Actualizado: 18/07/2019 14:23
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Cambios, Derechos humanos

Los tecnócratas cubanos y el “modelo marroquí”

Para los tecnócratas cubanos ni la democracia autogestionaria ni la liberal sirven para nada

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En noviembre del año pasado conversaba con un catedrático de la Universidad de Venecia que me proponía para Cuba el modelo marroquí. Ante mi cara de espanto el catedrático me explicó lo que él consideraba plausible para el caso cubano. Un Estado centralizador (absolutista) que garantizara que la población no muriera de hambre y que los derechos políticos serían permitidos poco a poco de manera escalonada, subordinados siempre a las condiciones de riqueza que tuviera el Estado repartidor. La democracia ya se probó que no sirve, entonces ese no es un tema importante, me decía con toda convicción. La oleada revolucionaria de los países árabes creo que ha dejado a mi colega “colgado del pincel” y sin andamios.

Mi asombro no solo tenía que ver con las distancias históricas y culturales entre los dos países, en definitiva Cuba ha copiado hasta el suspiro de experiencias ajenas a nuestras raíces culturales e históricas, mi repulsión era sobre todo al menosprecio de la democracia, como pasada de moda o un tema que habría demostrado su ineficacia para resolver los problemas de los pueblos.

Esta aversión a las instituciones democráticas liberales y a los derechos que conceden, ha sido recurrente en muchos intelectuales, dirigentes y activistas de la izquierda del siglo XX, como si el carácter revolucionario de la democracia liberal no hubiera sido reconocido por Carlos Marx y Rosa Luxemburgo, por citar solo dos exponentes del pensamiento marxista. Marx aplaudió a la clase burguesa porque había sido capaz de generar tesoros materiales y culturales, inventado los derechos humanos, emancipado a los esclavos, derrocado a los autócratas, desmantelado los imperios, luchado y muerto por la libertad humana, y había sentado las bases de una civilización verdaderamente global. Elogios “olvidados” por sus seguidores y detractores. Rosa por su parte dejó claro que la democracia socialista era la expansión de las instituciones y libertades burguesas y no su cancelación.

El mismo “olvido” sobre la democracia parece ser el análisis que nos proponen los tecnócratas cubanos.

En la revista Temas Nº 65, enero- marzo 2011, aparece un debate realizado el 30 de septiembre del 2010: “El Período Especial veinte años después” que contó con los economistas Juan Triana, José Luis Rodríguez y la socióloga Mayra Espina. El coordinador del debate fue Rafael Hernández.

La visión de los economistas

Ambos elaboran sus intervenciones desde una posición técnica de la economía, manejando indicadores macroeconómicos y priorizando las urgencias del equilibrio financiero. En eso podrían ser buenos asesores del FMI.

Hay diferencia entre ellos:

Juan Triana al menos constata que las políticas económicas de los últimos veinte años han sido erráticas aunque su propuesta de solución sean medidas cortoplacistas. Señala también que es poco probable conocer en qué medida los estudios económicos hechos por varios grupos e instituciones fueron tomados en cuenta por la dirección política: algunos sí, ¿otros no? no puede hablar con certeza.

José Luis Rodríguez valida la sabiduría de las políticas del período en el cual fue ministro de Economía, la época de la Batalla de ideas, —el más errático desde el punto de vista económico y político de los últimos 50 años de la República— y todo desde la óptica de cómo ve la dirección del país la realidad. En eso sigue siendo un “buen” ministro de la élite política cubana. Llama la atención su respuesta contra la autogestión yugoslava para decir que es un disparate citando al Che. Para los tecnócratas cubanos ni la democracia autogestionaria ni la liberal sirven para nada.

La visión de la socióloga Mayra Espina.

