Actualizado: 22/09/2020 8:54
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Martí, Independencia, Muerte

Martí y la sangre

El tiempo pasó y el cadáver de Martí dista ya de causar espanto o frenesí

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Ustedes sí tienen a Martí llorando sangre
Aldo el Aldeano y Silvito el Libre

El domingo 19 de mayo de 1895, la sangre de Martí se derramó en un potrero de Boca de Dos Ríos al recibir un balazo que fracturó el esternón y salió por el cuarto espacio intercostal; otro que salió por el labio superior tras entrar por debajo de la barbilla —por tener la cabeza hiperextendida en virtud del impacto anterior— y otro más en la parte posterior del tercio inferior del muslo, al pasar la pierna derecha por encima del caballo en la caída.

Tiempos de cambio

En vez de dejar a Martí al frente y cuidado del campamento mambí de Vuelta Grande, como había hecho ya el viernes 17 por salir de Dos Ríos con todos los caballos disponibles a hostigar un convoy español, el General en Jefe Máximo Gómez dejó aquel domingo al coronel Francisco Estrada con su tropa protegiendo el acceso al campamento y dejó que Martí tomara parte —con grado de mayor general, pero sin tropa— en la acción irrelevante de salir a batirse con la columna enemiga que, luego de llevar el convoy hasta su destino sin ser hostigada, cambió de rumbo y enfiló hacia Dos Ríos creyendo que los insurrectos acampaban allí.

El campamento mambí se había trasladado a Vuelta Grande, durante la noche del sábado 18 y la madrugada del 19, porque no había pasto suficiente en Dos Ríos para los trescientos o más caballos con que arribó el mayor general Bartolomé Masó. La caballería entera cruzó el río Contramaestre hacia el oeste para acampar en los mejores prados de Vuelta Grande.

Nada sabía el jefe de la columna española, coronel José Ximénez de Sandoval, pero Gómez se enteró enseguida por aviso —su último escrito conocido— que Martí envió con mensajero. Gómez llegaría a Vuelta Grande casi al mediodía y su encuentro con Masó, según el cronista de la guerra José Miró Argenter, devino en parada militar que incluyó discurso en que Martí soltó: “¡Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en la cruz!”

La cruz maldita

Ya en el almuerzo se oyeron algunos tiros lejanos y llegó la noticia de que una columna enemiga enrumbaba hacia Dos Ríos. Como allí el Contramaestre confluye con el Cauto, la clave táctica era salir de Vuelta Grande y cruzar el Contramaestre hacia el este por detrás de los españoles, a fin de cercarlos por su retaguardia y flanco derecho. Su vanguardia y flanco izquierdo quedarían entonces contra el Cauto y el Contramaestre, respectivamente, y rifleros en las orillas opuestas de ambos ríos amargarían todavía más la vida del coronel Ximénez de Sandoval.

La vanguardia de la columna mambisa avanzaba más allá del Paso del Salvial cuando las fuerzas del centro —con Gómez y el resto del generalato: Masó, Martí y Francisco Borrero— llegaban al paso anterior de Santa Úrsula y por allí cruzaron imprudentemente el Contramaestre a la altura de las posiciones enemigas. Gómez relataría: “Ordené al general Borrero que atacara por la derecha y yo lo hice por la izquierda”, así como que “Martí siguió por el centro, acompañado del ayudante Guardia, un loco, en tanto Masó se abstenía de seguirlo o apoyarlo en el avance, y se puso lejos del peligro” [Ver Infografía].

El suboficial Ángel de la Guardia, ayudante de Masó, acompañó a Martí en su cabalgata hacia la muerte y no dejó testimonio directo, pero su hermano —también ayudante de Masó— sí que atestiguaría por escrito la muerte del Apóstol. Y lo hizo de manera plausible, al margen de todo bombo y platillo en periódicos y revistas. El campesino Dominador de la Guardia fechó el 11 de marzo de 1916 en Niquero una carta al Dr. Eligio Palma, quien indagaba cómo había muerto su paciente y amigo. Así explica en qué cruz clavaron a Martí aquel 19 de mayo [1].

