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Pérdida, Exilio, Miami

Miami, ciudad de las pérdidas ambiguas

Se lo haya propuesto o no el exilio cubano, la pérdida ambigua, sin duda dolorosa, va siendo superada por las nuevas generaciones

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Aunque la llamada Perdida Ambigua es habitual en toda migración, máxime si esta se produce bajo circunstancias extremas como la guerra, las epidemias o los desastres naturales, la también conocida como ausencia-presencia tiene para los cubanos, y para esta, su ciudad exiliar más importante, una especial connotación.

Se comenzó a hablar de la incertidumbre del “no estar-estando” cuando la doctora Pauline Boss, experta en este campo, definió la Perdida Ambigua en los años 80 como una situación en la cual el ser humano no puede hacer el duelo, concluir el proceso de aceptación por la pérdida, material, psicológica o física (una parte del cuerpo como sucede en las mutilaciones traumáticas).

Una cosa que siempre ha llamado la atención de la Ciudad Mágica —y por eso tal vez hay tantos barrios chinos por el mundo— es que durante más de medio siglo, los emigrantes de la Isla han ido trasplantando unas noventa millas al norte sucedáneos de los lugares donde crecieron y maduraron. El resultado: pocas veces en la historia y la geografía de América, y en tan breve tiempo, un pueblo de veraneo se ha convertido en una gran ciudad hispanohablante la cual amenaza, en su expansión y glamour, los humedales de los Everglades.

Una explicación plausible es, precisamente, la incapacidad de los primeros cubanos en estas tierras para hacer el duelo tras la pérdida de todo lo material e inmaterial. En algunos casos casi una fuga, una huida con lo que llevaban puesto, no hubo tiempo para prologadas despedidas. Acaso los más pudientes tuvieron tiempo y falsas esperanzas de un rápido regreso para enterrar en las paredes algunas prendas. En los aeropuertos de salida, al mejor estilo nazi, debían despojarse de las joyas, las leontinas de oro y algún que otro anillo, herencia de los abuelos.

La humillación a quienes abandonaban el barco involucionario duró hasta hace muy pocos años. Al principio la avalancha exiliar sirvió para que los dirigentes comunistas se hicieran de muebles caros, pinturas famosas y autos de lujo que eran “abandonados” de manera “voluntaria” por los “siquitrillados”. Poco después, la ratería se organizó de un modo más eficaz: la llamada Dirección de la Vivienda hacia un “inventario” donde incluían desde enseres de cocina hasta sábanas de cama.

Con la farsante justificación de repartir los bienes entre los “necesitados” que quedaban al lado de la Involución, —al final no existían muebles decentes, ni cuadros famosos, autos o sabanas de lino—, los “compañeros” inspectores tenían el derecho de parar las salidas del país si faltaba algún cabo de tabaco en el cenicero (un decir, aunque la realidad siempre supera la fantasía). ¿Pura maldad? ¿Envidia? ¿Hacer pagar el precio por el “desprecio” de marcharse de Cuba?

Es así como, negados al duelo —o negados del duelo— la ciudad de Miami se llenó de “Carretas” (la primera en 1972), el “Parque del Dominó” (principio de los sesenta), del “Big Five” (1967), de “Versailles” (1971), “El Dorado” (1967) y muchos otros comercios que ya no existen. La Pequeña Habana, que nada tiene que ver con la capital cubana, arquitectónicamente hablando, fue el primer espacio en el cual, como un asiático barrio de ultramar, los primeros emigrados trataron de refundar su tierra. Willy Chirino, Pedro Pan, lo canta así:

“Me traje una palmera y un bohío

Y hasta Pinar del Río lo relocalicé”.*

Pero si hablamos de pérdidas sin materia habría que mencionar la de las vidas humanas, aquellas que nunca volvieron a encontrarse. La ciudad de Miami es, quizás, el balcón al mayor cementerio marino del mundo; prácticamente no hay una familia cubana que no conozca de un familiar o un amigo que no haya sido tragado por el mar. El cuerpo, jamás aparecido, es un duelo que no cierra.

Habría que añadir la perfidia de las presencias-ausencias, cuando tener un familiar en Miami era un pecado insular. Padres e hijos, hermanos y esposos separados por ideologías y cuya única fe de vida era delatada por el éter de una llamada telefónica, o aquellas cartas que llegaban a Cuba, amarillas y sin Nino Bravo, y dentro un paquetico de goma de mascar y una cuchilla de afeitar. Un mensaje cartesiano-cubano: masco y me afeito, luego existo… y estoy muy bien.

Los psicólogos aconsejan hacer rituales para cerrar el duelo. Y celebraciones. Conmemoraciones que quiere decir tener memoria. Hacer espacios para mantener las costumbres de los ausentes. E ir incorporando lo nuevo en un proceso de restructuración cognitiva. Se lo haya propuesto o no el exilio cubano, la pérdida ambigua, sin duda dolorosa, va siendo superada por las nuevas generaciones. Espacios como Cuba Nostalgia, sin el dejo triste y rencoroso, ha sido un lugar para redescubrirnos como nación —la nación ocupa un territorio, pero no es necesariamente el territorio, un tema interesante para otro trabajo.

En la recomposición de la cubanidad, lo cual nos espera en el futuro sin duda alguna, el exilio tendrá un papel decisivo. Quienes han quedado en la Isla tienen una pésima idea del pasado republicano, e incluso de la época colonial. Solo conocen las sombras. No saben de dónde vienen. No conocen quienes fueron. No saben a dónde van.

Quienes dicen dirigir sus destinos en la Hacienda son los primeros que han perdido la brújula de la verdad, de la vida, la gravitación universal. En medio de tal cagástrofe —término zumbadiano—, más de un cuarto de millón de cubanos ha trasladado noventa millas al norte su fértil presencia en menos de un año. De tal modo, la Isla es hoy una ausencia. Un cascaron vacío, sin esperanzas. Y en Miami están cerrando el duelo tras medio siglo de diáspora. La involución ha muerto. El entierro lo están haciendo los recién llegados.

* Las líricas en internet parecen estar equivocadas: “…al final del río lo relocalicé”. Ver vídeo oficial.


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