Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Los dilemas de «Los Martí»

Radio y Televisión Martí enfrentan dos conflictos que nada tienen que ver con los cubanos y los norteamericanos: las nuevas tecnologías

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El único autógrafo digno de un hombre
es el que deja escrito con sus obras.
José Martí

En la Habana, caminando al mediodía sobre las agujeradas aceras de sus calles, dos sonidos podían oírse con claridad salir de las casas humildes: el “pito” con el cual el régimen trataba de interferir la señal de Radio Martí, y el de las ollas de presión, ablandando cualquier cosa. Era una mezcla extraña de sonidos, casi única: el hambre y la noticia, dos hambres; la escasez y la novela, dos desengaños; aires de libertad y a la vez, el oxígeno aprisionado, la incertidumbre del cubano. No quedaba de otra que especular: la gente, temerosa del CDR delator, echaba a andar el fogón para poder oír la novela o las noticias de Radio Martí.

En aquellos primeros días, en los cuales el régimen se ufanaba de que Radio y Televisión Martí ni se oían ni se veían, la interferencia radial, y unos pedazos de latas y tubos metálicos en las alturas de los hoteles y las torres, indicaban la urgencia de bloquear la señal. Ciertamente, lo consiguieron en parte. Incluso con la ayuda del inefable Agente Orión, un técnico que en poco menos de tres años en Estados Unidos había sido contratado para trabajar en el proyecto televisivo —¿premura o incapacidad CIA? El golpe moral y técnico a la “agresión radioeléctrica” fue apoyado, directa e indirectamente, por las reglas y leyes norteamericanas que impedían esfuerzos más intrusivos. Sin embargo, la olla ablandadora y el “pito’ radio-martiano continuaron sonando en las calles de toda la República.

La última batalla por la sobrevivencia de Los Martí no ha tenido lugar en Cuba sino en el propio Estados Unidos, y se debe a un informe devastador hecho por la Agencia de Estados Unidos para Medios Globales. Algunas críticas son crónicas, y tienen razón. Otros son hechos recientes a los cuales se les ha dado, tal vez, una dimensión exagerada, como el llamado affair Soros. Los evaluadores no han escatimado palabras que bastarían para el cierre de ambos proyectos mediáticos: mal periodismo, propaganda ineficaz, violación de las normas de contratación, y éticas, y lo más importante de todo, un largo historial de infiltraciones y filtraciones de la inteligencia cubana.

Para hacer un balance justo —siempre será insuficiente—, de ambos programas es necesario analizar su base ética, legal, composición humana y material, y su factibilidad técnico-económica. Desde el punto de vista ético, hacer un medio de difusión alternativo que rete el monopolio informativo e ideológico de un régimen totalitario, no tiene mucha discusión. Pero si ese medio es financiado enteramente por un gobierno extranjero, y es este quien fija los libros de estilo y hasta las contrataciones —como es el caso actual—, su ética comunicacional es discutible.

No se trata de que Los Martí no reciban “donaciones” de Estados Unidos, Francia o Alemania. Donación es una cosa. Financiamiento es otra. Los equipos, personal y hasta las noticias, están monitoreados por el gobierno norteamericano, y, compresiblemente, deben responder a su política hacia Cuba, y no a las ideas o los proyectos de los cubanos. Así ha sucedido: el tinte de Radio y Televisión Martí es el mismo que usaron Reagan, Clinton, Busch (2), Obama y ahora Donald Trump. Ese “pecado” de nacimiento ha sido la base para muchos conflictos fuera y dentro del programa; y ha servido de bandera al régimen cubano para desnortar del sentido liberador de Radio y Televisión Martí.

Una solución plausible es que, de ser un apéndice del gobierno norteamericano, Los Martí luchen por ser entidades independientes, quizás ayudadas, pero nunca regentadas por agencias federales. Hay una gran cantidad de ciudadanos cubanoamericanos que pudieran financiar el proyecto, solo que tendrían el derecho a cuestionarse, como inversores privados, la eficacia y la eficiencia de estos medios alternativos de comunicación. Es preferible la fiscalización de los nuestros, a la que hasta ahora han hecho otros, ajenos a nuestra cultura e idiosincrasia. En ese caso le “apretarían las clavijas” al programa, y quizás ya sea hora de que algo así suceda: costos contra beneficios.

En este punto, y salvando las distancias históricas, Radio y Televisión Martí honrarían de ese modo el nombre que llevan. Patria, el periódico fundado por Martí para la libertad de Cuba, se financiaba con fondos de tabaqueros cubanos en Tampa y Cayo Hueso. Era un modesto periódico semanal de pocas páginas, y llegada por correo. Pero era cubano, y nadie tenía que decir qué y cómo se publicaba.

