Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Médicos, Misiones, Latinoamérica

Misión, misioneros y destinatarios

El paso dado por la actual administración brasileña es más político que humanitario. Y acaso no cuestionable

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La libertad no la tienen los que no tienen su sed
Rafael Alberti

I

En esa obra maestra del cine llamada La Misión (The Mission, Roland Joffe, 1986), asistimos, con sus libertades artísticas, a lo que fueron las misiones jesuitas en nuestra América. La Compañía de Jesús, que ha pasado a la historia como una de las órdenes religiosas más tenaces, dialogantes, y en ocasiones, temeraria, trata de fundar misiones en pleno territorio Guaraní, cerca de las cataratas del Iguazú. El problema para los misioneros es la hostilidad, justificada, de los nativos, cazados como fieras y conducidos a la esclavitud. Los jesuitas que se internan en esos territorios son devueltos atados a un crucifijo que los guaraníes lanzan catarata abajo.

El Padre Gabriel (Jeremy Irons) acepta el reto. Acompañado solo por una Biblia y un oboe, sube a las montañas. Cuando los aborígenes lo rodean, y a punto están de darle el mismo final que a otros hermanos, comienza a tocar la magistral música compuesta por Ennio Morricone para el filme. Ante la belleza de las notas, jamás oída por los guaraníes, uno arrebata y rompe el instrumento, y otro lo recoge, trata de arreglarlo; al no poder, toma al fraile de la mano y lo lleva con ellos. La belleza de la música, la paz que trasmite, ha dejado entrar el Evangelio a una zona prohibida.

Las misiones, religiosas o de otro tipo, suelen tener objetivos dobles: la ayuda humana y el mensaje proselitista. Tal dualidad de objetivos ha inspirado por siglos a las órdenes jesuitas, franciscanas y dominicos, estos últimos, Orden de los Predicadores, a quienes debemos las primeras universidades en América Latina. Ninguna misión, por inocente que parezca, puede escapar a la duplicidad de metas. Quienes las sostienen económicamente así lo exigen: con el oboe, la Biblia.

Es curioso como los comunistas, y en particular la Revolución cubana, escogió el nombre de misión para nombrar las brigadas médicas de servicio en el exterior. No debiera extrañar. Mucho del Know How del totalitarismo, de izquierda y de derecha, proviene del molde religioso; ritos y frases similares, discursos que son homilías interminables, líderes-dioses y funcionarios-obispos, y un partido político de pretensiones milenaristas. La Historia, madre y maestra, enseña que una cantidad no despreciable de esos líderes han sido formados en instituciones religiosas.

El filón político de una misión médica cubana en el extranjero fue advertido por el extinto Comandante en fecha tan temprana como 1963. La visita relámpago del líder argelino Ahmed Ben Bella a Cuba, y su queja del abandono de funciones de cientos de médicos franceses tras la independencia, colocó en un avión de Britania por primera vez a 29 médicos cubanos, 4 estomatólogos, 14 enfermeros y siete técnicos de la salud.

II

¿Quiénes eran esos primeros misioneros cubanos? Sin duda, personal con una excelente calificación profesional. Sobre todo, individuos fieles al proceso, inspirados por una Revolución naciente en la que muchos depositaron todas sus esperanzas. Aunque la lealtad sería premiada con cargos y otras prebendas, no era entonces la remuneración material lo más importante. El personal clínico viajaba a lo desconocido, sin certeza del tiempo para el regreso, ni las condiciones de vida a miles de millas de sus casas. Y fue así durante los primeros diez o veinte años de cooperación médica internacional.

El misionero de salud —cooperante internacionalista, decían en mi época—, ha cambiado con el tiempo, como ha cambiado la sociedad y los países donde esas misiones se llevan a cabo. Con la debacle del socialismo real, y el advenimiento del llamado Periodo Especial, de ser uno de los profesionales que más ganaba, el medico pasó a rogarle al viandero que le despachara un par de libras de papa por la izquierda.

