Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Música estadounidense, Miami, Exilio

Noches de radio en Arkansas

Al llegar al exilio, los primos del autor de este artículo, residentes por largo tiempo en Miami, no comprendían cómo era posible escuchar música estadounidense en una Cuba bajo el comunismo

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Muchos años más tarde, mis primos no se lo podían creer. Cómo sabía yo tanto de música americana. Creedence Clearwater Revival, Serendipity Singers y los Blood, Sweat &Tears. Y mucho menos entender cómo pude disfrutar tanto aquellas trompetas sonando a contratiempo, un jubiloso adolescente en las serenas madrugadas de La Habana.

Ellos habían salido para Miami en el 59… y yo claro, me quedé allí. No comprendían cómo yo podía escuchar música bajo el comunismo. ¿Pero no te mandaban a los trabajos forzados? Yo le contestaba que sí, que había ido a las escuelas al campo y al trabajo productivo, pero que en realidad había tiempo para todo. Para recoger boniatos y para escuchar la KAAY de Little Rock; sobre todo cuando las noches en El Vedado pasaban por el firmamento muy claras y el silencio del poquísimo tráfico en mi calle junto al éter permitían que cualquier señal desde tan lejos nos llegara tan maravillosamente bien.

¿Quién era yo en aquellas noches? No sabía si seguía ajustando mi vieja grabadora Grundig, si vivía físicamente por instantes en aquellos lugares de ensueño desde donde llegaba la música, o tenía que irme preparando para la guardia del comité.

Y así crecí, así me formé: presionado entre las placas tectónicas de un proceso revolucionario que lo mismo te prometía la gloria que te trituraba el corazón; ácido de escaseces, queriendo aprender en la universidad, soñando y cumplimentando tanto las tareas urgentes de la revolución como las propias de mi sexo, porque se podían hacer las dos.

Admiraba a los cubanos que se habían marchado al exilio, eran trabajadores, emprendedores, más libres y hablarían el inglés. A mi llegada a Miami les agradecí que nos hubieran abierto el camino a los que llegamos después. Aún se lo agradezco. A esos cubanos que tuvieron que “morder el cordobán” para abrirse paso. Que habiendo dejado sus mansiones o sus comodidades tuvieron que venir a Miami y empezar de nuevo, ya sea porque fueran batistianos, porque le habían intervenido los negocios o porque se habían exiliado “buscando libertad”.

Pero lo que no les comprendo bien a algunos de ellos es su pretencioso sentido de abolengo. De mirarse mejor que los demás. De haberse atribuido para siempre el primer premio del dolor y el drama nacional. Aquí todo el mundo puso un muerto señores, y en algunos casos pusimos hasta dos. Tanto aquí, como allá. Son como otra clase dirigente, autodenominada propietaria principal del honor y el destino nacional. Americanizada ––es entendible–– pero que a veces no sabe muy bien a quien servir.

Me prometí, en cuanto llegara a Miami, visitar la sede de la WQBA, una de las mágicas estaciones radiales de aquel tiempo. Nunca fui. Así de ingrato es el hombre. Algo te salva la vida, o te la hace más hermosa. Mientras pendes de su hilo le prometes todo, lo veneras, como a un cuerpo enamorado, para olvidarlo enseguida cuando ya no es importante. A veces se ve todo más claro cuando uno mira hacia atrás, como yo ahora a aquellas noches.

Cada risa, cada lágrima, cada deseo y cada sueño que he tenido por mi vida y mi país están en alguna parte de mi alma, intactos. Es honorable haberlos tenido, tanto en el acierto, como en el error. Agradezco mucho a este país haberme acogido, y a los cubanos que llegaron antes que yo, pero nunca podré amarlo, como mis primos, más que al mío.

Ahora vivo en Estados Unidos y nunca más logré escuchar de nuevo aquel maravilloso sonido en las noches de Arkansas. Tal vez sea simplemente porque se nos fue la juventud.

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