Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Economía

Ojo con el zambombazo

El gobierno quiere parar la 'ilegalidad' con inspectores adiestrados en frenar todo tipo de facilitación económica particular.

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Fiel a su vocación de escopeta de feria, el régimen hace mucho más ruido que diana en la pretendida batalla contra el robo, la estafa, la corrupción administrativa y otras lindezas que tipifican hoy nuestra vida pública y privada.

Una de dos: no conoce, no ha sabido valorar el fenómeno en toda su espantosa magnitud, o sencillamente se conforma con acciones efectistas para impresionar a los de afuera y atemorizar a los de adentro, mientras va y viene el palo gordo, que es la definición de su propio destino como poder totalitario.

Lo malo, sobre todo para ellos, es que al no dedicarle el debido empeño a este fenómeno, están dejando pasar la gran oportunidad de conservar la sartén por el mango, y todavía más, hacen irreversible, incluso precipitan, su descalabro.

Se ha dicho, con razón, que la gente en la Isla no desea cambios mediante la violencia y que dentro de la confusión general que nos machaca, sólo demostramos ver con claridad el imperativo de no ahogarnos (en sangre) cerca de la orilla, luego de haber atravesado todo un océano de calamidades.

Sin embargo, tal vez no estamos reparando suficientemente en la bomba de tiempo que representa el tema de la corrupción (en fase de metástasis social, como es el caso) y menos aún en las fatales consecuencias que podría acarrearnos el intento de enfrentarlo desde posiciones y con medidas erróneas.

Si algo funciona aquí con cierta fluencia (porque sería exagerado hablar de eficacia) es la economía soterrada. No es necesario esperar por el estudio profundo y pormenorizado que algún día tendrán que realizar los expertos, para reconocer que esta epidemia que hoy nos pudre hasta las raíces ha sido nuestra alternativa para mantenernos respirando y dispuestos a resistir en calma durante muchos años.

Donde el trabajo perdió todo incentivo, diluyéndose en planes, cifras, datos huecos; donde el esfuerzo devino simulacro y la iniciativa individual fue aplastada brutal, sistemáticamente; donde las soflamas sustituyeron los hechos y las mejores tradiciones fueron desplazadas por el espejismo revolucionario, no quedaba mucho más que el fraude y la ilegalidad como medios de subsistencia.

Desde luego que al igual que cualquier otro mal remedio, éste vino condenado a resultar peor que la enfermedad. La prueba la tenemos delante de los ojos. Pero aún peor que lo peor podría ser que se pretenda (inútilmente por demás) extirparlo de una sola cuchillada, sin antes, o a la vez, por lo menos, suplir su función de salvavidas para el pueblo, digo suplirla de verdad, no con alardes capciosos, sino con opciones sólidas y duraderas.

Y todavía no será suficiente con neutralizar la corrupción y las ilegalidades como disyuntivas de vida, si al mismo tiempo no se cambian las estructuras de gobierno, los métodos, los conceptos, las prácticas que han generado esta peste.

Prender la mecha

Por tales rumbos y no por otros deberían ir los tiros, pero hasta el presente no parece ser la decisión del régimen, quien, en lugar de combatir la epidemia partiendo de sus causas reales, una vez más se va por los flancos, colmando las calles de unos llamados "inspectores integrales", con patente de corso, y dicen que adiestrados (en tres días, como es costumbre) para fiscalizar, multar, cerrar, frenar sin disyuntivas todo tipo de actividad de facilitación económica y de servicios para la población, muy especialmente las que se gestionan por particulares.

Otra de las labores que algún día tendrán que asumir los expertos es la confección de un diccionario para restituirle el verdadero significado a un grupo de adjetivos secuestrados por el poder en la Isla para su exclusivo y caprichoso uso y abuso.

Bioy Casares escribió el Diccionario del Argentino Exquisito para burlarse de ciertos sectores de su sociedad, en particular de políticos y gobernantes. Nosotros tendremos que confeccionar algo así como el Diccionario de los Adjetivos de Lucha, no tanto para burlarnos como para facilitarles la comprensión de la historia a nuestras futuras generaciones. Y a la hora de emprender ese trabajo, las primeras páginas las tiene ganadas (aunque no empiece con A) el adjetivo "integral".

Ahora mismo las calles de La Habana son recorridas por bandadas de "inspectores integrales" que al parecer cumplen órdenes de prender la mecha a la bomba de tiempo. No nos queda sino rogar porque tengan éxito. Un zambombazo de último minuto es lo menos que merece este pueblo tan paciente y sufrido.