Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Disidencia

Nobleza obliga

Oswaldo Payá pide disculpas y otros siguen como convidados de piedra.

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La expresión "disculpa" cayó en desuso en Cuba desde hace varias décadas. Primero, fue aplastada bajo la arrogancia, la soberbia, la bravuconería de un discurso que tomamos por revolucionario. Luego, la deformación hizo costumbre y la costumbre hizo el resto.

Más pueden tretas que letras, advierte el refrán, pero para el caso no le dimos crédito, pues la treta nos llegó envuelta en letras de palabras altisonantes que se nos pegaron fácilmente a la lengua, quizás porque suenan bien. Palabras como honor, dignidad, intransigencia, orgullo, urdidas para sazonar la demagogia patriotera y de paso darle cauce al macho que llevamos siempre a flor de piel.

Así, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo la humildad, virtud que consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades, y que nos inclina a obrar en consecuencia.

Lo demás es historia, una historia que no por conocida deja de retorcernos las tripas de vez en cuando, con lecciones tristes y con demoledoras moralejas en las que demasiado se echa a ver la falta de conmiseración, la simple generosidad, o al menos la condescendencia de una respuesta cortés.

En días atrás, el dirigente opositor Oswaldo Payá tuvo el buen tino de desempolvar aquella expresión en desuso. "Pedimos que acepten nuestras disculpas", dijo públicamente, refiriéndose a otros opositores con los que ha tenido desacuerdos por cuestiones de procedimientos y de puntos de vista.

Al mismo tiempo, el líder del Movimiento Cristiano Liberación alertaba sobre lo imprescindible que resulta para los disidentes de esta isla la unidad orgánica, la que, según puntualizó, "estamos dispuestos a salvar por encima de heridas, pasiones y errores".

Sin embargo, es tanto lo que al parecer nos sorprende que alguno de nosotros pida disculpas, o tan hondo nos arraigaron el hábito de descartar la humildad, que nos hemos limitado a reaccionar punto menos que como el convidado de piedra.

No es que faltara alguna que otra declaración de apoyo a las palabras de Payá (aun cuando no se hayan elevado todos los pronunciamientos que deseamos escuchar), sino es que en lo expresado por un hombre que presenta sus disculpas en voz alta y que ha decidido declinar su orgullo ante la perspectiva del beneficio común, las palabras, más que palabras, reclaman gestos.

¿Sin la debida respuesta?

Damos por descontado que cuando hablaba de "unidad orgánica", Payá estuviese pensando en la necesidad de que el movimiento opositor cubano actúe a partir de una línea de intereses y objetivos afines y en medio de un clima armónico, lo cual no significa en modo alguno que cada partido o tendencia renuncie a sus propios presupuestos o siquiera a su modo particular de defenderlos.

Hoy por hoy, la uniformidad de pensamiento, superficial e hipócrita, no sólo no es posible dentro de un conglomerado que aspira seriamente a conquistar la democracia, tampoco es aconsejable, o mínimamente deseable.

Por ello a nadie debe extrañar, y mucho menos alarmar, que entre los opositores cubanos existan diferencias, sean de pareceres o de métodos. Lo extraño en todo caso es que aquí se haya pretendido imponer durante tanto tiempo la farsa del partido œnico como disyuntiva, dicen, que para salvar la patria. Y lo alarmante es que esta farsa haya sido tramada apelando al recuerdo de Martí, al que ni aun bajo los efectos de delirium tremensconseguiríamos ver gobernándonos dogmática y tiránicamente a lo largo de casi medio siglo.

Así, pues, no sólo se trata de la forma humilde y oportuna que escogió Payá para expresar su llamado a la unidad orgánica. Es que además, por lo que representa, este llamado merece una atención inexcusable. Podemos coincidir o no con los enfoques de su movimiento político, pero dejar sin la debida respuesta una convocatoria tal, venga de quien venga, sería un error craso.

Y más en las actuales circunstancias, cuando el régimen se reafirma en su condición de totalitarista pleno, incrementado el rechazo intolerante a las ideas opuestas y reactivando cavernarios estilos de persecución y hostigamiento.

Sentimos miedos, experimentamos antipatías personales, no somos inmunes al prejuicio, porque de lo contrario estaríamos muertos o seríamos máquinas frías y aburridas. Pero también tenemos sueños, necesidades, convicciones. Y muy especialmente, justo por estar vivos, nos apremia el imperativo de vivir con los pies sobre el suelo.

No yerra tanto el que yerra como el que en errar se empeña. Es algo que también nos dejó bien advertido el refrán. Ojalá que esta vez le demos crédito.