Poco antes, a medidos de los años 80, al Comandante se le había ido la mano con otro plan faraónico: el Médico de la Familia. Se gastó lo que tenía y lo que no para construir miles de consultorios médicos por toda la Isla, equipados como una buena oficina clínica privada. Como era habitual en él, convirtió nuestro revés en victoria suya; comprendió que la medicina, además de ser un bien exportable, era la nueva guerrilla para expandir el modelo cubano. Y un valor añadido: después de recibir ayuda de ese calibre humanitario, habría que ser muy desalmado para votar contra Cuba en cualquier foro internacional. También a los nuevos misioneros clínicos convino: ahora, además de curar y predicar, podrían cobrar algo más que papeles inservibles. A partir de entonces, no era la lealtad ni la calidad profesional lo básico para prestar una honrosa misión internacionalista. Era la disposición, incondicional —literal—, de ir donde sea y como sea, Comandante en Jefe ordene!

Este cambio en el misionero de salud se hizo más evidente en la llamada Misión Barrio Adentro de Venezuela. Fueron enviados en los primeros años entre 20 y 30.000 médicos y técnicos, con las consecuencias clínicas, innegables, que tuvo para el sistema de salud, la ausencia súbita del personal en policlínicos, hospitales y consultorios médicos. Para palear el descalabro, limitaron la salida definitiva del país de miles de profesionales, incumpliendo la promesa de liberalización después de 5 años. Por cada médico retenido en contra de su voluntad en Cuba, separado de su familia de la forma más cruel, desertaban cientos, tal vez miles, en Venezuela. Pura física: el agua siempre busca el resquicio por donde salir.

Quienes hoy están en Brasil enfrentan el dilema de todos conocido: si regresan a Cuba, en breve volverán a tener las mismas penurias —ahora el viandero querrá venderle la libra de papa en dólares—; si se queda en Brasil, debe estar preparado para no ver a sus hijos en 8 años, la familia no podrá sacar de la cuenta de banco ahorro alguno, y peligra su matrimonio, porque la separación de la pareja es agua que sí mueve molinos.

Por último, están los destinatarios de las misiones. Es hora de desvelar el mito del personal de salud cubano aclamado en todos los rincones del planeta. No somos los únicos, ni los mejores. Hay decenas de ONG que participan en todos los programas de la Organización Mundial de la Salud, OMS. Médicos y técnicos de otros países que van hasta el fin del mundo. Pero a diferencia de los cubanos, y si las condiciones lo permiten, van con su familia y cobran íntegros sus salarios, nada despreciables.

Ciertamente, al salvarle la vida a un niño o a un anciano, la familia queda agradecida, sobre todo en lugares donde los médicos del país no quieren o no pueden ir —ellos también tienen familia que alimentar. Pero eso no da ningún derecho a predicar una ideología en patio ajeno. En cuanto los médicos catequistas comienzan su evangelización comunista, a meterse en la política local, a romper huelgas —como lo vivió quien escribe en Nicaragua—, la percepción de los nativos cambia, y empiezan a ser rechazados, y a veces los cooperantes no pueden ni salir de noche. La multiplicad de funciones llega incluso a que algunos hayan sido cooperantes-soldados: el personal de salud recibe entrenamiento militar y armamento por si algo sucede.

El paso dado por la actual administración brasileña es más político que humanitario. Y acaso no cuestionable. No rechazan los médicos cubanos. Se rechaza el comunismo invasor en forma de bata blanca. Por primera vez en cinco décadas de misiones medicas internacionalistas, un presidente, y de forma pública, exige que los misioneros se abstengan de toda prédica, y se embolsen las ganancias todas sin dar nada al Abad, al Monasterio. Bolsonaro debe saber que está jugando con el mono, no con la cadena. Puede contar desde ya, que la mano negra del Castrismo lo va a perseguir hasta el último de sus días en el Palácio do Planalto.

En la escena final de La Misión, dos niños sobrevivientes a la masacre encuentran un oboe flotando en el río. Toman el oboe, montan en la canoa y se internan en la selva. Llevan con ellos la paz, la música, el lenguaje de Dios. Nuestros colegas en Brasil, tomen la decisión que tomen, ya han conocido otra melodía: la de la paz y la libertad. Y eso, aunque no lo parezca, es bastante.


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