Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Neruda, Ataques sónicos, Intelectuales

Neruda y los ataques sónicos

Se ha perdido mucho desde aquellos comunistas latinoamericanos de postguerra, que dirimían diferencias en medio del salón, exponiendo principios a voz en cuello

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Era entonces mucho más elegante la resistencia.

El poeta se volvió clandestino, había una “Ley Maldita” que lo obligaba a moverse en los claroscuros, evitando cada trampa que le tendiera Gabriel González Videla, su presidente.

Pero Neruda presumía de no temerle al político astuto, terminará acusándolo de traidor y bautizándolo como esa especie de “saurio tigre venido de la cordillera”.

Más que huir, el poeta protagonizaba una fuga circular, una carrera divina, hacia ningún lado.

Y pese a la desenfrenada cacería oficial, defendió su rito de animal nocturno.

Siguió rodando, desordenadamente, ahogándose en sexo, egoísmo y poesía, en cuanto prostíbulo, bar o peña se le atravesara en el camino.

Recitándolo todo en cada escenario improvisado, como si fuera la última vez.

Ya en la madrugada, agotado y mustio, Neruda se arropaba en el asiento trasero de su auto, y le daba una orden corta, seca, al chofer:

“A la moneda”, decía.

El conductor sonreía y sin apurarse ponía rumbo a la casa presidencial.

Daban varias vueltas a la manzana, comprobando que las luces del primer piso de la residencia estuvieran apagadas, dormidas, desconectadas.

Y entonces con un golpecito liviano en el hombro del chofer, Neruda casi gritaba en un susurro.

“¡Ahora!”.

En ese preciso instante el cómplice al timón tocaba el claxon, profusamente, por varios segundos.

Era como una trompeta bíblica, un apéndice violador que el poeta le imponían a la calma de los muros nocturnos.

“¡Lo despertamos de nuevo!”, reía el prófugo comunista, el rey de las noches bohemias de Chile.

En su júbilo de borracho, Neruda se imaginaba al presidente, con pijama de gala y banda presidencial, revolviéndose en la cama y maldiciendo “Este Neruda otra vez”.

Era su momento de rebelión, su ataque sónico, su instante de venganza sutil y algo infantil.

Quizás nunca llegó a molestar a nadie, ni siquiera a los carabineros de la entrada, pero se sentía rebelde, feliz, arriesgado.

Luego regresaban, chofer y poeta, con sonrisas nerviosas, huyendo de supuestos perseguidores, con rostros difusos por los alcoholes.

Neruda sudaba, en el fondo sabía que estaba dilatando la partida, que ni con todos los cláxones del mundo podría evitar una fuga europea, condenado a ceder el rey ante el tablero agresivo de su contrincante.

Se ha perdido mucho desde aquellos comunistas latinoamericanos de postguerra, que dirimían diferencias en medio del salón, exponiendo principios a voz en cuello, agitando sus libreas de caballeros.

Se fueron desgastando, disipando en guerrillas y revoluciones fracasadas, hasta llegar a la sinfonía inconclusa de La Habana.

Esa andanada de ruidos y pitos tropicales, exclusiva para diplomáticos estadounidenses.

Gesto de desespero, sin gota de glamour ni sentido, por el que están obligados a responder.

Imagino a los toscos mancebos “segurosos”, a bordo de su estrecho auto oficial chino, rondando los alrededores de la embajada, descargando el cañón de los ruidos y gritando por lo bajo “los jodimos asere, patria o muerte“.

Estridencias injustificables, ;partituras embarradas que no pueden defender, ni siquiera con el argumento de una canción desesperada.


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