Actualizado: 15/07/2020 7:10
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Los «Izquierdos» Miranda

Sobre los peligros y las falsedades de las “recogidas de opinión” en Cuba

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En una mano lleva la piedra,
y con la otra muestra el pan.
Plauto

A inicios del llamado Periodo Especial en Tiempos de Paz un amigo me hizo una propuesta tan tentadora como inaudita: el Partido estaba recogiendo opiniones del pueblo para hacer cambios importantes en la economía y la política. “Esta vez es en serio. Quieren que la población diga lo que piensa, sin miedo”, dijo. Muchos años después, y con información en el exilio, supe que se trataba de una maniobra para detectar, sobre todo dentro de las filas partidistas, inconformes y potenciales enemigos. El amigo terminó marchándose de Cuba, y murió muy joven, de un infarto. Su corazón no pudo resistir tantas contrariedades y lejanías.

Lo que vino después de aquellas invitaciones a entrar en la jaula atraídos por la carnada de las extraversiones es bien conocido. Como el amigo, muchos tuvieron que exiliarse presionados por el acoso político y económico: el silencio como disfraz y la bicicleta, loco-motion with me. Muy pocos se dieron cuenta de que era una estrategia del tiempo de los romanos. El emperador que parece derrotado por los fracasos, incluso melancólico, pide a los senadores, a los patricios, que digan abiertamente qué está mal y qué debe hacer. Quienes dan rienda suelta a sus ideas, y se acuestan con la esperanza de un nuevo amanecer, no despiertan para contarlo.

No sin casualidad, la invitación a la abreacción social —en psicoanálisis, identificar conscientemente las emociones para aliviar la tensión— antecede a un periodo de crisis y frustraciones acumuladas. Una vez descargadas tales emociones y pensamientos, el poder absoluto no rectifica, sino que se hace aún más restrictivo. Y eso tiene su lógica: si la autoridad cede a las críticas no solo demuestra debilidad. Zozobra su poder omnímodo. Sobra. La “técnica” de control social busca tres objetivos: detectar disidencias, otear el estado de opinión, y muy importante, ser una “válvula” de escape a una sociedad ahogada por los vapores de los reveses.

En noviembre del pasado año tuvimos la primera de estas “apertura-trampa-cazabobos”. La Comisión Nacional de Béisbol anunció que estaba “abierta” a la crítica de los aficionados. Esa dispensa vino después de un rosario de papelazos en todos los niveles competitivos. Al repasar los comentarios —los que fueron aceptados y publicados—, se puede observar el dolor por la pérdida de lo que es no solo nuestro pasatiempo nacional, sino también forma parte de nuestro lenguaje e idiosincrasia. Una buena parte se decantó por mayor participación en la pelota profesional. Incluso algún atrevido, escapado de la censura, escribió sobre conformar un equipo Cuba con los “traidores” cubanos que jugaban en las Grandes Ligas y en la Serie Nacional.

Como bien sabemos, en Cuba el béisbol es un asunto de Estado, como suele suceder con cualquier deporte nacional en una dictadura —la familia Somoza fue la “dueña” del béisbol de Nicaragua por décadas. Lo que ha sucedido después de aquella supuesta apertura a la opinión publica lo conocemos: la no participación de la Isla en la Serie del Caribe, de lo que se acusan, mutuamente, organizadores y ausentes. Casi ninguna propuesta de los aficionados para cambiar las rígidas reglas de contratación de los atletas y dar cabida a peloteros ex Grandes Ligas —excepto algún arrepentido que ha regresado al redil—, ha sido aplicada. Es lógico: el día que la pelota cubana deje de ser un asunto político y sea solo una actividad deportiva, una pléyade de funcionarios y ‘vaciladores” se quedaran fuera del pastel. El dinero no paga vagos ni malos resultados. Pero dentro de la cúpula del deporte, los más clarividentes, quienes han sobrevivido a todas las purgas en la Ciudad Deportiva, guardan silencio.