La sensibilidad hacia lo social hace sus intervenciones mucho más realistas que las de sus colegas. Analizar el impacto de la crisis con una franja de pobreza en 20 por ciento de la población cubana o en un 40 por ciento según estudios de instituciones económicas, y lamenta el poco acceso a esa información y no solo para los especialistas sino también para la población, levanta el problema del “olvido” del impacto social de la crisis en los análisis y en las políticas redistributivas de la dirección política pero también de los tecnócratas. Para estos actores, el enfoque de lo social es solo una frase de pasada.

Otro aspecto relevante de su intervención es la dificultad continua del diálogo entre los estudios de ciencias sociales y la toma de decisiones de la dirección del país. Es el mismo problema que tenía la experiencia soviética, por eso cuando se derrumbó gran parte de la humanidad no entendió la facilidad con que se pasó de un sistema al otro. Aunque desechar los estudios de los especialistas es un asunto grave pero no el único para la sobrevivencia de la población. Y esto nos conduce a la otra parte del asunto.

La única que entiende que sin democracia, sin la participación real de la población en las decisiones se acumulan más tensiones sociales y desastres económicos es la socióloga. Los tecnócratas validan la realidad con la reducción simplona de que la prueba del éxito de las políticas desde hace 20 años es que el régimen no se ha caído, su legitimidad se asienta en esta postura de bodeguero y posponen el tema de la democratización para cuando haya frijoles que repartir en la misma secuencia del “modelo marroquí”.

Del público y sus intervenciones.

La intervención de un médico cubano de 26 años vale oro. Cito algunas partes por razón de espacio:

“(…) Uno de los problemas más importantes que veo es la falta de un programa de desarrollo propio, económico, político, social, del modelo cubano. Dependemos mucho de situaciones externas. Nuestro modelo ha estado expuesto a la crisis del campo socialista; si mañana hubiera una crisis en Venezuela, me pregunto qué pasará aquí. Nos falta desarrollo autóctono de lo que creemos como modelo… Si hoy 66 por ciento de nuestros trabajadores están vinculados al sector no productivo, si 17 por ciento son funcionarios y no responden a la realidad concreta de nuestro país, esto ha sido consecuencia de una mala política —económica, social, o de otra naturaleza”.

“En nuestro sistema actual, las correcciones y las reformas políticas dependen de la voluntad de los líderes, no de nosotros mismos…”. (…) “No deberíamos depender solo de las voluntades políticas de personas que, por muy inteligentes que puedan ser, no cogen la guagua, no comen lo mismo que nosotros”. (…) “¿Quiénes van a juzgar las decisiones, quiénes van a hacer las correcciones necesarias a las políticas? ¿Los mismos que las toman?” (…) “Quizás para las personas de 70 u 80 años no sea preocupante, pero para mí, que tengo 26, es mi principal preocupación”.

Este desfase entre el tiempo histórico de la dirigencia cubana y sus tecnócratas y el tiempo real de vida de 11 millones de cubanos bien demuestra las graves diferencias sociales económicas y políticas entre “ellos” y el resto de la sociedad. De seguro si la élite política del país y sus ministros hubieran entrado “ellos” en período especial en 1990, las políticas de liberalización económica que ahora se proponen se hubieran aplicado al año de empezar la crisis.

Dice un amigo sabio, que la palabra pobreza no aparece en los Lineamientos y la palabra socialismo una sola vez. Para los buenos entendedores, el silencio y la pobreza en las palabras indican las prioridades de intereses de los que se pronuncian y en este caso toman las decisiones. La transición hacia un capitalismo de estado es la prioridad y el pequeño problema es que en esta variante la población es la que sigue asumiendo los graves costos del ajuste que no es otra cosa que “la pesadilla” de la vida cotidiana. La democratización no tiene nada que ver con la agenda de la dirección cubana ni de sus tecnócratas. Reconocer su importancia es ir en contra de sus intereses.

Esperemos que aprendan del “modelo marroquí”. A esta altura del juego, quedarse “colgado del pincel” y sin andamios además de un ridículo mayor, es sobre todo demostrar el menosprecio que sienten por las urgencias de la población.


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