Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Mayflower, Esclavitud, EEUU

Los náufragos cubanos del Mayflower

Condenar al silencio a los descendientes cubanos del Mayflower, negarles la posibilidad de recuperar su pasado y dar cuenta de su verdad, es una forma de aniquilación

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Investigaciones preliminares, que incluyen pruebas genéticas, validan la existencia de descendientes cubanos de los peregrinos del Mayflower, considerados los fundadores de Estados Unidos.

Es la historia jamás contada de la familia norteamericana Phinney, la que durante el siglo XIX vivió casi 30 años en Cuba, donde fundó un millonario negocio agrícola esclavista.

Tuvieron que pasar más de 160 años para que uno de esos náufragos del desdén confirmara el relato sobre un Phinney blanco que tuvo relaciones íntimas con una de sus esclavas en Cuba, un episodio parecido al del presidente norteamericano Thomas Jefferson.

Difícilmente podría imaginar la familia norteamericana Phinney —que vivió en Cuba a mediados del siglo XIX— que en las proximidades de una de sus plantaciones de caña de azúcar llamada La Palma, en la región de Sagua la Grande, actual provincia cubana de Villa Clara, se instalarían armas nucleares, dispuestas para disparar hacia Estados Unidos.

Más de cien años después aquel paraje agrícola se convirtió en un escenario de la guerra fría, en la amenaza de un conflicto bélico cubano-soviético-norteamericano que pudo haber tenido consecuencias devastadoras para el mundo. Ironía y coincidencia inquietantes de la llamada “Crisis de los Misiles”, de octubre de 1962, que pudiera estremecer la conciencia sobre aquellos Phinney, quienes abandonaron la isla caribeña con una fortuna millonaria, dejando atrás las ruinas de su pasado esclavista.

El norteamericano Theodore Phinney, un descendiente de los peregrinos del Mayflower, llegó a Cuba a principios de 1800, y comenzó su negocio agrícola esclavista en la jurisdicción de Cárdenas, en la provincia cubana de Matanzas. En su hacienda La Sonora, en las inmediaciones de lo que hoy se conoce como la carretera vieja de Lagunillas, se casó con la inglesa Ann Barrett y tuvo cuatro hijos (Mary Deidamia, Theodore William, Susannah y Joseph Manuel), quienes nacieron y crecieron en el país caribeño.

De la fiesta por el Día de Acción de Gracias de la familia Phinney en Cuba dio testimonio la escritora y pintora sueca Fredrika Bremer, durante su visita a la Isla en 1851. En cartas enviadas a su hermana en Europa, compiladas luego en su libro Cartas desde Cuba, narró críticamente la vida y las costumbres de los sometidos y sus amos en la colonia española.

Para la hospitalidad de la familia Phinney tuvo elogios la intelectual sueca, quien dio cuenta también del trato sin castigos que ofrecía el hacendado a sus siervos. Un estilo esclavista que concitaba la ira de las autoridades coloniales de la jurisdicción de Cárdenas, con acusaciones y amenazas contra el norteamericano y su dotación de esclavos. Estos últimos afrontaron dramáticas represalias al ser denunciados como participantes en una histórica rebelión antiesclavista en Cuba, conocida como la “Conspiración de la Escalera”.

Lo que no mencionó la narradora sueca en sus cartas-crónicas, a pesar de que estuvo hospedada en la hacienda de los norteamericanos y de su ostensible feminismo, fueron las episódicas relaciones maritales del hacendado con sus sometidas.

En esa fecha ya había nacido Ceferino Phinney Morales, un mulato medio rubio, de ojos verdes y bilingüe, hijo de un Phinney blanco con la negra esclava Victoria Morales. Un secreto que tal vez muchos conocían, pero que nadie supo como revelarlo consistentemente en más de 160 años.

Los descendientes afroamericanos de Thomas Jefferson tuvieron que esperar 200 años para lograr su reivindicación. Sólo la confirmación científica, mediante múltiples pruebas genéticas en instituciones europeas, permitió releer la vida de un histórico presidente, quien tuvo una relación íntima con una de sus esclavas, de la que nacieron varios hijos.

Restos del naufragio

Que al cabo de 160 años pudiera aparecer un descendiente cubano del Mayflower, convertido en un balsero de los que huyen del país caribeño hacia Estados Unidos, podría asumirse como una ficción sobre genómica, pero existe la historia que sustenta la probabilidad del supuesto acontecimiento. Aunque parezca absurdo, salvando contextos migratorios, la curiosa conexión ancestral pudo haber sucedido. Y el mar siempre presente como aurora o epifanía.

La rama afrocubano norteamericana de la familia Phinney, la que calladamente ha desesperado siempre de sí misma, aún siente que le hace falta una seguridad lejana, una fuente de fuerza que transforme su sensibilidad. Ellos siguen siendo náufragos del desprecio. La influencia de las épocas y sus dramas en la vida de las generaciones familiares reflejan el cruce dramático de las historias que condicionan nuestros logros y fracasos.

La sucesión de abuelo, padre, hijo, nieto y bisnieto es la secuencia en la que se tejen las más sublimes y terribles historias. La herencia, el mandato, el desprecio y la maldición son adjetivos que se aplican a estas sagas familiares y que marcan, bajo la forma de confianza filial o carga opresiva, la vida de los individuos.

Investigaciones históricas y genealógicas arrojaron luz sobre la vida de la familia Phinney en Cuba. Numerosas referencias en libros, documentos e informaciones periodísticas confirman que ellos fueron propietarios de varias plantaciones agrícolas e instalaciones portuarias, y de cientos de esclavos en las regiones cubanas de Cárdenas y Sagua la Grande.