De la misma chistera ha salido la convocatoria a que los economistas den sus opiniones de manera abierta, democrática, sobre como “destrabar” la economía cubana. Bien saben quienes dirigen el país, que, aunque el embargo/bloqueo afecta las transacciones e inversiones en la Isla, el responsable primero de ponerle trabas al más sencillo puesto de fritas son ellos mismos. Los efectos del embargo se multiplican exponencialmente en una economía cerrada, planificada desde los escritorios, controlada por una elite que no la vive ni la padece. La Empresa no es una ideología. Es una maquinaria, como cualquier otra —de ahí que sea sinónimo de funcionamiento. No se puede obtener lo que no se produce. Adelgaza hasta la emaciación quien consume más de lo que ingiere.

Probablemente Cuba sea el país de más economistas por habitante del mundo. Sus profesionales e institutos de investigación no son segundos de nadie, y poseen una formación y actualización de la cual carecen muchos de sus colegas extranjeros. Quienes se marcharon, hoy son honorables profesores-investigadores en universidades de todo el planeta. Otros se han dedicado a asesorar negocios y empresas. Cada profesional adopta la forma del continente que mejor les paga. Y en ello no hay deshonra. El deshonor es haber estudiado y trabajado toda la vida y no poder ponerle un “vasito de leche” en el desayuno a sus hijos.

El “destrabe” consiste, de modo sencillo, en dejar que la economía sea una ciencia y no una política. La historia demuestra que los políticos no son buenos administradores; que los que producen no tienen tiempo para estar en reuniones y dar discursos en cada esquina. Otra vez podría imponerse la política sobre la ciencia pues el objetivo es mantener el poder absoluto sobre el poder del pueblo —en la Isla, ese no es poder. Como sucedió en los años noventa, es muy probable que quienes den ideas en el campo económico sean etiquetados de revisionistas y tecnócratas. Algunos podrán ser obligados al exilio. Otros limitados en sus investigaciones: siempre hay un compañero-que-te-atiende en esos centros adjuntos al Partido Comunista. Las sugerencias, aunque no novedosas, en el desierto de opiniones autorizadas en la Cuba de hoy tienen un impacto significativo por venir, precisamente, de quienes saben lo que está mal, lo que puede arreglarse, y lo que no tiene remedio. Por eso los más perspicaces, escamados, permanecerán en silencio.

El último conflicto se está dando en el terreno de la cultura. Expresión de la superestructura, como enuncia el marxismo clásico, cada día son mayores las voces disidentes que hablan por un pueblo cansado de promesas y metas a futuro. En la medida que la situación económica se hace más difícil, las definiciones también se hacen más nítidas, aunque algunas solo sean para salvar cuatro trapos y la casa que, generosamente, la Revolución le robó a otro para entregársela en función de mecenas. Sin embargo, todos sabemos bien que el que más llora al muerto, quien a última hora no quiere irse de la funeraria, es el que menos lo quería. Se está pidiendo un acto de contrición y arrepentimiento por pasadas insolencias. Pero no hay que exagerar. No hay necesidad de asesinar personajes críticos ni acusar de plagio a quienes han devuelto a la memoria y el decoro un excelente poema a la libertad.

La habilidad de permanecer el silencio solo se adquiere con los años. No dejarse llevar por incitaciones falsas se aprende con los “palos que te da la vida”. La sociedad norteamericana, en su inmensa sabiduría práctica, quizás no tanto emocional, estableció que los individuos tienen derecho a permanecer en silencio, y que cada cosa que se diga puede ser usada en su contra. Los llamados derechos Miranda están avalados por la Quinta Enmienda, la cual declara que la persona tiene el derecho de no auto-incriminarse.

En la Isla, en cambio, todo parece ir al revés. Los derechos son izquierdos. Son culpables los honestos hasta demostrar su inocencia. Y el que no se “incrimine”, como aquello de que el que no salte es yanqui, es sospechoso. Pero cuidado. No hay que matar a Nicanor para probar la fidelidad, como tampoco cantar Ojalá y que el deseo no vaya detrás del viejo gobierno de difuntos y flores. En Cuba puede ser más sospechoso quien salte o grite demasiado. En Cuba el techo es muy bajito para pretender tocar el Cielo.


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