  • El práctico de la vanguardia, al llegar al primer paso del Contramaestre, dijo que por allí no se podía pasar y siguió la marcha a buscar otro paso. Al llegar el general Gómez con su práctico, este último aseguró que por allí podía vadearse el río.
  • Gómez dijo: “Pues pasemos” y sería el primero en echarse al Contramaestre junto con el práctico. “¡Aquello fue el delirio! Los jefes y oficiales no quisieron quedarse atrás y cada uno espoleó su caballo y se perdió la formación”.
  • Al otro lado del río acampaba la avanzada española, que hizo una descarga y se dio a la fuga. El grueso de las fuerzas del coronel Ximénez de Sandolval esperaba en formación cerrada de tres líneas y rompió el fuego. A la orden del general Gómez, los mambises se detuvieron. En ese momento el general Masó estaba al lado del general Gómez. Este le dijo a Martí: “¡Aquí!”, y le señaló detrás de él, como para ampararlo con su cuerpo. “Yo estaba al lado del general Masó y mi hermano Ángel al lado mío y junto a Martí”.
  • Al romperse el fuego contra los españoles, Martí convidó a mi hermano Ángel a seguir adelante y así lo hicieron. “Con el humo de los disparos no nos dimos cuenta de su avance y se adelantaron a nosotros como cincuenta metros”. Así presentaron un blanco magnífico a las fuerzas españolas y estas les hicieron una descarga cerrada. Martí cayó y “Angelito trató de cargarlo, pero no pudo”.
  • Entonces dio espaldas al enemigo para venir adonde nosotros en su caballo, que casi no podía caminar. Al darnos finalmente la noticia de la muerte de Martí, los españoles llegaban ya adonde estaba el cadáver.

No hay enigma en Dos Ríos

De nada vale justificar la caída de Martí con que decidió correr al combate, pues el quid estriba en que fue el único mambí que murió aquel día. La simple recomendación, advertencia, orden, consejo, indicación o lo que sea, de ponerse detrás de Gómez o quedarse atrás no bastaba para orientar a quien recibe su bautismo de fuego en la situación nunca vista de mayor general sin un solo soldado bajo su mando.

La víspera Martí había plasmado —en su famosa carta inconclusa a Manuel Mercado— la máxima prioridad de su andar por aquellos potreros: “Seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas”. Para el 22 de agosto de 1895, desde Ciego de Najasa (Camagüey), el General en Jefe mandaba por carta su valoración al sucesor de Martí en la jefatura del Partido Revolucionario Cubano, Tomás Estrada Palma:

“Lo que hizo Martí es nada, lo que usted tiene que hacer ahora es lo gordo. Aquello fue la incubación, ahora es llegada la hora del parto, que después de su fracaso (el pobre) tiene que ser muy laborioso. Porque Martí, aunque no es tiempo de juzgar, empezó a torcerse y fracasar desde la Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos (…) Pudiera decirse que los amigos de Martí, que alocados lo endiosaban, lo empujaron a ocupar un lugar que no era el suyo y donde pereció sin beneficio para la patria y sin gloria para él” [2].

Coda

La asamblea de delegados del pueblo cubano visible sesionaría del 13 al 18 de septiembre de 1895 en Jimaguayú sin que ninguna de sus actas recogiera tan siquiera una referencia a Martí [3]. Hoy sus restos son hasta polvo iluminado para muchos, mientras que otros optan por tirotear su estatua en Washington y por embarrar sus bustos en La Habana con sangre de cerdo. Al cabo el tiempo pasó y el cadáver de Martí dista ya de causar espanto o frenesí.

Notas

[1] Ubieta, Enrique: Efemérides de la revolución cubana, La Moderna Poesía (1920), Tomo IV.

[2] Primelles, León: La revolución del 95 según la correspondencia de la delegación cubana en Nueva York, La Habanera (1932).

[3] Llaverías, Joaquín: Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la guerra de independencia, Siglo XX (1928), Tomo I.


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