pero si un solo acto de violencia hubiera surgido entre los seguidores de Gandhi, los ingleses hubieran intervenido y la marcha habría fracasado.

Ninguna dictadura comunista o de autoritarismo centralizado comúnmente conocidas como populista, ha caído por medios violentos. En Cuba, todos los intentos armados fracasaron estrepitosamente, pero el movimiento disidente pacífico nunca pudo ser aniquilado. Ese movimiento había tenido, como célula matriz, un pequeño grupo de derechos humanos fundado por prisioneros políticos casi desnudos y a merced de la saña de los opresores. Esto explica que el principio de lucha no violenta distinguiera a todo el movimiento que luego se desarrollaría y se extendería por todo el país. El régimen, aunque armado hasta los dientes, nunca pudo exterminarlo, y si esos disidentes no derrotaron a la dictadura, fue por errores estratégicos que nada tienen que ver con su carácter pacífico: adoptar una retórica infundida desde el exterior que los distanció del resto de la población, algo que veremos más adelante.

Ninguno de los regímenes comunistas de Europa, sin excepción, se derrumbó por vías violentas, ni siquiera Rumania, porque la ejecución del dictador fue obra de un segmento del partido gobernante contra su cúpula para evitar que el poder se les fuera de las manos tras la protesta popular de Timisoara, por lo que el llamado Frente de Salvación Nacional recién creado, copado por militantes comunistas, elige como líder a un viejo dirigente de ese partido, retrasa las reformas y reprime a todos los que reclaman una verdadera transición. Así, el golpe palaciego intestino, disfrazado de revolución, continuó manteniendo la dictadura por cierto período, hasta 1996, cuando realmente las movilizaciones de obreros y estudiantes lograron derrotar electoralmente al último gobernante comunista, Ion Illiescu.

No hay rusos en la frontera

La idea de que los regímenes del campo socialista de Europa se derrumbaron desde arriba y por presiones de Gorvachev, es errónea. Ninguna dictadura se rinde porque una potencia extranjera se lo pida. Si así hubiera sido, la dictadura albana también se hubiera derrumbado entonces, cosa que no sucedió hasta tres años después. Casi todos esos países ya estaban preparados para el cambio desde mucho antes, pero no daban el paso decisivo por temor a una intervención militar.

En 1956, en Hungría, la dictadura comunista se derrumbó con decenas de miles de estudiantes marchando hacia el Parlamento. La violencia fue ejercida por la Seguridad del Estado que disparó contra la multitud y que fue respondida por algunos soldados que de inmediato se sumaron a los estudiantes. Los manifestantes, sin una experiencia precedente aleccionadora sobre las posibles consecuencias, tomaron el poder y comenzaron a crear lo que podría haber sido el modelo más ejemplar de sistema democrático, la Republica de los Consejos, por lo que las tropas rusas cruzaron la frontera y perpetraron una de las mayores masacres de la historia.

En Checoslovaquia, el movimiento de oposición que presionaron los primeros cambios en 1968 hacia lo que se llamó Primavera de Praga y el establecimiento de un “socialismo con rostro humano”, fue iniciado por un grupo de intelectuales de la Unión de Escritores Checoslovacos que se oponían a la censura del Partido Comunista y que provocó la sustitución del Secretario General del Partido Comunista por un dirigente más liberal, Alexander Dubcek. Las reformas dieron lugar a la invasión de doscientos mil soldados del Pacto de Varsovia.

Pero el caso polaco es el mejor ejemplo. En 1981 el Sindicato Solidaridad se impuso al Partido Comunista con millones de sindicalistas en las calles, sin disparar un tiro, sin cocteles Molotov, ni pedradas, sólo con la presencia imponente de una inmensa multitud. Pudieron tomar el poder, pero no lo hicieron porque las tropas rusas estaban en la frontera y no querían repetir en Polonia lo de Hungría y Checoslovaquia. Por la misma razón, el General Jaruzelski da el golpe y arresta a los principales líderes disidentes. Antes de dar ese paso llamó al Cardenal Iosef Glemp: “O lo hacemos nosotros o lo harán los rusos”. Y tuvieron que esperar hasta 1989, cuando Gorvachev declare el fin de la política intervencionista conocida como “doctrina Brezhnev”, para que el General se sentara a dialogar con los disidentes sobre cómo realizar la transición hacia la democracia.

Los cubanos, a pesar de todas las barreras, cuentan hoy con una ventaja que no tuvieron los países de Europa del Este durante la era comunista: no tienen rusos en la frontera que pudieran malograr la voluntad del pueblo. Más bien es al revés. Es su gobierno quien cuenta con fuerzas militares en otros países apuntalando a las neodictaduras tambaleantes. Así, estos regímenes dictatoriales de nuevo cuño en Venezuela y Nicaragua, con ese respaldo armado procedente del exterior y las equivocadas estrategias de los opositores desde dentro, han podido sostenerse. Puede decirse, también, que en Cuba esas fuerzas pueden suplir la ausencia de rusos en la frontera, porque ya están en los propios cuarteles cubanos, pero recuérdese que esos mismos soldados son también parte de ese pueblo que, con una toma de conciencia y una voluntad de cambio generalizado, podría arrastrarlos o al menos neutralizarlos.