Ese eslabón nos lleva al siguiente de la cadena: el manejo de la información. El periodista no se hace, nace. Puede y debe formarse, pero no solo de noticias vive el comunicador. Él también tiene ideas, emociones, desengaños. Necesita una cultura sólida, y una formación ética donde, sin renunciar a sus criterios, pueda poner sobre la mesa —la frasecita de moda— todas las cartas, sin marcar. Debe tener, en el caso que nos ocupa, una información veraz, actualizada de lo que sucede realmente en la Isla, y no de lo que cuenta el emigrante o el opositor, quienes para obtener asilo y sellos de comida mienten descaradamente. Las fuentes deben ser contratadas, verificadas, sometidas a escrutinio. En el caso de Cuba eso es difícil, más no imposible. Quien sale de la Isla por un par de meses y regresa, encuentra otra Cuba. La Isla aparenta no moverse. Pero como dijera Galileo, sin embargo se mueve —es lo que le ha permitido, en sesenta años, evadir expertos francotiradores.

Por otro lado, no merece la pena regodearse en lo que todos saben: que no hay agua en Centro Habana, que en el Cerro no recogen la basura hace diez días, que dan tres pescados para siete personas, que todavía hay albergados del ciclón del 26. El periodismo debe, además de denunciar, proponer; ir la búsqueda de lo que el lector o el escucha no puede ver ni oír; la noticia, que deriva de nuevo, de notable, debe sorprender no solo como novedad sino como curiosidad humana. Hacer ver a los que no pueden o no quieren ver.

Eso es lo que ha perdido el periodismo que se hace en la Isla y es lo que debería encargarse de hacer un medio alternativo de cubanos para cubanos, hipotéticamente, la misión de Los Martí. No ofender. No ir hasta la descalificación del contrario. Hay un punto donde hay que parar. No es necesario poner o decir de más, porque como un bumerang, regresa contra el propio comunicador. Siempre se debe dejar algo debajo del agua, como el Iceberg de Hemingway, para que el lector o el escucha puedan sentirse capaces, partes de la información. Ese olfato y talento lo han tenido los grandes periodistas.

Y entrando en el tema de las misiones, posibilidades técnicas y económicas, no sin razón quienes pagan Los Martí, que somos todos nosotros a través del gobierno norteamericano, desearíamos conocer, limpiamente, cómo se invierten decenas de millones de dólares. El “amiguismo” y los “sociales”, endémicos males entre latinos en una agencia gobernada por norteamericanos es una bandera roja a la cual le van arriba como el toro al trapo. No porque en la Isla se fue ministro, general o hijo de un personaje, se es comunicador social. Ellos tendrán mucha información, pero esta es una profesión seria, no para improvisados ni principiantes. Una vez que han dado todo el “jugo” que traían, deberían dedicarse, si es posible, a sus profesiones originales.

Quien escribe no puede asegurar que Televisión Martí, como prometió el exalcalde Regalado hace meses, se puede ver ahora en toda la Isla. Por cierto, Don Tomas fue y es una elección más que acertada para dirigir ambos proyectos. Tendríamos derecho a saber qué ha sucedido y quienes son los responsables, aquí, no en Cuba, de que este periodista, de la “gorra a los spikes”, no haya podido avanzar más en sus propósitos.

Por último, Radio y Televisión Martí enfrentan dos conflictos que nada tienen que ver con los cubanos y los norteamericanos: las nuevas tecnologías. Si ya muy pocos leen, cada día son menos los que oyen radio y siguen noticias por televisión. El teléfono celular y las redes sociales han sustituido los diales y los comentaristas profesionales, el twitter es la verdad, y el noticiario de las ocho, la mentira. A casi ningún milenio le interesa lo que diga Díaz-Canel o Donald Trump. Le interesa, eso sí, el nuevo escándalo de las Kardashian o en que se gastan 1,6 billones Jay-Z y Beyonce. Es una realidad triste, pero es una realidad de nuestro tiempo y hay que tenerla muy presente.

Es aquí donde el periodismo de hoy, sin renunciar a su objetivo último que es denunciar y anunciar, describir con imparcialidad y a la vez exponer el criterio del profesional, debe colocar de manera muy cuidadosa, balanceada, atractiva, el producto. Si el mensaje tiene el objetivo de mover al receptor —única confirmación de su efectividad— hay que usar métodos novedosos, actuales, para comunicar. No siempre se logra ser original. Pocas veces se pueden poner en fila la ética, la verdad, el buen decir, la legalidad y la posibilidad real de llegar a la gente.

Llamándose pues, Radio y Televisión Martí, nadie debe dudar que la meta principal es la libertad y la unión de todos los cubanos —todos, sin excepción. No separar ni disgustar a quienes desean un país democrático, moderno y próspero. Los dilemas que quizás se planteó el apóstol al fundar Patria, tienen puntos en común con el conflicto que genera vivir y trabajar por Cuba fuera de sus fronteras. Por esa misma razón sus palabras resuenan, a la distancia de ciento veintisiete años, con inusitada vigencia:

“Nace este periódico, a la hora del peligro, para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión, y para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden”.


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