Actualizado: 10/04/2020 14:03
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Embargo, Política, EEUU

Más se perdió en Cuba

¿Está comenzando a perderse el miedo en Cuba?

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El que vive de esperanzas
corre el riesgo de morirse de hambre.
Benjamín Franklin

Pocas dudas caben que el embargo norteamericano afecta tanto al gobierno como al pueblo de Cuba. Al primero porque limita sus recursos para reprimir y mantener una casta política en el poder por más de medio siglo. Al segundo, porque como cualquier secuestrado, padece directa o indirectamente las privaciones dirigidas a los captores. Es un dilema moral de difícil solución. No se trata de hacer un bien provocando el mal, quizás necesario. Se trata, como en un vulgar secuestro, de rescatar la victima al menor costo posible, humano y material.

Hay dos verdades incontrovertibles y contrapuestas en este conflicto: uno, el régimen jamás consultará al pueblo seriamente. Como hasta ahora, nunca habrá elecciones con varias opciones políticas o candidatos contrarios al Partido Comunista. Cual rehén, los cubanos han sido incapacitados para escoger hasta lo que quieren comer. Dos, el gobierno norteamericano, cualquiera que sea, no puede suspender el embargo o “bloqueo” aunque quiera. Es una ley que solo el Congreso puede modificar. En el selecto grupo de cien senadores que representan a 230 millones de habitantes hay tres cubanoamericanos. Algún añadido: el norteamericano perdona, pero no olvida. Un ticket de tráfico puede acompañarlo toda la vida.

Y porque no olvida, hace seis décadas el país más poderoso de la tierra sufrió el mayor desplante y “derrota” moral de la cual se tuviera memoria: el 17 de agosto de 1960 el “pueblo enardecido” se concentró frente a la Cuban Telephone Company en la calle Dragones de la Habana y retiró el letrero de la compañía. Sin casualidad, otro grupo por “iniciativa propia” arrancó el anuncio de la Cuban Electric Company en Carlos III, hoy renombrada avenida Salvador Allende. Era el epítome de una batalla sin tiros y muchas víctimas posteriores, entre un régimen que nacía derramando sangre y un gobierno que no sabía cómo enfrentar el comunismo a pocas millas de sus costas —aunque el vicepresidente Nixon lo había advertido meses antes.

Los discursos del exmáximo líder están publicados. No hace falta mentir. Él lo hace por nosotros. En cada comparecencia pública el Invencible se ufanaba de lo que en la práctica fue el robo de cientos de fábricas, centrales azucareros, tiendas, grandes extensiones de tierra y almacenes norteamericanos. Y así siguió, autoproclamándose líder anti yanqui y apenas mencionaba el “bloqueo”, hasta lo que él mismo llamó de modo ingrato el desmerengamiento socialista.

Sobre la intención de pagar lo intervenido, bien sabemos con quienes estaban tratando. También conocemos que el norteamericano es capaz del acto más noble, pero la soberbia de saberse poderosos a veces les ciega la razón y les cierra el corazón: Remember Vietnam. La respuesta a un eufórico comandante insular fue un embargo que dura hasta hoy, aunque diluido por una administración demócrata, en cuyo haber cuentan los intentos por mejorar las relaciones con el régimen cubano y también los papelazos más estridentes: Remember Mariel.

Los españoles tienen una frase para sus desgracias: más se perdió en Cuba. Debemos imaginar el dolor, material y espiritual, al decirle adiós a una de sus colonias más antiguas y prósperas. Hoy la frase pudiera ser renovada como más se perdió de Cuba. El régimen comunista comenzó esta ordalía botando del país —no hay otra palabra— a los yanquis, aquellos que con luces y sombras habían ayudado a convertir una isla en ruinas, tras la guerra, en otra con calles de asfalto, luz eléctrica, teléfonos y fábricas de casi todo, escuelas de oficios, clínicas modernas y bancos eficientes. Los gringos, esos que por mucho que el régimen comunista se ha esmerado, no logra que el cubano lo odie, recogieron, se fueron, y detrás comenzó la estampida.

No fue el Norte quien se “robó” los miles de maestros y médicos cubanos. Ese es el lenguaje del dueño de la finca, del esclavista, de quien se siente en posesión de la carne y el espíritu de otros hombres. Ningún ser humano pertenece a nadie. Mucho menos aquellos primeros, quienes en su mayoría estudiaron con sacrificio propio y de sus familias.

