Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Retamar, Cubanidad, Cubano

Los «dueños» de la cubanidad

Muy pocos intelectuales orgánicos del régimen cubano podrían compararse con Roberto Fernández Retamar

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Me conmueven las menudas sabidurías
Que en todo fallecimiento se pierde.
Jorge Luis Borges. La noche que en el Sur lo velaron.

El fallecimiento de Roberto Fernández Retamar (1930-2019) puede marcar de alguna manera el adiós a una época en la cultura cubana. El pertenecerá para siempre al grupo de intelectuales, algunos en plena madurez física e intelectual, quienes apostaron todo su capital creativo al proceso revolucionario que resultaría en un régimen comunista de más de medio siglo. Fernández Retamar podría pasar a la historia como el poeta de ciertos versos rescatables, y de ensayos que, como Calibán (1971) son obra imprescindible para la izquierda latinoamericana. Pero más allá de su amplia bibliografía, quien fuera fundador y colaborador de decenas de revistas nacionales e internacionales, Retamar fue un alto y decisivo comisario de la cultura en la Isla.

Es probable que en él se debatiera hasta el final de sus días el “complejo” que Ernesto “Che” Guevara llamaba el “pecado original de los intelectuales”. Según el guerrillero en El Socialismo y el Hombre en Cuba (1965) “la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios”. Exegetas del pensamiento guevariano, tratando de salvar la esencia totalitaria de la frase, argumentan que el “Che” no quiso decir lo que dijo, o que lo dijo con insuficientes matices. Los que conocemos al llamado guerrillero heroico sabemos bien de que va ese juicio amedrentador.

Muy pocos intelectuales orgánicos al régimen podrían comparársele a Retamar. El mismo un sobreviviente —¿es la poesía un acto de sublimación existencial?— a todas las purgas anti-culturales, estuvo a buen recaudo en la Casa de las Américas, y antes en el Centro de Estudios Martianos. Roberto es el arquetipo del hombre de vasta cultura, de formación católica, elegantemente vestido, de voz fuerte, conocedor del mundo visible y sus encantos pequeño-burgueses, y del invisible, el de policía política. El hombre que se enfrenta a los demonios de la libertad que tocan su razón de poeta, y al mismo tiempo, lucha contra el pecado original de no ser auténticamente revolucionario. Quizás el primer paso en busca de romper esa imperfección pecadora fue la carta abierta a Pablo Neruda en 1966, de la cual fue promotor junto a Lisandro Otero, y otros. Desde aquellos días pudo comenzar su duro bregar por romper el oxímoron que el médico guerrillero visualizó en todos los de su clase.

Con la partida de Roberto de este mundo parece ir cerrándose, biológicamente hablando, una etapa: la bisagra cultural que embona el pasado republicano con la llamada Revolución cubana. Por su obra, y la eficaz tarea de conducir el centro de propaganda e ideología subversiva —y algo más— que fue y es Casa, Retamar es para el régimen algo así como el último gran intelectual-comisario de la cultura revolucionaria. Salvo Alicia Alonso, quien parece desafiar las leyes de la longevidad, de la otra época no queda casi nadie para decidir quién es y quien no es un artista comprometido —y desafiar el maleficio guevarista.

Tengo una sola anécdota personal de su impronta policíaca en el campo intelectual: invitado a la ceremonia de un Premio Casa, fui testigo de cómo “regañaba” al autor por no haber sido más incisivo, más antiimperialista en el ensayo. El autor, sonriéndole, se comprometía a superarlo en el próximo libro. Al lado de Retamar, Edmundo Desnoes, de vuelta a Casa —¿arrepentido? Edmundo, que no Dantes ni escapado del Castillo de If, sino del frío de Manhattan, anunciaba entonces la terminación de sus exculpatorias Memorias del Desarrollo.

Sin embargo, he aquí la paradoja vivencial de estos hombres. Dentro de los muy pocos libros salvados del naufragio que es el exilio (Jorge Valls), me traje las Paginas Escogidas de Jorge Luis Borges (edición Casa de las Américas, 1986) con prólogo de Roberto Fernández Retamar. Más que un prólogo, es una excelente introducción donde engarza, magistralmente, versos de Borges, recuerdos, diálogos, un breve repaso de la cuentística y el ensayo de quien, a esa altura de su vida —86 años—, seguía siendo enemigo jurado del comunismo y del régimen castrista. Retamar cuenta que estuvo conversando toda la tarde y hasta entrada la noche con el autor de La Biblioteca de Babel y El Aleph, confesamente, su más admirado maestro. No hay una sola señal de confrontación política en la introducción a Páginas Escogidas de Borges. Solo literatura, de la buena.

En la medida que los intelectuales pecadores originales van partiendo a otra dimensión de la existencia, parece instalarse un proceso de mediocridad, fiscalización y centralización de la creación en Cuba. Es lógico que así sea. No queda casi nadie. Guillen, Carpentier, Titón, Pablo Armando y Lisandro conocían el mundo del trabajo por cuenta propia, y también los pequeños, discretos encantos de la burguesía. En cambio, la llamada Cultura de la Resistencia es una mezcla de gritos de cloaca, de improperios desde una trinchera que por su profundidad no permite ver el Sol más allá de las líneas del supuesto enemigo; es la “cultura” del pan con pasta y la infusión de caña santa, la esquelética libreta de abastecimiento, el CDR, apagón, la cola, el camello y el reguetón. La falsa Cultura de la Resistencia no es cultura porque no es resistencia sino canto funerario, réquiem por lo que pudo ser y no es ni será; nada bello, bueno y noble puede surgir de justificar el presente con un pasado que se aleja sin decir adiós.

En el Órgano Oficial y en el Diario de la Juventud (sic), las pocas plumas que van quedando justifican un nacionalismo ridículo, obtuso; cierta obsesión con lo cubano, con la cubanidad, en sentido genérico y referencial, como si ser raigalmente cubano fuera una medalla otorgada por los comunistas según su parecer. La intención es redefinir lo cubano desde una perspectiva política. Todo tiene su raíz en la crisis ideológica-económica del régimen. El ex Máximo Líder usó esa retórica como filosofía de sobrevivencia; el ardid de mezclar a Martí con Marx y desenterrar a los origenistas y su círculo de amigos —dentro de los cuales, por cierto, se encontraba Retamar— tras la caída del Muro de Berlín. En esta segunda vuelta, ni cenizas quedan. El intento de unir cultura cubana al silogismo Patria-Partido-Revolución no solo es ridículo, sino fútil, fuera de contexto nacional e internacional.

Como si vivieran en otro planeta, en el Siglo XX, en los tiempos del mecenazgo único, el único proceso estético válido es aquel que refrenda el Partido, el presidente de la UNEAC, el director del ICAIC, el ministro de Cultura. Y, por supuesto, cultura cubana es la que se produce dentro de las muy estrechas fronteras nacionales, como si Cirilo Villaverde o José Martí no hubieran escrito Cecilia Valdés y La Edad de Oro, respectivamente, en la ciudad de Nueva York.

Fue el obispo Pedro Meurice en su bienvenida en Santiago de Cuba a Juan Pablo II en 1998, quien pudo advertir mejor el peligro de la cultura de un pueblo como parte del atrapamiento ideología-partido político: “…un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con una ideología”.

Algunos hombres nuevos de la llamada cultura revolucionaria han logrado hacer lo que parecía difícil para el guerrillero argentino: no tener pecados originales. Que, de ser tan auténticamente revolucionarios, no son hombres de pensamiento abierto, críticos de la realidad, es decir, verdaderos intelectuales.


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