Actualizado: 20/02/2020 21:12
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Gobernadores, República, Nación

«María Cristina» quiere gobernar

La “Marca Cuba” debe ser vendida como una república moderna y pacífica

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María Cristina me quiere gobernar
Yo le sigo, le sigo la corriente
Porque no quiero que diga la gente
¡Ay!, que María Cristina me quiere gobernar

La famosa canción que Ñico Saquito popularizó en los años 30, en realidad son estrofas con siglo y medio de existencia. Se las dedicaron a María Cristina de Borbón, una ampulosa reina y regente de España de 1833 a 1840. La borbónica nunca tuvo poder ni inteligencia para evitar las guerras civiles que desangraron España en el siglo XIX —llamadas Guerras Carlistas. Al final abdicó y se instaló en París. La guaracha de Benito Antonio Fernández —el verdadero nombre de Ñico— nos recuerda que la autoridad es respetada y seguida cuando hay razones y no imposiciones.

Dentro de la estrategia de hacer parecer al régimen cubano una república y no una dictadura comunista, monolítica y desfasada en espacio y tiempo, la nueva Constitución ha instituido la figura del gobernador y el vicegobernador. Son pasos cortos, pero bien pensados y estructurados. Han incluido algo tan simbólico como reparar el Capitolio Nacional y hacerlo, nuevamente, sede del parlamento.

Antes fue la designación de un presidente y un primer ministro. Recientemente se ha añadido a esta larga cadena burocrática —encadenamiento improductivo— el cargo de intendente, cuyas funciones son tan diversas como intangibles. Cualquier hijo de vecino tendría que pensar que todo aquel proyecto de institucionalizar el país con el llamado Poder Popular hace 44 años fue un fracaso, de nada sirvió. O quizás se trate, y sin excluir lo anterior, de una operación de marketing político: establecer una nueva Marca Cuba.

Esos caminos en busca de una institucionalidad democrática, separación de poderes, sería bienvenida sino fuera por la enorme contradicción que encierra: poco importa que haya Ejecutivo, Parlamento y Poder Judicial, la “última palabra” está reservada al Partido Comunista, que es “único, martiano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”.

En una votación que solo compete a los asambleístas municipales, quienes como el parlamento unicameral nacional tienden a votar unánimemente, han sido escogidos los gobernadores y los vicegobernadores en la Isla. Un breve examen de los “elegidos” muestra una simpática singularidad: todos son parejas, hombres y mujeres. Si ella no gobierna, “vicegobierna” para que él gobierne. Da la impresión de que a la llamada comisión de candidatura se le orientó que cada gobernador(a) debía acompañarse del sexo opuesto. Las celotipias no tienen cabida entre los compañeros.

Aun así, las mujeres gobernadoras siguen en desventaja: solo hay cuatro contra 11 gobernadores. Tampoco la tan mentada igualdad racial se ha alcanzado —en Cuba la pureza étnica es de difícil diagnóstico. Apenas tres o cuatro gobernadores son de raza negra o mestiza en una población donde poco más de la mitad es reconocida como “blanca”.

El Órgano Oficial, sin embargo, se ha deleitado con que el grupo etario que supuestamente gobernará la Isla ha nacido después de la Revolución, o sea, 1959. Y este es un detalle que no debe pasar inadvertido por dos razones: primera, hay una intención de dar la imagen de cambio, de renovación, de que los “viejos” ya no cuentan, aunque sepamos que el poder real, como reza la Constitución, sigue en manos de los bisabuelos. Esto refuerza lo expuesto en los párrafos anteriores: la Marca Cuba debe ser vendida como una república moderna y pacífica. La inversión extranjera y los bancos son alérgicos al internacionalismo proletario y al Socialismo o Muerte.

Segunda, la generación que ahora asume nominalmente el gobierno ha sido educada, completa —y rígidamente— en los “valores y principios revolucionarios”. Este es un dato que no puede ser olvidado, y no por bueno, sino todo lo contrario. No es debido a su poca preparación profesional, o técnica, pues la mayoría son universitarios y poseen una extensa hoja de servicios.

