Actualizado: 22/10/2019 9:54
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Crónicas

Los muertos de Colón

Como los demás difuntos del mundo, los de la necrópolis habanera siguen en paz. No así los vivos que les hicieron daño.

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Con estos muertos no hay problema por ahora, ni con los de otras partes del orbe. No es de creer que puedan salir de su tumba por sus propios pies. Si así fuera, en La Habana algunos volarían a tomar café a casa de algún amigo, otros buscarían a la gente del barrio, para echar el partidito de dominó que dejaran citado para uno de esos domingos que nunca llegaron bajo el almendro de siempre.

 

No todos serían tan amistosos. Alguno, cuchillo en mano, o tal vez armado de una escopeta de caza, iría a tocar a deshora en la puerta de la mujer que lo engañaba o lo mató mientras dormía.

 

Pero al cabo (me gustaría suponerlo), dominarían los nostálgicos, los románticos. Entre ellos el que raudo tomaría un avión o se haría a la mar, en una balsa, en busca del hijo que un día lo dejó abandonado, para perdonarlo, para decirle a ese hijo olvidadizo que no le guardaba rencor, que durante toda la muerte había permanecido extrañándolo, abrazándolo con el pensamiento, deseándole suerte mientras rezaba por él, y repitiendo su nombre en voz baja para no entristecer a los otros muertos.

 

Volviendo a los no amistosos. Quienes acá entre los vivos falsificaron firmas para quedarse con el negocio que compartían a la mitad con el socio, al que le causaran la muerte al arruinarlo y dejarlo sin honor, no hallarían entonces suficientes pastillas en el mundo para dormir.

 

Ni las hallaría tampoco el político que prometió hacer un río si el pueblo le construía el imprescindible puente. Y, cuando todos en el pueblo envejecieron fundiendo acero con leña y cargando vigas al hombro para la construcción del puente (que el político siempre hallaba pequeño, impropio del río de sus sueños), el político decidió hacer una valla de gallos en lugar del río.

 

No, con esos muertos no hay problemas; no por ahora. Sobre el Día del Juicio Final sigue habiendo dudas, y la historia de los cementerios, como la de todo lo que está sin acabar, es desconocida, en su mayor parte, y la conocida deberá todavía ser revalorizada.

 

De modo que, como los demás muertos del orbe, también los de la fabulosa necrópolis de Colón siguen en paz, sin temer ni ser temidos por ahora. No así los vivos que les hicieron daño. En especial dos de ellos —ambos de Colón—, protagonistas de un hecho que, por insólito, mantiene hoy muy ocupados a los filósofos que se ocupan del destino y sus extrañas carambolas.

 

Por lo que en la calle se cuenta (en Cuba no existe la crónica roja), en Luyanó —barrio habanero—, se mataron dos aceres por un asunto de hombres. Y cuando a uno de ellos lo tenían en la fosa, a medio bajar, se aparecieron en el cementerio dos vengadores y dispararon sobre los familiares del muerto.

 

Sin embargo, lo hicieron mal (o quizá "muy bien"), y sus balas no mataron ni hirieron a quienes estaban dirigidas, sino que certeras, sin confusión posible, hicieron blanco en tres personas que tumbas más allá asistían a un entierro que nada tenía que ver con el de los vengadores de Luyanó, dejándolas muertas en el acto.

 

Tragedia aparte, un suceso de esta índole, para los muertos de una necrópolis como la de Colón, que tantas cosas podrían contar, sólo tendría de novedoso, digo yo, el hecho de ser la leyenda más reciente del lugar. De modo que, por ahora, con los muertos de allí no hay problema.


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