Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Padre Loredo, Exilio, Iglesia Católica

Mi amigo el fraile

Homenaje en el primer aniversario de la muerte del sacerdote, pintor y poeta Miguel Loredo

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Para Jorge Moya y Ricardo Viera

“Yo nunca he escrito un poema que
no brotara de la necesidad y del amor.
Nunca he dicho una cosa que no estuviera
disparada de dentro
y decidida hasta en sueños.”

Miguel Loredo, O.F.M.

Este 10 de septiembre es el primer aniversario de la muerte de Miguel Loredo, O.F.M. Sus restos mortales descansan en el cementerio franciscano de Totowa, New Jersey. Fraile, poeta y pintor, preso político y activista en pro de los derechos humanos, Miguel Ángel Loredo fue un cubano ejemplar y como escribió Unamuno, “nada menos que todo un hombre”. Su ficha biográfica es sencilla: nació en la Habana de origen español e italiano en 1938. Fue un joven típico de su época, mas siempre tuvo pasión por las letras y la plástica. Su vocación espiritual lo llevó a los franciscanos cuando descubrió que necesitaba a Dios más que a las mujeres, la poesía y la pintura. Sus estudios culminaron con su ordenación religiosa en el monasterio franciscano Aránzazu, en el país vasco, lugar de gran resistencia al franquismo desde la guerra civil española. En 1964 fue enviado a Cuba a ejercer su ministerio, y eventualmente es asignado como párroco asistente en la iglesia de San Francisco en la Habana Vieja. Conecta con la juventud, se enfrenta al ateísmo oficial del nuevo estado marxista-leninista, demanda justicia social y el cumplimiento de las promesas de una revolución que prometió ser democrática y abierta. En 1966, el gobierno utiliza la fuga del ingeniero de Cubana de Aviación, Ángel María Betancourt, crean una “conspiración” artificial y arrestan a Loredo y al Padre Serafín. Al franciscano vasco lo expulsan de la Isla y a Loredo lo condenan a 20 años de presidio. Su heroica trayectoria en el presidio es legendaria y existen muchísimos testimonios de compañeros que lo atestiguan. Por intervención del Vaticano es liberado en 1976 y asignado a la parroquia franciscana de Lawton; donde continúa su labor pastoral y se enfrenta al Gobierno. Es expulsado de Cuba en 1984, va a Roma donde continúa y termina sus estudios teológicos, y entonces comienzan los duros tiempos del exilio, su activismo pro-derechos humanos, su ministerio en Puerto Rico y New York. Nos legó cuatro hermosos poemarios, óleos, tintas y acuarelas, y ante y sobre todo, su alegre y vital amistad franciscana.

Lo conocí en el verano de 2004 en una comida organizada en casa de Ricardo Viera, el director de galerías de Lehigh University en Bethlehem, Pensilvania. La idea del encuentro venia del coleccionista y documentalista Jorge Moya. Ambos querían que yo conociera a Loredo a ver si me gustaba su pintura y escribía sobre ella. Hacía tiempo que tenía noticias del fraile; en 1994 en Puerto Rico, Carlos Franqui me habló de Loredo y me aconsejó conocerlo: “Ya que tú eres católico e historiador de arte, creo que harán buenas migas”, y así fue. En fin, esa tarde de verano en casa de Ricardo Viera y la pianista Marta Marchena, conocí al fraile. Presentes estaban también mi mujer Debra, Jorge Moya y su mujer Lucía, y el fotógrafo Luis Mallo y su esposa.

Nos tratamos con cautela, pero eventualmente me mostró una acuarela que había traído de regalo a Ricardo y Marta, y entablamos una conversación. Desde el primer momento aprecié que me hablara en inglés, como cortesía hacia mi mujer que no es hispana. Al final de la noche quedamos en que yo lo visitaría en la iglesia de Saint Francis en Manhattan para ver su obra. Y así fue. Desde el primer momento me gustaron sus obras en papel; tintas, acuarelas y dibujos en grafito. Encontré en ese momento que sus óleos eran muy densos y le recomendé que lograra en el óleo la soltura que tenía en su obra sobre papel. El me habló de sus influencias directas: su maestro Rolando López Dirube, sus amigos René Portocarrero y Raúl Milián; y de las indirectas de Gauguin, Rothko y Marioni. Nos pasamos casi tres horas conversando sobre pintura.