Se trata, precisamente, de valores y principios de talante totalitario, inflexibles, excluyentes de todo pensamiento contrario. Para ellos, la “Revolución” está por encima de todo y de todos. Esa entelequia, la llamada Revolución cubana —desaparecida como realidad histórica—, está antes que el derecho humano de un vecino a disentir e incluso mantener relaciones con un familiar que piense distinto. Todos los opositores son feos, delincuentes, adictos a las drogas, antisociales que, a cambio de dañar la paz social y el bienestar de la Isla, reciben dinero del Imperio. Para esas generaciones, además, no hay otro enemigo que no sean los Estados Unidos. Ellos, los americanos, quieren apoderarse de una Isla —en ruinas—, y esclavizar a sus ciudadanos.

Otro “principio” es que la figura del Difunto es intocable, y sus palabras son aleyas, versículos sagrados, venerables revelaciones. Y no solo es la palabra divina del Desparecido. Quien ocupe el trono del Partido Único asume, automáticamente, el don de la profecía; predicciones que anuncian el momento final del capitalismo en crisis, pues la sociedad de mercado —a la cual ruegan por inversiones— es intrínsecamente mala, perversa, insostenible. Solo el socialismo es capaz de sacar adelante al país: por obra y gracia de la alquimia comunista, los detritos capitalistas serán convertidos en oro socialista.

El dilema para los gobernadores y vicegobernadores será administrar de verdad y con la verdad. Lejos de reducir el aparato burocrático, esa legión de parásitos que se alimentan de papeles y órdenes absurdas, pudiera entorpecer la imprescindible tarea de reducir al mínimo la esfera no productiva. La administración debe organizarse de abajo hacia arriba, y no al revés. Sucedáneo de lo que sería un presidente a nivel local, el gobernador debe tener ascendencia sobre todo el territorio bajo su potestad. Eso, en la estructura de la autoridad en la Isla podría ser un choque inevitable con otras organizaciones de poder real. Pero en un régimen totalitario tal posibilidad se reduce al mínimo, pues cual trinidad autocrática, Partido, Ejército y Gobierno son tres cosas en una.

¿Qué margen de maniobra tendrán estos nuevos regentes? Ojalá sea mucha, la suficiente para servir al pueblo, no una elite, un partido político, a un líder iluminado. ¿Podrán pedir cuentas a las empresas de GAESA en su provincia? ¿Conocerá y discutirá el presupuesto del Ejército y del Ministerio del Interior? ¿Se enfrentará a la clásica duplicidad Administración-Partido, donde uno suplanta las funciones del otro? ¿Podrá pedir explicaciones a la policía, a la seguridad del Estado, a los militares que maltraten a quienes expresan su disenso pacíficamente? ¿Cómo y cuan eficazmente administrará el presupuesto manejando dos o tres monedas, y una de ellas, la del “enemigo”, controlada a nivel central del Estado? Ser gobernador y no presidente de la asamblea provincial, ¿un cambio estructural o gatopardiano?

Teniendo en cuenta el escenario actual, nada halagüeño para la economía cubana, lo lógico, lo razonable, no sería limitarse a una operación de marketing, sino incentivar la producción recurriendo al único método conocido y probado: mayor libertad individual con responsabilidad social. Si desean tener éxito, los flamantes gobernadores deberían inmunizarse contra el virus mortal del socialismo: la prioridad de lo político, del figurao, sobre lo económico, sobre el plato de comida en la mesa —y de paso, el vasito de leche también. La Doctrina Social de la Iglesia tiene un principio que debería ser aplicado sin dilaciones: tanta libertad individual como sea posible, tanta autoridad y control como sea imprescindible.

El hecho de que los nuevos dirigentes tengan una formación “revolucionaria” tal vez los incapacite para pensar fuera de la caja martiana, fidelista, marxista y leninista. Solo que dentro de esa caja es imposible seguir respirando por mucho tiempo. Tendrán que salirse de ella para no asfixiar a todo un pueblo. Dado el no compromiso generacional con quienes se van retirando a otra existencia, de uno en fondo y sin tomar distancia, los nuevos regentes podrían romper las estrechas paredes del cajón donde han encerrado por seis décadas las esperanzas y la felicidad de los cubanos. Esa es la visión optimista de quienes creen que los cambios son inevitables. Los escépticos dirán, como Francis Bacon, que en materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para mejorar.


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