Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Historia, Martí, Muerte

Muerte de Martí: desespero y embullo

El interés y urgencia de los cubanos por batirse con los españoles no justifica haber arriesgado a Martí en una escaramuza insignificante

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El Dr. en Ciencias Históricas Pedro Pablo Rodríguez, director general de la edición crítica de las Obras completas de José Martí, publicó esta semana en Trabajadores el artículo “La muerte heroica en Dos Ríos”. Por entre las acostumbradas estaciones de que Martí no “buscó él mismo la muerte” (1), sabía cabalgar desde chiquito, practicó tiro en la Florida y “había estudiado al detalle las campañas de Bolívar” y otras peripecias de la guerra, el tren de pensamiento del Dr. Rodríguez pasa de largo frente a la causa eficiente de la caída de Martí en combate: la conducción irracional de las acciones combativas en Dos Ríos por el General en Jefe Máximo Gómez.

El Dr. Rodríguez simplemente plantea: “Gómez se dejó arrastrar por el entusiasmo, sin saber bien el número y la posición de la tropa española, y se jugó la vida cruzando el río crecido. Martí y todos también se la jugaron”. Sólo que ni el desespero de Gómez (2) ni el embullo de los demás por batirse con los españoles justifica haber arriesgado a Martí en una escaramuza insignificante para malograr su objetivo primordial declarado: “la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo [A tal efecto] seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en arma” (3).

La conducción racional de una guerra no supone jugarse la vida propia y de los demás, sino por el contrario conservar vidas con arreglo a fines. Gómez puso en peligro un fin de tamaña envergadura como dar constitución y elegir gobierno saliendo alocadamente a batirse en acción de poca monta. Algo que ya había hecho el 17 de mayo de 1895 al salir “con los 40 caballos a molestar el convoy de Bayamo” y dejar a Martí a pie en el campamento de Dos Ríos “con tres guardias, a los tres caminos” (4), expuesto a la irrupción sorpresiva de patrullas española.

Sin ponderar el desespero y la mala jefatura de Gómez como causa eficiente de que Martí se extraviara en un potrero de Dos Ríos y fuera la única baja mortal de los cubanos aquel día, pues para nada servía en medio del combate haber estudiado al detalle las campañas militares de otros, el Dr. Rodríguez trata de justificar el embullo de Martí con unas preguntas que formula como retóricas, pero distan mucho de serlo. Vamos a examinar tres.

  • “¿Podía aceptar Martí quedarse atrás, no disparar, no chocar con el enemigo, rehuir su primer combate, él, que a menudo se lamentó de no haber peleado antes?” Sí, podía aceptarlo de haber ordenado Gómez, tal y como el 17 de mayo de 1895, que Martí se quedara al frente del campamento mientras el grueso de la tropa salía a chocar con el enemigo.
  • “¿Quedarse en el campamento mientras la tropa se batía?” Sí, podía quedarse tal y como se quedaron el 19 de mayo de 1895 los coroneles mambises Estrada y Tamayo, con sus respectivas fuerzas apostadas en los caminos de acceso para “evitar con esta medida una sorpresa de ataque combinado” (5). Aunque tal misión era menos peligrosa que salir a chocar con el enemigo, nadie podría atribuirla a rehuir el combate.
  • “¿Atrás el Delegado [del Partido Revolucionario Cubano], que había convocado a la guerra? ¿Atrás el Mayor General recién nombrado en consejo de jefes días antes?” Sí, porque el Delegado era un líder político que ni pintaba ni daba color en aquel ni en ningún otro combate alocado, ya que además haber sido nombrado a dedo Mayor General, sin haber sido jamás en la vida ni jefe de escuadra, Martí tenía en Dos Ríos la condición equívoca de jefe sin tropa bajo su mando y sin otro jefe que el jefe de todos: Máximo Gómez (6).

El Dr. Rodríguez se contenta con “aplaudir y respetar su decisión, su consecuencia, su valentía. Por eso Martí es mi héroe, como lo es para la gran mayoría de los cubanos”. Cabría añadir que ese heroísmo viene con el desespero y el embullo de quienes suelen llevar tesoros en vasos de barro.


Notas

(1) Miró Argenter, José: Crónicas de la guerra, Lex, 1945, I:30

(2) Desde su desembarco en Cuba el 11 de abril de 1895, Gómez no había disparado un tiro ni tenido bajo su mando directo a más de 60 hombres hasta que el 19 de mayo de 1895, tras llegar la noche anterior el Mayor General Bartolomé Masó al campamento de Dos Ríos con —según Miró Argenter— unos 300 hombres. Su desespero llegó al extremo de no hacer lo único que debía y pudo. La columna española venía avanzando rumbo norte —hacia la confluencia con el río Cauto— por la orilla derecha del río Contramaestre. Los mambises estaban acampados en la orilla izquierda, ya que habían pasado la noche anterior de Dos Ríos a La Vuelta Grande. Así que, en vez de cruzar el Contramaestre con toda la fuerza, Gómez debió y pudo dejar a la infantería en la orilla izquierda para tirotear al enemigo, mientras la caballería cruzaba el Contramaestre más abajo para atacar a la columna española por la retaguardia y el flanco derecho y acorralarla contra el Cauto por el frente y el Contramaestre por el flanco izquierdo.

(3) Carta [inconclusa] a Manuel Mercado, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895, Obras completas, Ciencias Sociales, 1975, XX:163.

(4) Diario de Campaña, Ob. cit., XIX:242.

(5) Carta del coronel Juan Masó Parra al capitán Juan Maspon Franco, La Caridad del Almagre, 25 de junio de 1895 (Archivo Nacional de Cuba: Fondo Donativos, Caja 244, Número 40). Masó Parra era el Jefe de Día —encargado del orden interior y la seguridad— el 19 de mayo de 1895 en el campamento La Vuelta Grande, de donde partieron las tropas mambisas a cruzar imprudentemente el Contramaestre.

(6) Para el jefe español en operaciones sobre Dos Ríos, coronel José Ximénez de Sandoval, Gómez “fue el único responsable de la muerte de Martí, y si un consejo de guerra le hubiera juzgado, así lo habría estimado, por no saberse imponer a Martí, atacar a ciegas y dejar hacer a sus subordinados cuanto les vino en ganas” (Carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, Valencia, 4 de septiembre de 1908. Para la correspondencia entre ambos puede consultarse: Quesada y Miranda, Gonzalo de: Alrededor de la acción de Dos Ríos, Seoane, Fernández y Cía, 1942).


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