Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Laura Pollán

Laura

Sin comparaciones indebidas, me inquieta sobremanera la identidad entre la flor, la política, la poesía y la muerte en Cuba

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Después de la lágrima intensa, el perdón. Si puede existir perdón sin arrepentimiento, unos la lloramos para que ella, en anticipación postmortem, perdone. Ese perdón pre cristiano que sabe colocarse por encima de la culpa irreconocida del victimario para enviarnos ese mensaje posible de civilización profunda que nos dice: aquí, esparcida en un campo florido como quise, yace la vida. Por eso, si Laura ha muerto, yo solo puedo interpretar la suya como una muerte poética.

La de Orlando Zapata Tamayo, a quien se empeñan en calificar como un delincuente —una especie de lavado retrospectivo de la historia cubana, que niega muchas biografías políticas nacidas en las miasmas rurales y pistoleras de la Isla— fue una muerte más dramática que poética. En el minuto 61 la arrogancia del poder entendió que la autoflagelación definitiva de un cuerpo controversial, simple, negro y obrero, reinauguraba el martirologio destinado hasta entonces al campo simbólico de los vencedores. Pero la arrogancia llega tarde a la historia, que solo tiene 60 minutos. Como siempre.

La de Wilfredo Soto García (el Estudiante) fue una muerte necia. Limpiar las calles de “gusanos” pacíficos a puro bastonazo trae, en el siglo XXI, consecuencias políticas negativamente sorpresivas para quienes intentan comparar y medir la condición humana con la de los metazoos.

La de Laura tiene que ver, empero, con los registros de la poesía. Cuando una maestra, un gladiolo y una sonrisa sirven de fundamento a la acción cívica todo es atravesado por la sintaxis, los ritmos interiores y las desgarraduras de unas vidas simbolizadas en acto. El desfile dominical que aburre anticipadamente a los cazadores de lo inédito es la poesía totalizadora de la protesta humana ante la injusticia. Una poesía de la decencia interrumpida, y confirmada, por el pulso desigual con lo grotesco y lo prosaico.

Sin comparaciones indebidas, me inquieta sobremanera la identidad entre la flor, la política, la poesía y la muerte en Cuba. Es como si las realidades absurdamente dramáticas de nuestra existencia histórica necesitaran sublimarse y reafirmarse, a través de lo más bello que hay en la naturaleza después de la mujer —la flor— y de lo más alto de la realización humana —la poesía—, frente al eterno retorno de los conceptos y las prácticas medievales del poder.

Esto, que puede parecer un progreso estético, es, sin embargo, un encantamiento del mundo que limita el ascenso político de las sociedades en una dirección verdaderamente moderna.

Pero aquí empiezan las paradojas cubanas. Han sido los hombres y mujeres que se ponen a la altura de la naturaleza y de la poesía los que se colocan como brokers de la política posible en Cuba: esa que nace del humanismo de los humanistas. Aclaración que hago en tanto todos hemos sufrido, Laura la primera, las consecuencias de los humanismos sin humanistas; como es lógico en todas las revoluciones.

Si a una escala icónica José Martí prepara el camino de la política cubana siendo fundamentalmente un poeta; Laura Pollán, a una escala humanamente conmensurable, reabre las opciones de la política en Cuba siendo esencialmente una maestra. Y una madre, una esposa y una abuela. Desde aquí se puede escribir un texto sobre la apertura de la política hecha por quienes se resisten a ella, pero a quienes les resulta imposible darle la espalda a lo humano, lo auténticamente humano, para abrazar sin remedios el lugar que damos a la diferencia en nuestros propios proyectos de vida, que de eso trata la política. Lo que podría entenderse como la rebelión poética de eso auténticamente humano contra la crueldad en el ejercicio del poder. Esto último típico, aunque no exclusivamente cubano.

Ambas aperturas de lo político fueron, no obstante, escamoteadas. Desafortunadamente. En el caso de Martí se sabe bastante. En el de Laura, no se ha dicho lo suficiente.

Su poesía se revela aquí. En ese acto de mantener los límites incautables, y en ese silencio que se niega a decir, claro y alto, que ella, junto a las Damas de Blanco, protagonizó ese momento de inflexión en el que el poder, por primera vez en más de medio siglo, se encontraba ante el dilema de abrir el juego político hacia dentro en cualquiera de las variantes posibles para empezar a abandonar, sabemos que a regañadientes, el esquema de dominación, distinto al esquema de lo político, impuesto desde 1959.

Entonces llegó una inmensa operación de rescate montada sobre precipitadas ambiciones de prestigio y sobre la impericia política de actores sin sentido estratégico, ni percepción clara de la naturaleza de lo que estaba en debate detrás del dilema de los presos de conciencia.

Las demandas por su liberación eran ante todo políticas, solo a continuación humanitarias. Pero aquella operación las convirtió en un asunto principalmente humanitario, quitándoles toda su connotación política. Así, un gesto humanitario se torna más tarde en un retroceso de los derechos humanos que acaba de llevarse por delante a Laura; precisamente una de las principales hacedoras de ese momento altamente político en el que el gobierno se encontraba, desmoralizado y sin imaginación a la vista, frente a sus propios martirizados.

Laura, la tercera víctima de una guerra civil de intensidad variable, abre la posibilidad del espacio público para todos los cubanos, que otros intereses constriñen al probable espacio privado, entre confesional y de intereses, de algunos cubanos y muchos extranjeros. Como poetisa en acto es todavía generosa con quienes la están sacrificando, no vicariamente, tras el reencuentro público entre la espada (el castrismo) y la cruz (la iglesia) 500 años después.

Y si un acto de repudio a Laura —compendio y síntesis de las Damas de Blanco— fue la condición que hizo posible este reencuentro, el mismo acto de repudio corregido prepara su cuerpo para una muerte hemorrágica. Principio y fin de la política pobre y sin carácter, como amarga ironía en una nación en la que las elites han decidido suspender la moral.

Su último acto de humanismo es para Laura un grito impolítico de desesperación, que actualiza la visión política de lo humano en Aristóteles: convertirse en una “llamita” de la rebelión social. Quizá un suicidio poético anticipado que la misma perversión de aquella política pobre hace realidad, consumiendo su cuerpo y salvando su poesía natural y sin texto.

Después de una lágrima discreta, a mi solo me queda respetar.


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