Archivos de parroquias de las provincias cubanas de Matanzas y Villa Clara guardan numerosas partidas de bautismo de negros esclavos bautizados con el apellido Phinney. Era la marca de propiedad del amo en el primer sacramento reconocido por la Iglesia Católica, la inscripción como siervo, la primera aparición en la vida publica, en una sociedad rígidamente separada por el color de la piel y la condición civil.

Una búsqueda en la página web Ancestry.com, de acceso público, permitió conocer sobre los Phinney que vivieron en Cuba y sus constantes viajes a Estados Unidos. Censos de población dan cuenta de la fecha en que esta familia abandonó definitivamente el país caribeño, de los lugares donde residieron, de matrimonios, hijos y muertes. Fue posible saber hasta los negros esclavos que trajeron del Caribe, nostalgia por aquella vida cubana y también deseo de ostentar en New York una servidumbre doméstica que los distinguiera socialmente.

Pruebas genéticas de ancestros de la línea paternal, de genes del cromosoma Y-DNA37, se realizaron en Family Tree DNA, de Texas, a los cubanos Alfredo Phinney y Enrique Sanler, descendientes de hijos varones de dos hijos también varones de Ceferino Phinney Morales. Un análisis del cromosoma masculino, conocido como el artífice de los testículos y la esperma, reveló ancestralidad mixta, con un altísimo porcentaje de ascendientes ingleses, irlandeses y norteamericanos. Algunos de ellos hasta con la coincidencia de tener el apellido Phinney.

La investigación genómica preliminar hizo justicia, confirmó el parentesco de estos cubanos con aquellos Phinney blancos que vivieron en Cuba a principios del siglo XIX. La validación genética nos vuelve más reales y nos reconvierte en personas con parentesco ineludible, nos permite regresar a un pasado, para saber de esos otros que también nos habitan, a quienes cantamos, ignoramos y tememos. Propicia poder sentir, saber y entender qué pasó.

Notas de familia

Theodore Phinney (1776-1852) nació en la ciudad de Falmouth, en Barnstable County, en el estado de Massachusetts. Era el bisnieto de Benjamin Finney (1682-1738), quien fue el décimo de los 13 hijos de John Finney Jr. (1638-1719) y Mary Rogers (1644-1718), hija de los peregrinos de apellido Rogers, que viajaron en el Mayflower.

El hacendado norteamericano tuvo tres plantaciones de café y de caña de azúcar en Cuba: La Sonora, Roble y La Palma, y falleció en la Isla a los 76 años de edad. Su esposa y sus cuatro hijos abandonaron el país caribeño en 1856, para radicarse en Estados Unidos. Uno de ellos, Theodore William Phinney (1828-1912), quien asumió el cuidado de los negocios tras la muerte de su padre, fue demandado por sus tres hermanos ante la justicia de Nueva York por su mala administración y por apropiarse del patrimonio de la familia. La devastada noción de la moral que puede mostrar un heredero avaricioso.

En Newport, Rhode Island, en una residencia nombrada Hill Top, vivió Theodore William junto a su esposa Rose Dimond (1828-1892) y sus tres hijas: Rose Dimond Phinney (1857-1923), Anita Alice Matilde Dimond Phinney (1862-1926) y Caroline Deidamia Dimond Phinney (1868-1876). La última de ellas falleció a los 7 años de edad.

Rose Dimond Phinney, la hija mayor de Theodore William Phinney, se casó en Rhode Island con William Grosvenor Jr. con quien tuvo siete hijos. Uno de ellos, Caroline Rose (Grosvenor) Congdon (1885-1959 ), fue la madre del famoso pintor norteamericano del expresionismo abstracto, William Grosvenor Congdon. (1912-1998).

Ceferino Phinney Morales (1843-1918), el mestizo cubano no reconocido por la familia norteamericana Phinney, padeció la maldad de los esclavistas, incluido su padre, e infligió la suya a sus seis hijos (Antero, Enrique, Candita, Victoria, Agustín y Caridad), al inscribir a cada uno de ellos en el registro civil con el relato de que había sido abandonado en una canasta en la puerta de su casa. Los despojó de un apellido que más que un símbolo de fortuna representó para él la maldición de la esclavitud.

Tuvieron que pasar más de 160 años antes de que un descendiente crítico, impulsado por el azar, emigrara donde sus ancestros, como guiado por esos antepasados que fundamentan su vida, para encontrar las perplejidades de su genética. Una herejía contra el olvido de uno de esos náufragos del desdén que tras examinar su patrimonio genómico-genealógico descubrió la presencia del Mayflower y las infidelidades de su ADN. Son tiempos en que las nuevas tecnologías excitan la curiosidad y desnudan los secretos.

Que existan descendientes cubanos del Mayflower que aún permanecen en el anonimato, como seres de segunda clase, se aprecia como una injusticia, pero es, sobre todo, expresión de la larga y oscura estela de la esclavitud y la discriminación racial, que hasta el día de hoy, impone omisiones en la cartografía genealógica de muchas familias.

¿Qué es una parte de una familia cuando no es nadie por desprecio racial? Una presencia sin identidad, un grupo indeterminado, humanos inferiores y desposeídos que ni siquiera provocan remordimiento de conciencia al verdugo. Condenar al silencio a los descendientes cubanos del Mayflower y negarles la posibilidad de recuperar su pasado y dar cuenta de su verdad es la manera definitiva de aniquilarlos, es no respetar su derecho a liberarse de la vergüenza de haber sentido vergüenza.

Rodolfo R. Bofill Phinney es autor de un proyecto de investigación, con Copyright de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que promueve la reivindicación de los descendientes cubanos del Mayflower.


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