Actualizado: 22/10/2018 10:05
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Ley de Nietos, Emigración, España

Ley de Nietos cubanos

¿Qué pasaría si bajo la nueva Constitución se aprueba una suerte de Ley de Nietos cubanos?

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I

El presidente cubano Miguel Diaz-Canel, elegido, seleccionado, o como quiera llamársele, quedó muy impresionado durante su visita a la Universidad de Columbia, Nueva York. Al parecer, llamó su atención el laboratorio de Ingeniería Mecánica, dirigido por el doctor Sunil K. Agrawal, ingeniero biomecánico especializado en rehabilitación robótica. Ingeniero el propio Miguel, debió recordar no sin nostalgia los días en que fue un buen alumno en la Universidad de Santa Clara, y lo llevaron del promisorio campo de la ciencia al resbaladizo terreno de la política.

De otra manera sería difícil explicar cómo las emociones pueden confundir las cosas. El cubano dijo, según la prensa oficial, que la robótica podría darles a las personas envejecidas una mayor calidad de vida. No es falso. Pero es un comentario improcedente: a la posibilidad de que “los ciegos vean y los cojos caminen” expuestas por el Dr. Agrawal, nuestro estrenado líder antepuso el envejecimiento poblacional, como si en un futuro no muy lejano, los robots cubanos pudieran hacer la cola de la bodega, limpiar los escombros y la basura que se tragan las ciudades, cargar por las escaleras desvencijadas el agua de las pipas, apuntalar los edificios en peligro de derrumbe, y ensamblar bicicletas y carretones de caballos para mejorar el transporte público.

El ingeniero de origen indio pudo no haber entendido el mensaje del colega caribeño: el problema del envejecimiento en la Isla se aliviaría con robots y la informatización de la sociedad. Es curiosa la escena al mejor estilo Woody Allen; la Universidad de Columbia —lugar entre 10 y 14, según el ranking mundial— tratando de hacer prótesis inteligentes, para que jóvenes discapacitados se incorporen a la vida estudiantil y laboral, y el cubiche hablando de un país futuro, sostenido por androides, que envejece en medio de la escasez y la improductividad.

II

La preocupación de Miguel es válida. Es más: urgente. Hace por lo menos tres décadas los especialistas están advirtiendo el peligro de una pirámide poblacional invertida. No hay reemplazo femenino. Se calcula que, en menos de veinte años, entre el 20 y el 22 % de la población cubana estará en lo que llaman tercera edad. No habrá quien trabaje: mueren, se van de la Isla, o no nacen más cubanos que los que quedan laborando. Si a eso sumamos las jubilaciones a temprana edad, y la baja productividad del trabajo, el inconsciente del presidente de Cuba —él mismo pegado a los sesenta años—, creyó hallar la solución al vuelo; ya la tengo: los robots cubanos harán el trabajo.

¿Cómo resuelven los países racionales este dilema? Solo hay dos vías para darle solución: aumentando la población dentro del país y evitando su salida al exterior, o flexibilizando la inmigración, y acogiendo extranjeros con visas de trabajo temporal y residencia permanente.

En el primer caso, estimular la natalidad y evitar el éxodo, lleva de manera indefectible el desarrollo social y económico. Se tienen hijos cuando existen condiciones apropiadas: protección de la maternidad y del embarazo, estabilidad laboral, seguridad médica. También crece la natalidad por lo inverso: cuando es el Estado o la indolencia quienes hacen parir. Paradójicamente, la disminución de la natalidad en Cuba obedece, además, a factores casi únicos en el contexto latinoamericano: en las mesas ginecológicas ha fenecido durante sesenta años dos o tres veces la población del país.

