Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Sociedad

Les gusta pero les asusta

El régimen se hace el sueco ante el incremento de visitas provenientes del Norte.

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El notición en Versalles, un barrio del municipio habanero de La Lisa, es que la gente de a pie ha logrado ver de cerca el bacalao y el tasajo. Muchos, por vez primera en sus vidas; otros, en reencuentro paladeado en sueños durante decenios.

Desde varias cuadras a la redonda han venido a darle ojos y nariz al precioso regalo que un paisano le trajo de Miami a su familia. Nadie sabe a derechas si en la aduana están permitiendo ya la entrada de tales productos con alto peligro de contaminación ideológica, o si el visitante se las ingenió para infiltrarlo.

Tampoco el dato exacto sería relevante para el caso. Lo que importa es la existencia real del bacalao y el tasajo. También el hecho de que ahora mismo estén allí, en cuerpo presente, un tanto más al alcance de los vecinos de La Lisa.

No son pocos los que arrugan el ceño incrédulamente cuando los ancianos cuentan que el tasajo fue siempre comida de los pobres en Cuba, ni los que sonríen, entre asombrados y compasivos, ante el comentario de que sus mejores pencas son elaboradas con carne de caballo. Muchos menos —por no decir ninguno entre los presentes— son los que aceptan sin dudar la aseveración de un negro viejo, quien da fe de que el tasajo era uno de los platos cotidianos con que los mezquinos hacendados del siglo XIX alimentaban a sus esclavos.

Pero consta en la historia. Entre otros documentos básicos, el libro El barracón y otros ensayos, de Juan Pérez de la Riva (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, páginas 36-37), refiere: "La ración mínima diaria definida por el artículo 6 del Reglamento de Esclavos de 1842, era de 'seis u ocho plátanos o su equivalente en boniatos, ñame, yucas u otras raíces alimenticias, ocho onzas de carne o bacalao (tasajo) y cuatro onzas de arroz y de otra menestra o harina'".

Parece que en aquellos tiempos no pasaban ciclones por la Isla, ya que en el actual "reglamento para la dieta de los esclavos" no alinean plátanos ni yucas ni ñames ni boniatos, dicen que por culpa de los ciclones. Pero volvamos a la sustancia.

La corporeidad en La Lisa de los fantasmales tasajo y bacalao podría sobrepasar la mera anécdota, para convertirse en otra de las señales que hoy nos ayudan a interpretar las reservas con que el régimen está asumiendo el disparado incremento de visitas por parte de nuestros paisanos residentes en la Florida.

Incluso adelanta un pálido reflejo de lo movido que se les pondría el mambo si finalmente el Senado y la Cámara de Representantes deciden abolir las restricciones que impiden el libre arribo a nuestras costas de turistas estadounidenses.

Y no es que a nuestros mandamases les tome por sorpresa el bacalao y el tasajo, que nunca dejaron de ser presencias comunes en sus platos. Como tampoco constituyen asunto de intriga para los funcionarios del turismo, para los generales, o para los filósofos de exportación, los cuales nutren hoy su "batalla de ideas" mediante las muy hondas fuentes de El Rancho Palco y de otros restaurantes de élites, con manjares cuyos precios sobrepasan el salario promedio de cualquier obrero. La sustancia no está en el bacalao y el tasajo, sino en lo que le cuelga.

No por gusto juegan a hacerse los suecos ante el notable incremento en las visitas de los nuestros que viven al otro lado, y todavía más ante la expectativa del flujo en burujón de los turistas estadounidenses; una buena nueva que algunos suponen mala para ellos, y ante la que ellos mismos desmayan la opinión. No porque no sepan qué decir, sino porque obviamente obedecen órdenes de hablar poco, no sea que se les vaya y reconozcan que les gusta pero les asusta.


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