Su buen humor, su ingeniosa manera de hacer un cuento, y sobre todo su generoso espíritu franciscano, me afectó. Vino a mi casa de New Jersey unas semanas después e hizo muy buenas migas con mi mujer, mis hijos David e Isabel, y hasta con nuestro perro Fellini. A partir de entonces, hasta que dejó la ciudad de New York en 2009 para trasladarse a St. Petersburg, Florida, yo lo visitaba cada cinco o seis semanas, comíamos en el monasterio y después íbamos al Museo de Arte Moderno, casi siempre a ver los mismos cuadros y ser sorprendidos por su vitalidad y frescura: Gauguin y Seurat, Matisse y Mondrian, Orozco, Rothko, Rauschenberg. Un día le mostré mis poemas y a partir de entonces fue un agudo crítico y maestro mío. Yo le decía que, después de Philip Levine, él era el único que me había dado “talleres” de poesía.

Sus gustos poéticos eran clásicos: San Francisco, San Juan de la Cruz, Machado, Cernuda y Jorge Guillén. Los míos eran algo opuestos: Quevedo, Santa Teresa de Ávila, Vallejo y Miguel Hernández. Quizás debido a estas diferencias estéticas, me inculcó la importancia de la palabra precisa, y que esta fuera una palabra audaz. Insistía en que el poema era un ritmo de palabras, no una idea, ni un cuento. En inglés nos gustaban los mismos poetas: Auden y Elizabeth Bishop.

Llegué a escribir dos artículos sobre su labor pictórica que fueron publicados en El Nuevo Herald. Vi como sus óleos comenzaron a tener la audacia de sus acuarelas. Su último texto publicado fue el prefacio para un libro de acuarelas del pintor Arturo Rodríguez con poemas míos. Nos apoyábamos mutuamente, pero siempre con honestidad y lucidez. Recuerdo su voz diciéndome: “Alejo, ese poema es una mierda. Vuelve a empezar”.

En 2005 pasé por una terrible crisis espiritual y el me ayudó a superarla. Gracias a él, volví a leer a Chesterton y a Leonardo Boff. Yo lo introduje a las novelas de Vicente Leñero y a la poesía de Juan Gelman. Compartíamos entusiasmos estéticos: Mozart, Celia Cruz, Eliseo Diego y Fra Angélico. En un congreso dedicado a la presencia china en la cultura cubana, disertamos juntos sobre Wifredo Lam. Me encantaba escuchar sus cuentos sobre sus amigos, fueran estos plásticos como Lucio Muñoz y Guido Llinás, o escritores como Cabrera Infante y Carlos Alberto Montaner. Pocas veces hablaba de su tiempo en el presidio, pero sí me dijo una vez que “en la cárcel pasé los momentos más vitales y solidarios de mi vida”. En un poema como su extraordinario “Cigarros”, escrito en presidio encontramos claves de esa solidaridad:

“Un testigo letal a largo plazo
recuérdalo: 'daña la salud' –
pero perfectamente imprescindible
en nuestro urgente intento
de situar las cosas.
Ellos nos dan azul su niebla fugitiva
para la descampada y agria luz que nos
invade a ratos.
Te propondría un brindis a la presencia
permanente de los cigarros en nuestras
descargas.
Lo haremos encendiendo un 'Veguero'
(completo
sin miserias.”

Como buen habanero de su época, sabía bailar bien y tararear las canciones de Olga Guillot. Le gustaba el whisky y admirar a una mujer hermosa. Hasta en momentos de enfermedad, expresaba su alegría franciscana.

La última vez que hablamos, creo que fueron unas cuatro semanas antes de su gravedad y eventual muerte. Me llamaba para decirme que un matrimonio amigo de él me enviaría por correo dos dibujos enmarcados; uno era para mí y el otro para “la polaca”, mi mujer. Al final de nuestra conversación me dijo que nuestra amistad había sido una bendición. En joda, le contesté que a él siempre le gustaba andar con pecadores. Ambos nos reímos.

Con su conducta digna y corajuda, mi amigo el fraile fue uno de los que redimió a la Iglesia Católica cubana, la cual ha sido generalmente tan temerosa y mediocre frente al castrismo. Fue un magnifico poeta y un buen pintor. Y un gran amigo de sus amigos.

Sobre él y su actitud frente a la vida, podemos citar a Ralph Waldo Emerson: “Los grandes hombres comprenden los terrores de la vida y por eso se crecen y la abrazan cantando de alegría”.

No pasa un día en que no lo recuerdo y doy gracias.


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