Actualizado: 10/12/2018 18:40
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Cine, Cine cubano, Martí, Yimit Ramírez

Martí, el mojón y la película

Al igual que toda entidad con poder de publicar, el ICAIC selecciona lo que venga en ganas para exhibir o engavetar. Sólo que, si se lanza a justificar la decisión, entonces tiene que dar buenos argumentos

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La ópera prima de Yimit Ramírez, Quiero hacer una película, es una película en proceso financiada con unos $10.800 donados por 170 personas. Tras solicitarse al ICAIC su exhibición fuera de concurso en el evento la Muestra Joven 2018, se armó la desagradable por esta escena:

Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón, Neysi. José Martí es un mojón, de verdad.

Neisy Alpízar: ¿Verdad, Papi?

TAR: José Martí es un mojón. José Martí no se reía, mi’ja.

NA: ¿Qué tú sabes?

TAR: José Martí es… era maricón.

NA: Está bien. ¿Y por qué no?

Para la presidencia del ICAIC, “un insulto a Martí, sea el que sea y en el contexto que sea, es un asunto que no solo concierne al ICAIC, sino a toda nuestra sociedad y a todos lo que el mundo comparten sus valores. No es algo que pueda admitirse simplemente como expresión de la libertad de creación”.

Sólo que no tiene sentido ir contra una película si “un personaje se expresa de forma inaceptable sobre José Martí”, máxime si el otro personaje pone en entredicho las razones de aquel. Para sostener que “rechaza cualquier expresión de irrespeto a los símbolos patrios y a las principales figuras de nuestra historia”, el ICAIC tiene que dar el brinco de un diálogo fugaz —entre personajes con opiniones más bien encontradas— a la película como irrespetuosa de Martí. Y por lo demás, un Martí libre de insultos es pura superchería:

  • Enrique Collazo y tres oficiales mambises tildaron a Martí, en carta pública, de que “no cumplió con los deberes de cubano [y] prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México, ejercer en La Habana su profesión de abogado (…) o alejar su persona del peligro, en vez de empuñar un rifle…”, amén de acusarlo de estar “adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros [y] dando lecciones de patriotismo en la emigración”.
  • Máximo Gómez soltó en medio del campamento mambí La Travesía: “Martí no será Presidente mientras yo esté vivo[,] porque yo no sé qué le pasa a los presidentes que en cuanto llegan ya se echan a perder…”
  • Juan Marinello tachó a Martí como “defensor de los poderosos, [aunque] sin saber ni desearlo”.

Junto a otros muchos, los insultos de miedoso, incapaz de ser presidente sin echarse a perder o tan despistado en la defensa de intereses fueron peripecias vitales que enfrentó Martí y mucho más agudas que la mojonería y la mariconería en boca de un personaje simplón que no da otro fundamento que la ausencia de sonrisa en la fototeca de Martí, salvo aquella en la cincografía de 1789 con su hijo.

Censura inconstitucional

Al igual que toda entidad con poder de publicar, el ICAIC selecciona lo que venga en ganas para exhibir o engavetar. Sólo que, si se lanza a justificar la decisión, entonces tiene que dar buenos argumentos. Eso de que “rechaza cualquier expresión de irrespeto” —no ya de gente de carne y hueso, sino de meros personajes— es cosa de película: va contra la propia constitución vigente.

Dizque la creación artística es libre, “siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución” (Artículo 39.ch). Nadie en sus cabales se tragaría que aquel diálogo peliculero va en contra de la revolución, pero si la presidencia del ICAIC coge al toro cinematográfico de Ramírez por sus cuernos irrespetuosos, entonces tiene que ser consecuente.

Difamar, denigrar o menospreciar a “los héroes y mártires de la Patria” no es cosita de declaraciones para las graderías, sino de acción penal (Código Penal, Artículo 204). Así que sólo cabe una de dos: o Ramírez delinquió por difamar, denigrar o menospreciar a Martí, o no lo hizo. Como la presidencia del ICAIC sabe que sería temerario dárselas de acusadora, recurre al ardid de empinarse como veladora de la patria y de la historia, que de este modo acaban ensuciándose con una declaración encubridora de que algo tan simple como que el diálogo no gustó a los administradores de la cultura o acaso les gustó, pero temen que no caiga bien más arriba en la escala jerárquica.

Coda

Martí consideraba meritorio no “adelantar censura que no vaya recta al blanco ni censurar mucho, y por poca causa, sino cuando la causa sobra”. La presidencia del ICAIC y su comparsa mediática se asemejan a Tony Alonso Ramírez, quien cerró aquel diálogo en la película con que “no creo en Martí [ni] soy martiano”.


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