Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Educación

M antes de P y B

¿Cómo revertir la nociva tendencia que hipoteca la Cuba del 2015 y las décadas sucesivas?

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Las deprimentes estadísticas sobre la escasez de maestros y profesores en la antes potencia educativa latinoamericana sólo son la punta del iceberg. Debajo —inmenso y rugiente— se halla un congelador: el deplorable nivel de conocimientos pedagógicos y didácticos; el marco obsoleto de referencias dentro de las asignaturas —matemáticas, física, química…—; la carencia del hábito de lectura, de cultura general por falta de curiosidad intelectual; y la escandalosa falta de urbanidad.

Cuba está más lejos de aquellos años sesenta en que masividad y gratuidad aún no se divorciaban de calidad en el circuito enseñanza-aprendizaje, de constante retroalimentación científica. Aunque ya entonces la desmedida politización-ideologización empañaba la formación de las promociones emergentes, un excelente substrato académico nacional —que se remontaba al siglo XIX— y la ayuda del "campo socialista" —sobre todo de la República Democrática Alemana— permitieron la feliz unión.

Asistimos al derrumbe, tras el terremoto económico de los noventa. Da vergüenza el sistema nacional de educación. Las informaciones que nos llegan —hasta por la prensa oficial— argumentan el cataclismo. Ciudad de La Habana acusa un déficit de más de 8.000 maestros y profesores, según Granma.

Pero no sólo hay pocos maestros, tampoco se cuenta con planes de estudio, programas y textos rigurosos y actualizados. En una disciplina instrumental como español —que conozco con cierta solvencia— revisar la bibliografía al uso en la enseñanza media parece una visita al museo de cera, cuando ya en 1969 Cuba se situaba como el primer país latinoamericano en utilizar la "programación del aprendizaje" para dinamizar interactivamente las clases de expresión oral y escrita.

Tampoco hay muchos especialistas capaces de dirigir el Ministerio de Educación y el Ministerio de Educación Superior. Tampoco directores de las escuelas, decanos y rectores de las universidades. La indigencia asola el imprescindible campo de las investigaciones pedagógicas y didácticas. Estar al día apenas se aguanta de ayer, como un fenómeno derivado de la obsolescencia del sistema, de la precariedad derivada de subordinar todo al control político.

El diagnóstico —aun para los más optimistas— arroja curvas de perigeo en los índices centrales: creatividad, capacidad analógica, conocimientos instrumentales, destrezas operativas… Los funcionarios apenas chapotean entre cifras huecas, referencias al pasado y desplazamientos de culpa —bloqueo o embargo, crisis financiera global, tres huracanes— o datos del África subsahariana, guetos en las periferias de grandes urbes, zonas rurales intrincadas en América Latina, países como Haití.

La preocupación de los más cultos padres y abuelos, cuando sobrevivir les deja espacio mental, aunque en primer lugar atañe a la profesionalidad del educador, incluye las directivas y metodologías, la no formulación de objetivos plausibles y la torpe utilización de la tecnología educativa en función del aprendizaje individual.

Una evidencia se halla en las Memorias de recientes eventos pedagógicos, en pronósticos de cierre del semestre de las Direcciones Provinciales y Municipales de Educación, y en lo que se filtra en los medios, en particular en periódicos no capitalinos. Con justificada timidez dan a conocer indicadores elocuentes, como la proliferación de repasadores particulares y la baja matrícula en los Institutos Pedagógicos.

Cierto profesor universitario me escribe de las recientes pruebas de ingreso a su especialidad humanística. Pronto les "bajó" la orientación que ordenaba una benevolencia evaluativa digna de San Francisco de Asís. La redacción de muchos egresados de preuniversitario —no ya las faltas de ortografía— mostraba errores sintácticos típicos de estructuras de pensamiento dispersas, sin la menor coherencia lógica. Arroz con mango.

Una lista larga y ancha

¿Qué hacer? ¿Cómo revertir la nociva tendencia que hipoteca la Cuba del 2015 y las décadas sucesivas? ¿Cómo eliminar la política triunfalista que tanto afecta al sistema de educación? ¿Hay soluciones?

Pero antes el país exige una nueva constitución que borre la pesadilla comunista, su olímpica capacidad para no incentivar. De ahí saldrán programas, textos y clases menos mediatizados por ideologías cerradas, un clima mucho más limpio para la confrontación libre de ideas, para la pluralidad apreciativa y el diálogo crítico.

Es necesario que desaparezca, emigre o se jubile de verdad el Castro mayor, el menor y su anciana corte guerrillera. Pero lo sensato, mientras tanto, es urdir soluciones con variantes; bocetos que alguna vez pueden convertirse en proyectos concretos, a discutir sin orejeras ni invocaciones autoritaristas.

Tal vez todo comience por desmontar las estructuras piramidales de dirección, que "suban" y cesen de "bajar" las decisiones sobre planes, programas y textos escolares. Un sindicato autónomo posibilitaría que los cuadros de dirección fueran elegidos por los propios trabajadores de la educación. El raro sustantivo autonomía —que alcanzaron parcialmente nuestras universidades antes de 1959— podría ser el estandarte del cambio, desde la más humilde escuela primaria de Niquero hasta las escuelas-vitrinas que hoy manipula la Comisión Cubana de la UNESCO, que ya ni de propaganda sirven mucho.

A la vez hay que sanear la economía del sistema educacional, a favor de incrementos salariales y otros estímulos al personal docente. Mucho aportaría el desmantelamiento del caro y absurdo sistema de escuelas en y al campo, negación de la mayoritaria (85%) población urbana de Cuba, foco del desgajamiento familiar, generador de promiscuidades y traumas, de permanente inestabilidad del claustro, de crímenes, suicidios y violaciones que aún se ocultan.

La lista es larga y ancha. Incluye la participación de los más destacados maestros y profesores cubanos del exilio, cuya experiencia fertilizará las comisiones de análisis por niveles y asignaturas, la formación de un nuevo sistema educacional a la altura del mundo actual. Incluye también la apertura sin prejuicios nacionalistas extemporáneos a lo mejor que se esté haciendo en enseñanza, esté en Harvard o en Tokio, en la Universidad a Distancia de Madrid o en Buenos Aires.

¿Pesimismo? Muchísimo… Aunque el sitio web del MINED declara logros que ni en Suiza, se puede ir proyectando la transición: ideas para salir del hueco. Su profundidad no debe amilanarnos, a pesar de que hasta egresados universitarios olviden que antes de P y B se escribe M.


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