Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Circo, Memorias, Nostalgia

Memorias del Ringling

En recuerdo al “Espectáculo más grande del mundo”

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El 21 de mayo el circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus [The Greatest Show on Earth] dio su última función, asediado por defensores de animales, en especial de los elefantes, y abrumado por deudas, altos costos y poca asistencia cerrará sus puertas para siempre, después de 146 años de existencia.

Mis padres eran fanáticos del circo, me llevaban tanto al criollo Montalvo, circo de pueblo y barrios, con una carpa de solo dos palos que era regentado por la troupe de trapecista del mismo nombre, como al Santos y Artigas, con carpa de cuatro palos que se estacionaba en el placer que se encontraba en San Lázaro e Infanta; al Loyal Repensky, con sus formidables actos de caballos y que se instalaba en Infanta esquina a Manglar y donde vi por primera vez una pelea de boxeo con un malicioso canguro.

El circo Razzore que ponía su gran carpa azul en La Rampa al lado de la Funeraria Caballero y tuvo su final al hundirse el barco Euzquera, en viaje desde La Habana hacia Colombia, en que se transportaba el circo con todos sus animales, artista y la familia de su propietario, en setiembre de 1948. Confieso que como niño lo que más me impresionó fue la muerte de los animales y no tanto el lamento del dueño que perdió su familia y él se salvó por haber viajado antes en avión.

El Ringling llegó a Cuba para la temporada invernal 1951-52, sentó plaza en el Palacio de Convenciones y Deportes que se encontraba al final de la calle Paseo con el mar a sus espaldas, aun no existía, casi en ese mismo espacio, el hotel Riviera, no estaba construido tampoco el Malecón en ese tramo. El Palacio era un edificio circular con una fuerte presencia art-deco que fue sustituido por el más espacioso, pero menos interesante Coliseo de la Ciudad Deportiva. Además, el Ringling utilizó el paseo central para poner una larga carpa que funcionó como una especie de feria de exhibición de animales y otras atracciones como el gigante, la mujer barbuda y demás fenómenos.

Allí conocí por primera vez en persona —es un decir— al gorila, a cebras, jirafas, rinoceronte, focas y no recuerdo cuantos otros animales. Mientras mi padre se burlaba de los americanos que no entendían español cuando él le pedía un “ironbe”, no un “aironbir”. En aquella lejana época era habitual burlarse de los americanos, que aún no eran yanquis, y que, según los cubanos, no se bañaban a menudo.

Como era habitual el 31 de diciembre la familia se reunió en un palco para esperar el fin de año, aún conservo la foto donde está mi madre, ya herida de muerte, mi padre, mi tía y su esposo, mi primo, mi abuela y un amiguito. Todos los varones de “cuello y corbata” que era la norma por esos años.

Habituado a los circos no estaba preparado para aquel increíble espectáculo [el más grande del mundo]: una veintena de elefantes que pasaban a menos de un metro de mí, los podía oler y casi tocar, sobre ellos bellas, bellísimas en mi opinión de aquella época, mujeres ataviadas con plumas, lentejuelas, oropeles y demás fantasías cromáticas. Una docena de payasos que salían de un auto pequeñísimo para al final salir el gigante que pocos minutos antes había visto con admiración en la carpa; maravillas que no paraban de sorprenderme con un ritmo trepidante.

Y ese ritmo le debía mucho a los “tarugos”, esos agiles, expeditos, que cambiaban lo cambiable y montaban o desmontaban lo desmontable en fracciones de minutos, nada que ver con esa raza en su versión criolla que siempre eran víctimas de las burlas del público y carecían de los sencillos, pero limpios uniformes de los del Ringling.

No solo eran los elefantes: los osos eran obsequiados continuamente con una pequeña golosina cada vez que cumplían una de sus actuaciones; el gorila se mostraba complaciente en sus torpes movimientos; leones y tigres rugían a plenitud y los caballos corrían por la pistas como si fuesen a desbocarse con las, también bellísimas, jinetas a punto de caer, pero no caían

Una banda de música que seguía con brillantez cada uno de los actos, en especial un “drumista” que acentuaba con redobles un acto de difícil, o no tanto, ejecución; golpes del bombo o de platillos marcaban cada caída de los payasos, que por cierto caían a menudo como corresponde a hacer payasadas. Pero había un payaso que no reía, andaba con su cara triste comiendo, poco a poco, de una col que llevaba en las manos. Su misión: subrepticiamente tomar del brazo a alguna dama emperifollada, con la complicidad del marido o acompañante, y esperar a que ella se virara y descubriera quien era el caballero que tenía a su lado. Su alarma, algunas reaccionaban con violencia, era motivo de estruendosas risas de todo el público al tanto de la ingenua fechoría. Los cubanos noveleros decían que el verdadero dueño del circo era el payaso de la col.

Los siguientes años no fuimos, el luto por la muerte de mi madre hizo superfluo todo entretenimiento, para la temporada de 1958-59 ya no regresó el Ringling, otro circo, el King American Circus ocupó esa temporada en el Coliseo recién inaugurado. Mi padre con una nueva relación decidió renovar la costumbre de los 31 de diciembre en el circo y allá fuimos. El circo no era el Ringling aunque en realidad no era malo, lo peor fue el ambiente cargado y premonitorio de esa noche que nada bueno auguraba. Y así fue, a la mañana siguiente comenzó lo que todos conocemos.

Por acá, cuando las finanzas me lo permitieron, recorrí el museo del Ringling en Sarasota y llevé a mis hijos, ya adultos, al Ringling pero confieso que no fue lo mismo, aún estaban los elefantes, pero ya ni olían. No, no era lo mismo, por otra parte, mis hijos no se entusiasmaron mucho con el espectáculo, la más propensa a convertirse en fanática, como yo, fue la hembra, pero va a ser imposible ese desarrollo ya que cuando regrese a visitarme el Ringling habrá hecho mutis y sus elefantes estarán en un centro de conservación para aburrirse como un elefante sin un circo.


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