El principio de concordia

Este último principio es muy difícil de adoptar por parte de nuestros pueblos, donde las posiciones intransigentes gozan de gran arraigo. Consiste en atraer a las bases sociales sobre las que se sostienen esos regímenes. Los opositores venezolanos deben hacer una distinción entre maduristas y chavistas; y los nicaragüenses, entre orteguistas y sandinistas. Ni el sandinismo, ni el chavismo, como tampoco la Revolución Cubana, nacieron sin una determinada causa sociopolítica. En ninguno de estos casos se trató de la maquinación o malevolencia de un hombre o un grupo de hombres. El sandinismo no hubiera sido posible sin Somosa, y muy pocos, en 1953, habrían estado dispuestos a seguir a Fidel Castro a asaltar un cuartel si no se hubiera producido el golpe de estado un año antes, lo cual no quiere decir que además de las dictaduras no hubiera habido serios problemas sociales. En Venezuela no había dictadura alguna cuando Chávez ascendió a la presidencia, pero en ese país, que era uno de los más ricos del mundo, gran parte de la población vivía en la miseria mientras que dos partidos políticos se turnaban en el poder con gran indiferencia.

El error de la oposición venezolana no fue sólo el no mantener con firmeza el principio de no violencia en las manifestaciones sino, además, el no haber sabido ganarse ese sector social de apoyo a la dictadura. Lo que le faltó fue librarse de prejuicios y tratar de entender por qué muchas personas, entre los más humildes, continuaban defendiendo a ese régimen.

Y en esto estriba el segundo principio: mantener una política de puertas abiertas a los supuestos adversarios que pudieran convertirse en futuros aliados. Si en el principio de no violencia debe suspenderse la agresión física, en el de concordia debe suspenderse la agresión verbal, y por el contrario, tratar a los adversarios con respeto y no responder al insulto con el insulto, lo cual puede significar, en algunos de ellos, el primer paso para cruzar el puente que los lleve, de la discordia a la concordia. Aquí se aplica el famoso dicho: “Lo cortés no quita lo valiente”. El mártir disidente cubano, Oswaldo Payá, respondía así a quienes eran enviados para hostigarle: “Hermano, yo no te odio, pero no te tengo miedo”. Los opositores venezolanos debieron visitar los barrios pobres donde habitaban muchos de los que apoyaban a la dictadura, no para convencerles con argumentos, sino con actos, ofreciéndoles apoyo con palabras amables, incluso, si fuese posible, ofrecerles ayuda alimenticia y medicinal.

Por otra parte, teniendo en cuenta las defecciones de muchos chavistas en las filas de la dictadura, se debió hacer una distinción y evitar en el discurso las críticas al chavismo en general, y concentrarlas contra el madurismo, esto es, evitar todo aquello que nos separa y hacer hincapié en lo que pudiera unirnos.

En Nicaragua se ha dado casos de que algún militar ha renunciado a continuar en las filas de los opresores porque alguno de los manifestantes asesinados era un familiar cercano. Pues lo mismo podría pasar a la inversa, ya que también ha habido represores heridos o muertos en estas jornadas. Por otra parte, en manifestaciones donde no hay un orden, donde cualquier cosa puede ocurrir, donde hay violencia de ambas partes —por muy desigual que sea—, mucha gente opuesta a la dictadura desistirá de participar, cuando lo que se habría preferido es la presencia de la mayoría aplastante de los ciudadanos.

Este principio fue algo que faltó también en el caso cubano. Si algunos grupos disidentes adoptan la retórica infundida por organizaciones del exterior de apoyar el recrudecimiento del embargo de Estados Unidos sobre Cuba, oponerse a los viajes a la Isla y hasta solicitar el corte de las remesas que cubanos exiliados envían a sus familiares en Cuba, todo con el propósito de debilitar económicamente al régimen de La Habana, esto tendrá como resultado que gran parte de la población, ya afectada por las limitaciones de la política gubernamental, le dé la espalda a esos grupos por querer empeorar su calamitosa situación, y aunque las demandas de estos grupos sean ampliamente publicitadas en el exterior, dentro quedarán aislados en la marginalidad, sin influencia alguna en la sociedad.

Por el contrario, se debe partir del principio opuesto: en vez de pretender debilitar al régimen, intentar fortalecer a la sociedad civil, sin importar si ese fortalecimiento proporciona alguna ventaja a ese régimen; en vez de pedir a la población a que se les una, unirse a ella, tratando de apoyar sus actividades independientes, ya sean económicas, culturales, religiosas, etc, así como en sus demandas al Estado en sus protestas cuando se produzca alguna arbitrariedad. Esto aumentaría la influencia de los opositores sobre la población cuando se requiera una movilización popular de protesta masiva.

Al famoso pensamiento de Martí de que valen más las trincheras de ideas que las de piedra, yo lo enfatizaría así: nada de piedras. Sal del artrincheramiento y habla con el soldado y dile que no le odias, con la ama de casa y con el vecino que te vigila y estréchales las manos, y diles que entre todos podemos reconstruir el hogar común donde podemos convivir en paz y hermandad, y para la prosperidad de todos.


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