Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Religión

Los riesgos extraordinarios de un fanatismo extremo

¿Hasta dónde puede llegar el “retiro espiritual” en un templo de La Habana?

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La libertad de cultos y creencias religiosas es un derecho humano universal y fundamental, que la primera constitución cubana tras la independencia, en 1901, reconocía inequívocamente: “Es libre la profesión de todas las religiones, así como el ejercicio de todos los cultos (…) La iglesia estará separada del Estado, el cual no podrá subvencionar, en caso alguno, ningún culto”.

La Constitución socialista de 1976 reconoció teóricamente esa libertad, pero con condicionamientos: “El Estado socialista (…) reconoce y garantiza la libertad de conciencia, el derecho de cada uno a profesar cualquier creencia religiosa y a practicar, dentro del respeto a la ley, el culto de su preferencia”. Pero enseguida limita esa libertad, en el mismo artículo, al señalar: “Es ilegal y punible oponer la fe o la creencia religiosa a la Revolución, a la educación o al cumplimiento de los deberes de trabajar, defender la patria con las armas, reverenciar sus símbolos y los demás deberes establecidos por la Constitución”.

En estos mismos instantes se está desarrollando una muy compleja situación en La Habana —una de esas “situaciones inusuales”, como acertadamente le llama Haroldo Dilla en estas mismas páginas—. Unos sesenta fieles pentecostales, entre los que se encuentran menores de edad y mujeres embarazadas, guiados por el pastor Braulio Herrera, de la Iglesia Evangélica Asambleas de Dios, se han mantenido voluntariamente recluidos dentro del templo situado en Infanta y Manglar, en “retiro espiritual”, por casi un mes. “Estamos teniendo encuentros lindísimos con Dios y en obediencia a él, santificándonos en armonía del Dios que nos llamó a este lugar por un tiempo que no conocemos”, declaró William, el hijo del pastor, que ha estado actuando como vocero del grupo.

Aunque en los inicios se rumoró, a partir de criterios de un periodista independiente que no parece haber verificado lo que informó, que los problemas venían del choque con su Iglesia porque el pastor hablaba de “derechos humanos”, con posterioridad se ha sabido que este evento no tiene ningún tipo de connotación política o contestataria, y se enmarca estrictamente en el terreno religioso.

El gobierno ha tenido que ser extremadamente cauto en su respuesta, porque no se trata de acciones de la oposición, ni tampoco de actos de delincuencia común, situaciones ambas que podría manejar muy fácilmente utilizando alguna fuerza o llamando al “pueblo enardecido” a vocinglear y golpear. En este caso esas no son soluciones recomendables, debido al alto costo sociopolítico que esas acciones representarían, tanto nacional como internacionalmente: aunque las condiciones fueron completamente diferentes entonces, el asalto armado a una congregación religiosa recluida en Waco, Texas, en tiempos de Bill Clinton, todavía se recuerda amargamente.

Por principios y razonamiento, los enclaustrados están ejerciendo “el derecho de cada uno a profesar cualquier creencia religiosa y a practicar, dentro del respeto a la ley, el culto de su preferencia”. Desde ese punto de vista, nada se puede cuestionar.

Aparentemente, dentro del templo se mantiene estricta disciplina, horarios, clases de matemáticas e inglés a los menores, ninguna situación sanitaria peligrosa y ninguna preocupación alarmante. Hay reservas de alimentos y agua, y es de suponer que se mantiene un mínimo de higiene en esa convivencia. Las imágenes del interior del templo, que se han logrado al abrirse puertas al exterior, muestran a creyentes cantando, felices, extasiados en su encuentro con su Dios. Nada que reprochar… por el momento.

Pero, ¡atención!, que en Cuba todo es político, siempre, y quienes dependen a ese extremo de su propio Dios no necesitan para nada ni al Gobierno ni al Partido, lo que puede resultar “muy peligroso”.

El régimen podría alegar, en cualquier momento, que esos niños no están asistiendo a la escuela, que las condiciones sanitarias dentro del templo no se corresponden con “los logros de la Revolución”, que el pastor tiene cuentas pendientes con los tribunales por “ocupación ilegal” del templo, o que Clark Kent es Supermán, es decir, cualquier cosa.

Pero, para no irnos de un solo lado en el análisis, pensemos también que nada garantiza que los voluntariamente recluidos, fanáticamente “iluminados” por su pastor, no decidan permanecer en su retiro, sin condiciones ni alimentos, hasta el fallecimiento colectivo, ya que su Dios los “llamó a este lugar por un tiempo que no conocemos”.

Entonces, ante un dilema de esa naturaleza, ¿qué sería lo “políticamente correcto” por parte del gobierno? ¿Respetar la fanática voluntad de los recluidos y dejarlos fallecer iluminadamente felices, o forzar los acontecimientos y terminar el “retiro espiritual” a la fuerza?

Estoy seguro que los que comenten sobre este artículo tendrán la respuesta absoluta, incuestionable y definitiva, como casi siempre, a esta interrogante. Yo, por mi parte, que siempre prefiero tener más preguntas que respuestas, no estoy tan convencido de que la libertad religiosa a la que todos tenemos derecho pueda incluir hasta el suicidio fanático en aras de una abstracta “purificación espiritual”.

Sin embargo, esa es sólo mi opinión, que vale tanto como la de todos los que piensan diferente, no más.


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