No se dice que desde muy temprano los maestros fueron obligados a enseñar materias y libros que contradecían sus principios morales, religiosos y políticos. Que cerraron escuelas católicas y privadas. Tampoco que hubo una lucha frontal contra la práctica y las clínicas particulares, desaparecieron el colegio médico y las asociaciones mutualistas. Por cierto, un cirujano famoso o una catedrática de historia podía verse a inicios de los sesenta de portero o lavando platos en Miami Beach. No fue un robo de cerebros. Fue una escapada de las almas. Y quienes huían no lo hacían por dinero, sino por decoro.

La hemorragia de profesionales, técnicos, artistas, propietarios e incluso obreros y campesinos no paró hasta entrados los setenta. Para entonces, la llamada Revolución cubana había formado una buena cantidad de sustitutos a un precio, el de las urgencias, que pagarían las generaciones nacidas en el proceso. De ahí ciertas torceduras culturales y científicas que padecemos —y debemos identificar y combatir si queremos ser verdaderamente libres, que es ser cultos.

Parecía que en Cuba todo el mundo iba a quedarse para siempre. Fue a principios de los noventa cuando sucedió la crisis llamada con eufemismo Período Especial en Tiempo de Paz. Entonces se lanzó al exilio indefinido la generación crecida —y vigilada— en los canteros revolucionarios. No estaba mejor preparada que la anterior. Estaba más frustrada, desencantada. Aún se desconoce cuantos profesionales, artistas, educadores y técnicos valiosos se “auto-robaron” el cerebro y también, lavando platos o cuidando un hotel, comenzaron de nuevo su vida en otras tierras.

En las tres primeras décadas de socialismo insular, hubo suficiente plata del merengue europeo para formar profesionales y técnicos de buen nivel, para levantar fábricas e intervenir militar y políticamente en todos los continentes. Pero próxima la segunda década del nuevo milenio, queda poco para perderse de Cuba. “El gas está perdío”, dice una vecina y la prensa oficialista lo refrenda. “Y no hay ni diazepán ni amitriptilina para dormir y no deprimirse”, dice la otra. “Hay Pilar/dice la madre y no le da ni un peso/no hay cosa que no se pierda”, parafrasea el jorobador cubano.

Lo peor de todo es que no hay una rectificación real ni la asunción de responsabilidades ante el fracaso. Solo reuniones y promesas triunfalistas, noticias tragicómicas como, por ejemplo, la producción de limones para la exportación (SIC). Como si se trata de un logro mayor, el 4 de febrero el Órgano Oficial anunciaba que en una finca cerca de Guantánamo un campesino lograba la “magia” de producir el cítrico en calidad y cantidad. Para quienes viven en un país tropical, y tienen limoneros en sus patios y los riegan cuando se acuerdan, la noticia solo puede ser un chiste —“el limón en Cuba está muy caro, está perdío, chico”.

El premio a la guasa, la insinceridad, se lo lleva la inauguración de la fábrica mexicana Richmeat, en la Zona Especial de Desarrollo (ZED) Mariel. “Carne Rica” o “Carne para los ricos” está concebida como una empresa que abastecerá la red de tiendas del país —no aclara si en divisas—, un capital 100 % extranjero, y una capacidad de procesar 400 toneladas de carne mensualmente. Según el Órgano, no el Oriental sino el Total, también hay un Centro de Elaboración de Alimentos, el cual produce 10.000 raciones de almuerzos y comidas a diario, y 12.000 de meriendas y desayunos para las empresas constructoras. Solo la población actual del Mariel urbano y pueblos adyacentes dobla ese magnánimo surtido revolucionario.

Tal vez uno de los primeros productos en “perderse” de Cuba fue la carne de res. El “oro rojo”, como lo llamó el Difunto, iba a invadir Europa —¿a Holanda y a Francia? Es un discurso, sobre los vacunos cubanos, que no debe perderse ningún curioso de la salud mental por su vehemencia y demencia.

Pero dejemos que sean los lectores quienes opinen ante la “noticia” de la inauguración de Richmeat o “Carne rica”.

Roberto dijo: “¿Quién será beneficiado con los productos? Espero que el compromiso de la revolución sea con el pueblo trabajador y no con el turismo o las tiendas en divisas”. Zunilda agregó: “Gracias a nuestra revolución pues con esta fábrica volveremos a tener 1 lb de carne de res cada 10 días por la libreta”. Carlos dijo: “Por estos avances en favor de todo el pueblo es que apoyo a mi Revolución”. Y Yoel, menos apocado, escribió: “Al fin!, vuelve la carne de res a la libreta. Gracias mi presidente”. Julián remata con esperanza: “Carne de res para el pueblo! 2.000 millones en construcción”.

Para este articulista no queda claro si los opinantes son anónimos trabajadores del mismo Órgano Oficial, enviados a escribir, o se están burlando de “Carne rica” y sus futuros destinatarios. En ese último caso, el miedo también habría comenzado a perderse de Cuba.


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