Actualizado: 19/07/2019 13:12
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Igualitarismo, Medicina, Educación

Los “principios” del fin

Los cubanos y no pocos extranjeros del Tercer Mundo han gozado del derecho al estudio y al trabajo, sí, pero a condición de que sean incondicionales del régimen

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Muchos izquierdistas de casi todo el mundo miran aún con arrobo al régimen cubano. Como si estuviésemos en los lejanos sesentas del siglo pasado, piensan, como lo hizo el Sartre de aquellos años, que allí está la esperanza. ¿Por qué? Sólo se me ocurre una respuesta: Por sus “principios” humanistas. O sea, por las ideas que rigen el discurso y, se supone, el pensamiento y la conducta del régimen: los llamados principios marxistas, leninistas y martianos que, ahora mismo, al combinarse con la crisis algo más que financiera del mundo capitalista, produce monstruos.

La educación y todos los medios de comunicación masiva fueron monopolizados y puestos en función para lograr la ilusión de la utopía que encierran esos preceptos. Gracias a la constancia el régimen ha logrado que varias generaciones los identifiquen con dicho pensamiento y dicha conducta sin percatarse de sus grandes paradojas.

Y es curioso que hasta hoy esa percepción se haya saltado la lógica relación con los hechos, sin una evolución importante.

Por eso conviene que reflexionemos, aunque sea brevemente, sobre el comportamiento de algunos de esos principios.

Empecemos por el de la justicia social. Al mencionarlo lo primero que acude a mi imaginación es la idea de “igualdad”. E indudablemente el régimen cubano se afanó en ello. Para llevarlo a efecto no requería crear riqueza, bastaba con que se cambiasen las reglas de distribución de la ya existente. Pero el régimen no se quedó en las ramas, fue a la raíz y se apropió también de los medios para crearla. Tal vez el hecho de esa radicalidad es lo que, en un mundo que pide a gritos ese acto de justicia, más adeptos le ha granjeado. Sin embargo, no todo es positivo. Al contrario. Su radicalidad terminó por convertir el principio en un “igualitarismo” desalentador. Y la política económica basada en la centralización, la carencia de estímulos causada por el igualitarismo en cuestión y la improvisación del Máximo Líder, hizo que la “distribución de riqueza” derivase en una simple distribución de pobreza, disimulada tras el embargo comercial estadounidense que ellos llaman “bloqueo” y un amplio espectro de consignas. Con algunas excepciones: aquéllas que, como la sanidad y la educación, constituían su sello de identidad política; la clase dirigente; la Seguridad del Estado y, por último (que no en último lugar), el Ejército. Excepciones que durante décadas fueron viables por los subsidios soviéticos. En la actualidad apenas se conservan las tres últimas.

Lo que nos lleva a un segundo principio que podemos considerar muy vinculado al anterior y que también se cuenta entre los que más malentendidos ha generado: la “igualdad de oportunidades”. Éste se ha aplicado de modos diversos y, debemos decirlo, integral. Ha abarcado la educación, la sanidad, el derecho al trabajo, etc. Con una objeción: los cubanos y no pocos extranjeros del Tercer Mundo han gozado del derecho al estudio y al trabajo, sí, pero a condición de que sean incondicionales del régimen. Ante la más mínima sombra de duda la oportunidad deja de ser igualitaria y el señalado como sospechoso o “enemigo” es, por así decirlo, expulsado del reino. Queda reducido a persona de tercera o quinta categoría, es tildado de “gusano” o “escoria” y si, según esta regla, el caso lo requiriese, pasa a ser juzgado aplicándosele sumariamente un código penal cuya tupida malla ha sido concebida para que no pase ni la más mínima “impureza”.

(Por cierto, en la sanidad misma ―uno de los grandes logros del régimen, devenido en auténtico mito― la igualdad tampoco es tan igual como parece. No olvidemos que los altos dirigentes y funcionarios del Partido y el Estado han disfrutado y disfrutan de un sistema sanitario que no adolece de las carencias e imperfecciones del que existe para el resto de la población. Recordemos si no el Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), un hospital orientado hacia el exterior (el llamado “turismo médico”) y la dirigencia del país. Ahí fue tratado Fidel Castro durante su enfermedad y hoy mismo podría estar siendo atendido el Presidente venezolano, que al enfermar se encontraba de visita en la isla.)