La otra solución al envejecimiento poblacional es limitar el éxodo persuasivamente. Que la gente prefiera vivir y trabajar donde nacieron. Más allá de las precarias condiciones en que se vive en Cuba, la pérdida de la esperanza —allí es lo primero, no lo último que se pierde—, lleva a que los más jóvenes quieran irse a otros lugares. Esa migración inversamente osmótica —de menor a mayor desarrollo—, es normal en el mundo entero. En la Isla está ligada al factor político. Estados Unidos es un imán para los cubanos por sus leyes y prebendas. Pero también el régimen cubano polariza el magnetismo: ¿y las veinte mil visas mías, dónde están? Cuba es un caso de desnaturalización inducida: es casi una fiesta que sus ciudadanos se vayan a otras tierras. No hay un pronunciamiento oficial sobre semejante absurdo.

Imposibilitados, pues, de hacer felices a los ciudadanos dentro de la Isla, que aumente la natalidad y evitar el éxodo de niños y jóvenes, la única manera de incrementar la población trabajadora es atraer mano de obra de otros países y emigrados del propio. Es la solución que han encontrado la mayoría de los países desarrollados con pirámide invertida, y hasta los que se dicen comunistas, la versión asiática de la Teoría de la Convergencia.

III

Para traer inmigrantes a un país hace falta, primero, motivación. Creer que en ese lugar ajeno, con un idioma o acento diferente, va a estar mejor la familia. Aunque quimérico, es el primer paso para decidirse a emigrar. Excepto los misioneros y los religiosos, nadie viaja y se establece a gusto en el África subsahariana, en la India meridional, en las montañas centroamericanas.

Tampoco en Cuba. De los cientos de miles de emigrantes chinos, jamaicanos, haitianos, españoles, judíos y árabes que se establecieron en la Isla durante los primeros años de republica, hoy solo quedan sus hijos y nietos. De los miles de refugiados chilenos, argentinos y uruguayos refugiados en la Isla, vecinos del insufrible barrio de Alamar, casi ninguno se quedó a hacer la cola del pan. Los hijos y nietos de rusos, alemanes, checos, polacos y búlgaros regresaron a Europa, o prefirieron la Florida, donde tan bien les ha ido siendo bilingües gracias a su nacimiento y desarrollo en Cuba.

Un gesto humanitario, generoso, que también ha tenido una segunda intención económica, ha sido la llamada Ley de Memoria Histórica, aprobada en España en el año 2007 bajo el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Esta ley favorece a todos los ciudadanos que puedan probar lazos consanguíneos con la españolidad, sin sesgos políticos, raciales, de género. La fractura social que produjo la Guerra Civil (1936-1939) llevó al exilio a españoles de todos los tintes políticos, profesiones y oficios. Cuba, junto con México, Venezuela y Argentina fueron los lugares de mayor destino, lo que se justifica por las razones expuestas con anterioridad.

Cálculos conservadores indican que entre 150.000 y 200.000 españoles emigraron a Cuba durante y después de la guerra. La Ley de Nietos no le pregunta a nadie si es comunista o está en contra del actual ejecutivo español. La razón que tuvo el abuelo o la tía para marcharse del terruño. O si la tuvo, ya a nadie le importa. Siempre que atestigüe tener sangre de la tierra de Cervantes y el Rey, es bienvenido.

La Ley de Nietos no solo cierra una herida. Hace más grande y plural la nación. Le inyecta sangre joven que viene de ver fracasados sus sueños. No quiere decir que todos los ‘nietos” se vayan a portar como Dios manda. Pero ya los abuelos putativos pondrán los necesarios correctivos —a la usanza española— con una buena zurra.

Después de promulgar la Ley de Nietos española, que no la única, largas filas en el consulado español en La Habana compitieron con las colas frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos. Todo aquel que tuviera un abuelo o padre español emigrante, podía solicitar la residencia y nacionalidad peninsular. Los “gallegos”, tan ridiculizados en el teatro bufo, supuestamente por cicateros y malgeniosos, se reconvirtieron en nuevos salvadores. En realidad, muchas veces apenas han sido una carambola: nadar hasta Madrid para morir en la Florida.

