Actualizado: 20/10/2017 18:43
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La denuncia de hoy, Remesas, Exilio

Las remesas y las zánganas y zánganos patrios

Las remesas caen del aire para el régimen, sin ensuciarse las manos, sin sudar neuronas, sin tener que exportar médicos, deportistas y asesores

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Según un informe de The Havana Consulting Group, las remesas enviadas a Cuba en 2013 por los exiliados y cubanoestadounidenses superarían en un 6,53 % la cifra del año anterior, que fue de 2.605 millones de dólares y era ya era una cantidad inmensa (supongo que en estas cuentas no está incluidos los billetes que van en los bolsillos de los emigrantes que visitan la Isla). Este monto supera por mucho, por ejemplo, a la dádiva bolivariana a la Isla en lo que se refiere al petróleo; así como los ingresos por el turismo o la exportación del azúcar de caña o la industria del níquel, según el estudio citado.

Y caen del aire para el régimen: sin ensuciarse las manos, sin sudar neuronas, sin tener que exportar médicos, deportistas o asesores de todo tipo —quienes al fin y al cabo aceptan abandonar sus casas, sus familias, sus valores íntimos, aguijoneados por la miseria—, llega a las arcas del castrismo esta cantidad enorme de dinero.

Dinero neto. Limpio. Producto del chantaje: los cubanos residentes en el extranjero, se sienten en el deber de ayudar a sus familiares y amigos que, en su tierra, transitan por la miseria, sin esperanzas.

Dinero neto, limpio que, si acaso da unas vueltas dentro de Cuba, inexorablemente va a parar a las tiendas de divisa, todas estatales y con precios sobredimensionados, luego de sufrir un descuento revolucionario cuando, obligatoriamente, el dólar o la divisa que fuere ha debido ser canjeada por la única moneda establecida por el régimen para comprar en aquellas tiendas, el CUC (peso cubano convertible). Es decir, un doble golpe.

Según lo que he averiguado al respecto, nunca antes gobierno alguno ha vivido de las limosnas de otros países, combinadas con las estafas a sus ciudadanos —por cargas impositivas tan parecidas a la acción de los bandidos en descampado— como el de la Cuba actual.

Sobre las remesas, un “compañero bolivariano” me argumentaba hace poco que las enviadas a El Salvador o México por sus emigrantes, en proporción, superaban a las que llegan a la Isla. La diferencia, le respondí al bolivariano, es que en ninguno de estos dos países, hace 55 años, se gestó una “revolución de los humildes y para los humildes” con “un porvenir luminoso para todos” en un máximo de 15 años, que tanto costara en vidas, esfuerzos y pesares para, al final, más de medio siglo después, arribar a una de las sociedades más injustas de América Latina; donde, pongamos por caso, tantas veces la distancia entre comer o no comer no depende de tu trabajo, sino de un buen samaritano, compatriota o no, que te envié dinero desde el extranjero.

Y ya vemos que hacia Cuba, a diferencia de los dos países citados, no solo aumentan las remesas, sino también el número de emigrantes remitentes. Según una encuesta realizada en Estados Unidos e incluida en el estudio antes referido, 62,8 % de los emigrados y cubanoestadounidenses envían dinero a residentes en Cuba.

O sea, no solo aumenta la cantidad de dinero enviado, sino además los remitentes. Y esto, todo parece indicar, seguirá subiendo.

Esta situación resulta positiva para el régimen parasitario establecido en Cuba, pero es muy negativa para aquella sociedad: continúa creciendo la zanganería en una población en notable medida marcada por el relajo nacional, la doble moral, el robo “oficializado”, el oportunismo y en fin la pérdida de los principales valores humanos ... el sálvese el que pueda.

Es decir, la zona zángana —no esos padres, madres o hermanos de alguna manera imposibilitados y por tanto necesitados de ayuda—, aumenta; un vacilón: primos y primas lejanos, sobrinos apenas existentes, cuñados que hasta hace poco eran ficción, un gran amigo de un concuño, etcétera... toman el escenario, representan sus obras y solicitan su salvación a los emigrados, que, en muchos casos, antes, eran para los solicitantes “gusanos”, “vendepatrias”, “traidores” y todo lo demás.

Pero ahí no se detiene la ofensiva de zánganos y zánganas. No solo requieren moneda: también “cosas”. Con el dinero que reciben no pueden adquirir en las tiendas del gobierno, por ejemplo, esmalte para uñas, el vestido para la graduación o para la fiesta de Los Quince, la corbata para la foto de boda, crema de última generación para cara, cuerpo y párpados, champú “del bueno”, condones saboreados, las velitas para el “kake”, la máquina de afeitar Gillette y los cartuchos correspondientes, recargas para el celular, discos compactos con lo último del cantante fulano, un portarretrato digital. Un vacilón.

Y miren, sube la zanganería la parada en cuanto “cosas”: en un mensaje reciente, mi amigo y compatriota Chiqui Téllez, domiciliado en California, me dice que recibió una petición de un zángano de cuarta o quinta línea sanguínea: una piscina portátil, “como esas que tiene la gente en Miami”.

Fue Chiqui quien me hizo llegar algunas observaciones que creo muy interesantes: ¿Y por qué llenaron las plazas el pasado 1° de mayo? ¿Por qué no les dijeron a los promotores de las concentraciones que tienen hambre o que las proteínas que consumirían durante el desfile las tuvieron que guapear con un exiliado, de modo que no era justo asistir?

Y quizás, quizás, sea justa la resolución que el Chiqui Téllez me hace saber al final de su mensaje electrónico: “De ahora en lo de adelante, mi socio, solo mandaré una medicina al que la necesite. Pues esta gente parece que no sabe que el dinero ganado en el exilio tiene mucho esfuerzo, lágrimas, tristezas”.

Ya ven. Así van las cosas.


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