Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Celulares, Periodismo, Fotos

Pánico a la información

La dictadura cubana teme al progreso

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La Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) no es la organización que representa a los periodistas ante el gobierno y los órganos de prensa, sino la organización que representa al gobierno y los órganos de prensa (todos estatales) ante los periodistas.

Por eso una vicepresidenta de la UPEC pidió recientemente “regulaciones” sobre la divulgación de fotos y videos tomados por cubanos de a pie con teléfonos celulares. Como, además de vicepresidenta de la UPEC, es asidua en la Mesa Redonda de la televisión cubana, es fácil imaginar lo que piensa al pedir “regulaciones” y plantear que “la sociedad cubana tiene que pronunciarse, tenemos que pensar en leyes y los medios de comunicación abrir los espacios para el debate”: está llamando a más censura y represión.

En pleno siglo XXI, con la utilización masiva de celulares en el mundo y posibilidades de lograr en tiempo real imágenes de acontecimientos de todo tipo en cualquier parte, que los medios de prensa en el mundo se desviven por obtener y publicar, una “periodista” al servicio de la tiranía quiere impedir que los ajenos a la camarilla del régimen o la nomenklatura obtengan y circulen imágenes que al gobierno y al departamento ideológico del partido no le interesa que sean conocidas.

El pretexto de la burócrata para llamar a degüello fue un grupo de imágenes tomadas y divulgadas por residentes locales sobre un accidente ferroviario que dejó una víctima mortal, del cual la prensa oficialista no hizo mención: “…en medio de tan fatídico hecho, aparecieron personas con celulares para fotografiar y filmar los destrozos, y luego mostrar sin escrúpulos en otros dispositivos o hasta circular por las redes sociales”.

Eso no le gusta. Le encanta la “batalla de ideas” sin contrincantes, difamar opositores o periodistas independientes que no puedan defenderse, escribir donde no se le responda. Referirse al hundimiento del Remolcador 13 de Marzo como “episodios relacionados con la asesina Ley de Ajuste Cubano, donde murieron 30 personas, entre ellos 13 niños”. Como si las mangueras con chorros de agua a presión o las embestidas contra el remolcador fueran obra de una ley americana en abstracto y no de un conjunto de esbirros cumpliendo órdenes de la más alta jerarquía del régimen.

A los jenízaros del periodismo oficialista, y de las “instancias correspondientes” del partido y el gobierno cubano, le encantan las peleas de león contra mono… pero con el mono amarrado, por si acaso.

La democratización explosiva de la información en Internet, la telefonía celular y las redes sociales, lleva la concepción y ejecución del periodismo contemporáneo a un plano superior mucho más complejo. Y da espacios instantáneos y globales a irresponsables, difamadores y mentirosos, al sensacionalismo, el morbo y la mentira, a la sandez, la provocación y la tergiversación, la aberración, el disparate y las miserias humanas.

Sin embargo, la solución no será nunca “vender el sofá”. Porque también, y mucho más, da la posibilidad infinita de divulgar conocimientos y experiencias, y también de conocer verdades que se quieren ocultar, hechos que al poder no le interesa divulgar, escenarios que antes se ocultaban bajo mantos de silencio.

Por eso el totalitarismo controla la información y suprime la libertad de palabra y de prensa. Lo hizo en el “socialismo real” y lo hace en Cuba. Es un constante intento del socialismo del siglo XXI en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua. Y, aunque con menos posibilidades, en Argentina.

Al gobierno cubano no le interesa que se sepa que las Tiendas Recaudadoras de Divisas en La Habana Vieja vendieron alimentos vencidos a precios rebajados hace pocos días. O las golpizas a las Damas de Blanco. O los mítines de repudio contra opositores. O las inmoralidades de inspectores y policías contra cuentapropistas. O las aguas albañales a orillas de las calles. O la basura que no se recoge. O prisioneros políticos en huelga de hambre. O la opulenta vida de los “herederos” del régimen. O que los cubanos conozcan noticias, programas televisivos, películas, canciones y opiniones que los burócratas-bonzos del departamento ideológico del partido comunista consideran inapropiadas.

Para mantener la ficción de una revolución con abrumador apoyo popular, no lo prohíben directamente. Ordenan a una esbirra que presente una “preocupación” personal y llame a un debate y a pronunciarse a los medios del régimen, para imponer más censura y represión contra los cubanos.

Mientras el mundo avanza aceleradamente a democratizar la información y universalizar el conocimiento, la dictadura cubana, en pánico, quiere “debates” y “regulaciones” para limitar las libertades y controlar más aun la información que circula entre los cubanos.

Y a eso, impúdicamente, le llaman “revolución”.


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