IV

Por eso la gente pregunta: ¿Y para cuándo la Ley de Nietos cubanos? ¿Será que los que no comulgan con el régimen, a los excubanos, exhijos y exnietos, no les toca?

Ha sido aprobada una ordenanza, ley, decreto, o como quiera definirse, donde los cubanos nacidos fuera del territorio pueden reclamar su ciudadanía. Pero según el documento oficial si los padres o tutores han “cometido hechos o realizado acciones contra los fundamentos políticos, sociales y económicos del Estado cubano”, no podrán aplicar para la ciudadanía hasta ser mayores de edad.

Este es un detalle interesante. La Ley de Nietos española solo pudo pasar después de haber llegado la democracia, y a instancias de quienes creían, firmemente, que era un acto de justicia histórica: ningún hijo o nieto debe “pagar” por lo que hicieron sus padres o abuelos. Con la democracia, regresaron a España políticos y filósofos, artistas y profesionales, obreros y campesinos. Todos habían combatido a su manera los “fundamentos políticos, sociales y económicos del Estado español” en la época de Franco. Hijos y nietos, con derecho naturalizarse, se integraban a la sociedad de la que nunca debieron ser apartados.

¿Qué pasaría si bajo la nueva Constitución se aprueba una suerte de Ley de Nietos cubanos? Ganaría Cuba, toda, sin duda. Son sesenta años de diáspora por los lugares más remotos del mundo, aprendiendo de los errores, cometiendo otros, pero sobre todo escapando del aislamiento geográfico y mental de la Isla. Hemos salido al exterior, como dijera el finado, para vencer y no para ser vencidos —y porque no hay regreso a donde casi nos han expulsado.

Por supuesto, con una Ley de Nietos cubanos todos tendrían los mismos derechos y los mismos deberes de los nacidos en la Isla. Habría que habilitar, además, la doble ciudadanía, que en la práctica el régimen ejerce hacia los cubanos en Estados Unidos al necesitar dos pasaportes para entrar.

Los cubanoamericanos podrían ir a Cuba y disfrutar de sus playas y ciudades. Veríamos, paseándose por el Prado habanero, a los senadores Marco Rubio, Ted Cruz y Bob Menéndez; los representantes Ileana Ross, Albio Sires, Carlos Curbelo, Diaz-Balart y sus hermanos visitarían lo que puede les quede de familia. También los empresarios del Sur de la Florida, muchos multimillonarios, explorarían donde poner otro central azucarero, un negocio de Software. Vendría un ejército de científicos, empresarios, profesionales, camioneros de Houston, dealers de Hialeah. Un alquilador de camellos en el Sahara. Un vendedor de rositas de maíz en Nicaragua, amigo mío, por cierto. Nada es completo en esta vida. Cual Rosa en El Principito, el régimen deberá tolerar algunas orugas si quiere conocer las mariposas.

Ni el sistema socioeconómico cubano va a desarrollar nada, ni tiene por qué haber un baby boom cubano, y mucho menos habrá tantos orates en este mundo como para invertir en un país lastrado por la desidia y la mala educación laboral. La gente va a seguir buscándosela afuera porque ya no es un problema de ser o no revolucionario: es, simplemente vivir o sobrevivir. Y saldrán los que pueden reinventarse en otros países, los más jóvenes y los más inteligentes. En Cuba va quedando un soluto humano, envejecido y envilecido, acostumbrado a vivir, desgraciadamente, de lo que “mandan de afuera” —ojo: todavía muchos compatriotas quisieran que los dejaran buscársela adentro. Todo esto pudiera cambiar con una audaz Ley de Nietos cubanos.

En tanto, el presidente cubano ha tenido una idea socio-mecánica: robotizar la ancianidad. Los robots están programados para seguir un plan metódicamente elaborado. Y así, por ahora, parece que está bien.


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