Actualizado: 26/09/2018 10:19
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Mejides, Literatura, Literatura cubana

Miguel Mejides (1950-2018)

Mejides fue un narrador que tenía como eje fundamental en sus narraciones algo que en ciertas etapas la crítica literaria ha soslayado: contar una historia

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Murió Miguel Mejides —“Miguelón” para sus amigos— a los 68 años de edad allá, en La Habana, ciudad a la que se trasladó en 1985 llegado de su natal Nuevitas.

Era un buen escritor y un hombre bueno.

Nos conocimos en 1979 en los encuentros de narradores que organizaba la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) de Santiago de Cuba. Desde entonces fuimos amigos.

El 31 de mayo de 1995 viajamos —él y yo, se entiende— a México como parte de una delegación de artistas y escritores cubanos. Era miércoles. El viaje sería por 7 días; yo aún no lo he concluido.

Entonces decidí, con la ayuda de algún mexicano y cubano amigos residentes en el país azteca, quedarme en este, hasta más ver.

Miguelón y yo compartimos habitación en el hotel Ritz. El miércoles siguiente nos despedimos con un abrazo luego de que le entregara algunas encomiendas para mi familia en Cuba.

No volvimos a vernos hasta finales de 2002, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Allí nos pasamos no pocas conversaciones acerca de los temas más diversos, literatura, política…

En su primera novela, La habitación terrestre, hay un aviso para esos hombres que pasado el tiempo resultan, ya en la vejez, abyectos. Sobre este detalle conversamos cuando, ahora sí, nos encontramos por última vez, en 2004 en un aeropuerto. Entonces —y luego a través de las noticias que de él me llegaban— me quedó claro que Miguelón, llegado a la vejez —esa cosa que ahora llaman “la tercera edad”— continuaba siendo un hombre derecho, limpio en su proceder, amigo meridiano.

Entre sus libros debemos destacar el de cuentos El jardín de las flores silvestres, que recibiera el Premio UNEAC en 1982 y la novela Perversiones del Prado (1999 y 2012). En este par descuellan sus mejores atributos como escritor; a saber: una prosa limpia en función de la profundidad del planteo, y esa tensión siempre in crescendo.

Miguelón tenía como eje fundamental en sus narraciones algo que en ciertas etapas la crítica literaria ha soslayado: contar una historia. Es decir, si bien sus recursos estilísticos resultaban sobresalientes, no abrevaba en el “formalismo” o justamente en la pasión desmesurada por el lenguaje, por ejemplo; y más claro: esa corriente mediante la cual ciertos autores —y no pocos de estos, buenos autores, vale aclarar— supeditan la acción al lenguaje.

Al revisar hoy las redes sociales, constatamos que colegas y compatriotas radicados en el exilio expresan su pesar por la muerte de Mejides, lo cual en mi opinión reafirma lo que antes señalaba sobre su condición de hombre bueno, recto; es decir…, esos momentos en que se echan a un lado posibles “diferencias ideológicas”.

En casos como este se expresa la frase recurrente “En Paz Descanse”. Pero cuando alguien muere no descansa en paz ni en guerra ni de ningún modo… no descansa en fin, sino que desaparece… Sin embargo, la paz, el buen recuerdo, las buenas enseñanzas continúan vivas en la memoria y el hacer de los deudos, amigos y conocidos del que ya no está.

Así, nos sobran argumentos para expresar hoy: Gracias, Miguelón.


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