Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Crónicas

Memorias de la señora Ramírez

Ideales de 'belleza': El tramo que va desde galanes de televisión y comandantes de la Sierra hasta camareros y turistas europeos.

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Cuando en el año 1959 el Ejército Rebelde entró en La Habana, la en ese tiempo señorita Ramírez salió a la calle a ver pasar a los comandantes (que entonces eran muy jóvenes), porque después de haberles tirado flores y besos desde el balcón sintió la urgencia de verlos de cerca. Y, de ser posible, tocarlos, olerlos, pedirles que anotaran su teléfono, que le agarraran esa mano que, junto al camión de la libertad en que venían, les estaba ella tirando para no lavársela jamás.

La calle M, entre 21y 23, en el Vedado, que antes congregara todas las tardes —a la salida del canal 6 de la CMQ— a miles de jovencitas que como la señorita Ramírez soñaban ver a sus astros del corazón al finalizar el programa De fiesta con los galanes, pasó a ser una calle del pasado.

La meca entonces fue El Carmelo, la elegante cafetería del Vedado, antes de mucho ringo rango pero ahora democratizada por la nueva realeza del ideal masculino que la escogía para tomar sus helados, su café. También la jovencita Ramírez (que en el mismo primer mes del "año de la victoria" dejó de ser señorita) era asidua del lugar y soñaba, como tanta muchacha de su época, con perder en aquel templo su zapatico de Cenicienta.

Porque aquellos prodigios de la montaña, además de cumplir con el nuevo ideal erótico, significaban seguridad. Casarse con uno de ellos debía de ser como estar matrimoniada con el dueño de un ingenio en los viejos tiempos. No eran ricos ni todos tenían el mismo poder, pero representaban el poder, salían en los periódicos, eran lo máximo en un país donde —de pronto— el dinero no tenía valor.

Así fue. Al divorciarse, lo que hacían con frecuencia, caballerosos se llevaban de la casa exclusivamente el cepillo de dientes. Esto, al menos en los primeros años, cuando todavía no les habían puesto freno, ni tampoco habían engordado; cuando todavía persistía en ellos algo del ideal erótico del hombre que olía a pólvora, del macho que por la inusitada pelambre que lo cubría, tanto podría haber parecido un santo como una fiera de especie desconocida, metiendo a la hembra en el lío psicológico de no poder saber ella por cuál de esas dos aberraciones lo deseaba. Si por la de sentirse en pecado mortal o por la de imaginarse poseída por una bestia (y acaso, con ello, liberándose de algún sueño reprimido). O por ambas aberraciones a la vez como, confesadamente, había sido el caso de su mejor amiga, una muchacha muy experimentada de los viejos años de El Carmelo, que terminó casada por amor con un comandante.

¿Desgracia o suerte?

A ella no. A la antigua señorita Ramírez terminó tocándole un camarero de El Carmelo, cosa que entonces su exitosa amiga, la mujer del comandante, no le perdonó. "Tenías que haber insistido", le decía abochornada de ella. Pero Dios sabe lo que hace.

A la vuelta de unos años, la señora Ramírez ya no lo lamentaba. Hasta sentía lástima por los comandantes. Para entonces, aquellos seres excepcionales de ayer, pasaban en sus autos sin que nadie entrara en su casa corriendo a decir —con el entusiasmo de quien acababa de ver una deidad— que había visto al comandante tal o más cual, como en otros años.

Tampoco les decían ya comandantes, ni lo parecían por sus barrigas. Les decían "pinchos". Y a poco, recién comenzados los años setenta, ni comandantes iban a ser ya.

Dos devaluaciones sucesivas de estrellas habían puesto fin a la igualdad de rango entre ellos. Unos pasaron a ser generales y otros coroneles. Con esto, al de repente coronel, que fuera primer esposo de la experimentada amiga de la señora Ramírez, y al grado máximo en las Fuerzas Armadas (general de Ejército), lo separaban los grados de general de Brigada, general de División y general de Cuerpo de Ejército.

Por otro lado, como este coronel era de los comandantes que se casaban todos los años, la última vivienda que le dieron (y esto después de mucho "lucharla" y vivir en casas de tránsito del ejército) era tan pequeña, que no serviría luego ni para alquilarla a turistas cuando —a la caída del Muro de Berlín— el gobierno abrió esa puerta.

Todo lo contrario de su primera mujer, la experimentada amiga de la señora Ramírez. Ésta enseguida instaló un hotel en su palacete (el mismo que le dejara el antiguo comandante y luego coronel, antes de su desgracia), viviendo desde entonces a toda leche, con dos autos y un chofer joven que la consuela por las noches, pues los hijos de ella viven en el Norte.

Tal ha sido el fin de aquel prohombre (que no era mal parecido, aunque al pelarse y afeitarse perdió, como todos ellos, el poder de seducción que enloquecía). El esposo de la señora Ramírez, en cambio, aquel humilde camarero de El Carmelo que nadie tomaba en cuenta, pasó a ser cantinero en un restaurante famoso, donde permaneció hasta que ya —rico y respetado, tras haber acomodado a su familia en casas que por debajo de la mesa les había ido comprando—, se jubiló para no llamar la atención.

Todo ha cambiado. Las fotos de los actores han vuelto por sus fueros en las habitaciones de las jovencitas; pero no con la fuerza de los viejos días cuando, estremeciendo los corazones, llegaron los comandantes con sus atrevidos pelos por la cintura y sus barbas incitantes, absolutamente equívocas.

No es que hayan perdido magia actores y cantantes. Tal vez siguen siendo el sueño secreto de las jóvenes, pero la vida impone sus reglas. Por lo que la señora Ramírez puede apreciar en sus hijas (que nunca han carecido de nada, gracias a Dios), un español —digamos, bien posesionado—, o un italiano, dispuestos a sacar del país a su novia cubana o a comprarle una casa aquí (no importa qué edad tengan), tienen en el sueño de las jóvenes actuales más peso que un Brad Pitt. Y más, aun, que el peso que en su día tuvieron los comandantes: aquellos seres hoy inverosímiles, tal vez inventados por la nostalgia de ella.


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