Hay un tercer principio común a todas las dictaduras y que podemos calificar de principio-trampa. Me refiero a la tan ponderada soberanía. ¿Por qué principio-trampa? Porque en él se subsumen y neutralizan casi todas las presiones de la opinión pública internacional y de Gobiernos democráticos. Aparte de que convierte el nacionalismo (o patriotismo) en un anzuelo en el que ensartar el cebo o coartada perfectos: el fantasma del enemigo exterior. Que, por cierto, muerden no pocos incautos. Es tan eficaz, que no ha existido ni existe dictadura en el mundo que no acuse a sus opositores de estar al servicio de un enemigo externo y, por tanto, en contra de la soberanía nacional. Es como si la idea de un opositor auténtico, que disienta del régimen por sí mismo, como ciudadano libre, fuese imposible. ¿Qué disidente cubano no ha sido acusado de agente de la CIA, mercenario y / o anexionista? Y hay algo más: incluso es un principio que, al menos en el caso cubano, es falso. ¿La prueba? Durante el último medio siglo Cuba ha sido tan o más dependiente que durante su corta y accidentada experiencia republicana. La mayoría, si no todos los experimentos socio-políticos del régimen, han sido posibles gracias a los subsidios exteriores, primero soviéticos y actualmente venezolanos. Y ha pagado un precio muy alto en soberanía por ello. Recordemos la Crisis de Octubre. Recordemos las guerras africanas. En el primer caso Cuba estuvo en la mirilla de una hecatombe nuclear; en el segundo 15.000 cubanos murieron. Todo para servir a los intereses geopolíticos, de índole imperialista, de la URSS.

También hay otro principio, éste de tipo “ideológico”: el ateísmo. La idea marxista de la religión como “opio” de los pueblos y la Iglesia como enemiga por ser su portadora. Más allá de las opiniones que nos merezca la Iglesia en cuanto institución y la religión en cuanto criterio, lo verdaderamente censurable de este fundamento es que ha sido fuente de discriminación y no pocas injusticias.

Y aquí pongamos un Etcétera, que los “principios” de la todavía llamada Revolución Cubana son muchos y todos, si se observan con objetividad, adolecen más o menos de las mismas carencias y contradicciones.

Pero antes de concluir observemos el conjunto. Además de las contradicciones o carencias que he señalado, sucede que en los últimos años algunos de estos principios se han diluido, derivando en otros a veces contradictorios u opuestos. Por ejemplo: el régimen dejó de acosar a los religiosos. Incluso terminó por aceptarlos en las filas del partido que, por definición, es un partido ateo. Últimamente se ha llegado al extremo opuesto y la Iglesia, que en los sesenta y setenta fue objeto de acoso y marginación, ha sido escogida como interlocutor oficial para canalizar algunos temas espinosos. El más reciente fue el de los presos políticos que derivó en lo que sabemos: la excarcelación y el inmediato destierro de decenas de ellos. Y por si fuera poco el General Raúl Castro se deja ver en muchos eventos religiosos. El último fue el acto por el 70 aniversario del Consejo de Iglesias de Cuba, en el que éste y el Presidente de dicho Consejo, el Reverendo Marcial Miguel Hernández, se intercambiaron sendos “regalos”: el Reverendo dio al General su bendición, y el General se lo agradeció al Reverendo.

Si —manteniéndome en el asunto, pero en otra área― pienso en las llamadas reformas económicas actuales que se presentan como el fin del monopolio en la economía y el paternalismo estatal que supuestamente garantizaba el principio de la “igualdad”, y repaso otros cambios anteriores de la misma naturaleza aunque diferente calado, como los que siguieron al derrumbe de la URSS, lo que veo es que el régimen trata los “principios” como una materia maleable. Es como si los enmarcara en una praxis cuyo único valor parece ser el de la eficacia o la conveniencia, según la pragmática del dudoso arte de la política. O, lo que es lo mismo, que los gestiona como si fueran simples herramientas de poder o sobrevivencia. Y los conserva en lo esencial (pese a lo paradójico de la dualidad) como la columna vertebral de un discurso que, cínicamente, y en virtud de esa argucia, permanece casi inalterable.

¿O serán esos los “principios” del fin?


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