Actualizado: 23/07/2019 15:01
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Parole, Médicos, EEUU

Parole, tan solo Parole…

Los médicos cubanos que abandonan las misiones del régimen no solo deben enfrentar los castigos de este, sino el reto de emigrar a un país con un grado de desarrollo, idiosincrasia e idioma diferente

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Palabras, palabras, palabras, palabras,
Palabras tan solo palabras hay entre los dos…
Leo Chiosso y Giancarlo Del Re (canción)

Si solo oyéramos los argumentos del Gobierno cubano sobre el Programa de Parole para profesionales médicos cubanos (Cuban Medical Professional Parole, en inglés) tendríamos que concluir que se trata de una cruel agresión del imperialismo yanqui no solo a Cuba, sino a los países pobres del mundo donde la colaboración en salud es necesaria. Las explicaciones, vistas desde este lado único, hablan de un plan macabro consistente en incitar la deserción contractual de los profesionales, y a cambio, el otorgamiento de visas especiales, facilitadas por las embajadas norteamericanas en cada país.

El actual “robo” de cerebros sería como una continuada y pérfida agresión al parque médico cubano después de 1959, cuando se “llevaron” la mitad de los profesionales de la Isla. Para colmo, y según los medios castristas, el Gobierno norteamericano otorga una serie de facilidades para que estos profesionales se inserten en el campo de la salud en Estados Unidos. Los gringos, régimen dixit, se aprovechen del conocimiento adquirido en las aulas cubanas. Una inversión, la educativa, la cual nada ha costado al contribuyente norteamericano, ni a los desertores, y sí cuesta grandes sacrificios al pueblo trabajador cubano.

Por supuesto, al pueblo trabajador le está negado cualquier cotejo con otra versión de los hechos. La única información permitida es la del régimen, y por esa razón, aun después de estar en esta otra orilla suficiente tiempo, algunos compatriotas todavía creen que Marco Rubio y Bob Menéndez son “anticubanos” porque promueven la reapertura del Programa Parole, cancelado tras la Declaración Conjunta del 12 de enero de 2017, donde también la Administración Obama eliminó la política de “Pies secos/pies mojados”.

Mientras las palabras van y vienen, y la política se ceba con la desgracia de muchos, es conveniente ir al aspecto ético del problema. Nadie se “llevó” ningún “cerebro” de Cuba. La masa gris migra, desde la antigüedad, hacia los lugares donde es mejor pagada y respetada. Es un derecho estrictamente humano. Quizás haya un dilema moral en el caso de la medicina. Y cómo saldar la deuda por los años de estudios. Esa es una discusión aparte. Pero enviar a profesionales a labores ajenas a sus carreras para “ganarse la salida” —en realidad descalificarlos— o demorar su liberación o la de su familia, no tiene justificación alguna. Habla bien del talante totalitario, eso sí, “perverso” y “soberbio” de un desgobierno.

La masiva deserción de profesionales de la salud de las misiones médicas cubanas es un fenómeno relativamente reciente, acaso de los últimos veinte años. Y fue Venezuela el país donde se inició la estampida, coincidiendo con el envío de decenas miles de médicos, enfermeros, y otros técnicos en tiempo récord para la Misión Barrio Adentro. Cuentan los colegas desertores que en las primeras etapas no les retenían los pasaportes ni la vigilancia, por la masividad, era tan estricta. Venezuela, todavía con su capitalismo chavista, tal vez despertó en la mayoría las ansias de libertad que nadie ni nada puede coaptar en los hombres.

Cuando las deserciones a través de las fronteras comenzaron a ser mayores, el régimen cubano aumentó la vigilancia en el terreno, y en Cuba se limitó la salida de los profesionales con visa de emigrante por reunificación familiar. Se prometió un tiempo de cinco años para autorizar la salida de los profesionales. Algo ilógico para quienes llevaban años de servicio. Pero ni eso bastó, y la carta de liberación —nunca mejor dicho— la firmaba el ministro cuando lo creyera pertinente —era la respuesta, literal, de los funcionarios. Por otro lado, a los desertores se les castigaba con la prohibición del regreso a la patria por ocho años, y tampoco se ‘liberaba” la familia para reunirse con el traidor.

El Programa Parole no se inicia hasta 2006, agosto, cuando ya la colaboración médica en Venezuela llevaba casi un lustro. De las primeras 7.000 visas otorgadas, la mitad fueron a profesionales cubanos en Venezuela. Antes, cientos de médicos y técnicos habían escapado a través de la frontera, sobre todo colombiana. Allí permanecieron en un limbo legal, y solo algunos pudieron viajar a Norteamérica o a la frontera con México. De modo que es una inexactitud histórica decir que el Programa Parole es el desencadenante de la masiva deserción.

Palabras son palabras. El Programa Parole es una respuesta. Es solo una consecuencia: las razones fueron, son y seguirán siendo la situación de casi indigencia en la cual viven en la Isla desde un cirujano cardiovascular hasta un técnico de rayos X; las malas condiciones de trabajo y alimentación en los hospitales; el nivel de obsolescencia técnica en que laboran. Y, sobre todo, que un profesional de la más alta calificación no pueda ponerle a su hijo sobre la mesa el prometido vasito de leche después de los siete años. Solo eso sería suficiente motivación para quedarse en el desierto más árido o en la selva más tupida.

Hay algo que tampoco se dice al pueblo cubano y poco se comenta por acá. No todos los médicos y técnicos cubanos logran reinsertarse en el campo de la salud en Estados Unidos como lo que eran. En parte por el idioma, en parte porque cada día el board la pone más difícil por razones económicas —sin tener en cuenta que faltan decenas de miles de galenos—, son muy pocos los médicos que revalidan. Optan por hacerse enfermeros, trabajadores sociales o técnicos. En ese caso sí tienen la ventaja del nivel educacional, y la experiencia clínica. Pero siempre estarán por debajo de sus potencialidades.

Imaginemos entonces el sacrificio en los órdenes vocacional, individual y familiar deben hacer quienes abandonan las misiones medicas cubanas en el exterior. No solo deben enfrentar los castigos del régimen, sino el reto, natural, de emigrar a un país con un grado de desarrollo, idiosincrasia e idioma diferente. La última de estas estampidas ha sido en Brasil. Además de escandalosa desde el punto de vista ético y financiero, con la retirada a marcha forzada, el régimen trató de evitar una defección mayor.

Tal vez la mayoría de los que desertan no tienen idea de cómo será su futuro; como podrán lidiar con las sanciones en Cuba y al mismo tiempo la adversidad en un país ajeno. El designado presidente cubano ha tuiteado que revivir el Programa Parole es un “perverso recurso para estimular el robo de cerebros”. Pero las víctimas lucen más que felices. Jamás un desvalijo ha sido tan deseado. A quienes roban el cerebro, prefieren esa parte del cuerpo a que en la Isla les hurten la vida entera.


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